31 dic. 2012

Profecías internacionales para el 2013... ó 2014... ó 2015.


1) Diecinueve años después de la insurrección armada del 1° enero de 1994, el Ejercito Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) regresarán un oscuro día de invierno.

2) El sol se pondrá inquieto; grandes llamaras amenazarán los satélites de la Tierra creando interferencias en la radio, la televisión, la telefonía celular… y el Internet. (No sé si eso último es posible pero qué importa).




7) Habrá un tiroteo terrible en Estados Unidos. Otra vez un joven el autor intelectual de la masacre. La Asociación del Rifle insistirá que la televisión y los videojuegos son los culpables de fomentar la violencia en las nuevas generaciones. La nación estadounidense defenderá la segunda enmienda como si fuera un mandamiento divino. Después de sus respectivos facepalm el resto del mundo se cansará de mandar tanta condolencia por el mismo motivo.  

8) La crisis financiera en el mundo seguirá. Lo de España será duro y tomará años salir del hueco en donde están; aun así seguirán manteniendo su monarquía intacta. Lo de Grecia será tan gris como lo es desde hace un par de años; a los de Amanecer Dorado sólo les brillarán sus cabezas de cabello negro teñidos de rubio oxigenado y su odio por todo aquello que no lleve su sangre se engrandecerá. Los suicidios por tanta hambre, desalojo y desahucio aumentarán. EUA no se habrá sentido tan tercermundista desde la Gran Depresión (aunque probablemente estarán exagerando). Harán una película sobre ello. Miles de inmigrantes regresarán a sus países de origen; por primera vez sentirán que están mejor ahí que allá. Islandia sonreirá satisfecha por las decisiones tomadas años atrás.

9) Habrá un terremoto grandísimo (pero uno fuerte, eh, no tonterías; superior a los 7 u 8 grados en la escala de Richter). La tierra se cimbrará y habrá cientos de muertos, probablemente miles. Daños materiales millonarios. Una alerta de tsunami será emitida para varias naciones pero eso no causará gran daño.

10) Morirá un artista reconocido internacionalmente, sus fans llorarán su perdida. Muy en el fondo era algo que ya se esperaran.

11) Justin Bieber y One Direction seguirán alegrando a jovencitas y enfadando a gente.

12) Matarán a muchos famosos en Twitter pero la mayoría volverá a revivir un par de tweets después.

13) Instagram perderá usuarios.

14) WhatsApp fallará un día… y el otro también.

15) Chabelo seguirá vivo. Roberto Gómez Bolaño probablemente no. Chuck Norris sí. Benedicto XVI también.

16) En México la mayoría seguirá detestando al presidente electo. Esa mayoría tampoco harán algo para mejorar al país.

17) #YoSoy132 continuará perdiendo el apoyo que alguna vez tuvo.

18) AMLO insistirá que hubo fraude en las elecciones. El PAN y el PRI le pedirán que dejen de enfadar. El Partido Verde seguirá defendiendo la pena de muerte y condenando el aborto.

19) Un atentado terrorista en occidente disparará las alarmas internacionales. Otra ola de desprecio hacia Medio Oriente, hacia su gente, hacia el Islam. La paranoia y el miedo de EUA aumentarán. Buscarán culpables y buscarán petróleo y barajaran la posibilidad de una guerra aun estando en crisis (porque siempre hay dinero para la guerra).

20) Kim Jong-un seguirá llorando a su padre mientras aprieta botones para lanzar misiles experimentales a países vecinos; sus ciudadanos morirán de hambre mientras él devora suculentos platillos. Los campos de concentración se llenarán de aquellos que piensan diferente. Su abuelo embalsamado seguirá siendo el presidente eterno.

21) Un devastador accidente aéreo acaparará las noticias internacionales. Todos los pasajeros del avión morirán.

22) El Chapo Guzmán continuará viviendo en total libertad.

23) Políticos insistirán al gobierno que dialogue con el EZLN porque la cosa se está poniendo tensa. El gobierno hará como que no escucha.

24) El conflicto de Palestina e Israel continuará por los siglos de los siglos santos, amén. El Mesías, harto de tanto drama, decidirá regresar en otro lugar… en otra Tierra Santa. Lejos de Jerusalén. Nadie le creerá. Todos serán condenados al infierno por eso.

25) Aparecerán vírgenes que lloran sangre. La Iglesia no reconocerá tales fenómenos.

26) Habrá un montón de atentados en Medio Oriente donde morirá una gran cantidad de gente. Los periódicos de occidente apenas le dedicaran escuetos segmentos.

27) Corea del Sur y Japón le dirá a Corea del Norte que deje de hostigarlos. Corea del Norte lanzará otro misil como respuesta.

28) Morirá un futbolista en la cancha.

29) Habrá un huracán categoría 5, devastador (como todos los huracanes de categoría 5). Millones de pérdidas materiales. Morirán personas.

30) Habrá un incendio forestal de proporciones épicas.

31) La falla de San Andrés le recordará a la humanidad que sigue existiendo.

32) Un volcán hará una fuerte erupción. Gente será desalojada de sus hogares. Ríos de lava bajarán de las montañas.

33) Un derrame de petróleo teñirá de negro un mar.

34) Un famoso periodista morirá.

35) Egipto no se contentará con el gobierno actual. La nación arderá en protestas.

36) Una famosa pareja de Hollywood se divorciará.

37) El hielo de los polos se seguirá derritiendo.

38) Un país que había sido gobernado por la misma persona durante muchos años vivirá un cambio histórico. El cambio no será fácil.

39) Una mujer será elegida para un cargo importante de la política internacional.

40) Los charlatanes fallaran en sus ‘predicciones’ más precisas… como siempre; y ni siquiera mencionarán las más importantes.

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Quizá vale la pena aclarar que yo no creo en aquellos que dicen predecir el futuro, sobre todo porque es obvio que sus predicciones son demasiado absurdas y la mayoría de ellas se adapta perfectamente a cualquier otro año, y muchas más son perfectamente previsibles, por lo que cualquier persona que digne en ver las noticias de vez en cuando sabrá captar los eventos futuros sin tener poder alguno de adivinación y chorradas como esas. Con el puro sentido común basta. Pobre de aquellos que se dejen estafar por esta gente.  

28 dic. 2012

¿Por qué Maru cruzó la carretera?

Podría dar una cátedra sobre por qué Maru decidió un día cruzar la carretera, dejarme con el santoral en la boca, caminar como si el mundo no le importara, tomar posición suicida y divertirse en el proceso. Podría hacerlo, pero es un gato y probablemente cualquier cosa que diga estará equivocada, porque si hay dos seres que jamás en la vida se entenderán serán el hombre y el gato. Linda y Maru

Mi gato no sabe cruzar carreteras, ni calles ni nada. Y si lo sabe poco le importa llevarlo a la práctica. Como todo buen felino domesticado, soberbio y con aires de divo cuya arrogancia se le resbala por la mirada, Maru creé que el mundo gira a su alrededor. No puede ser de otra manera, ¿cómo podría ser de otra manera? El mundo con sus autos, el mundo con sus motos, el mundo con sus humanos, con sus perros y sus otros gatos deben rendir alabanzas hacia él. No aceptan que el chiste sea contado de otra manera, ¿de qué serviría eso? 

La última vez que Maru decidió cruzar la calle fue el pasado 25 de diciembre en la mañana. No hay mejor momento para hacerlo que un día inhábil, festivo, con más gente con resaca y comercios cerrados por kilometro cuadrado que cualquier otra festividad del año. Y claro, en la mañanita para hacerla de emoción. Mi gato viviendo al límite, como siempre. 

A Maru lo atropellaron. No sólo le atropellaron el cuerpo, también la dignidad y el orgullo… y la patitas de atrás. Aun así llegó caminando a casa. La adrenalina del revolcón y lo altanero de su especie le dieron fuerzas para entrar y mirarnos con unos ojitos que expresaban con temor el haber visto la muerte muy de cerquitas. Tan cerquita que llegó ausente, sin llorar; como la mirada de un niño cuando ha sido testigo de algo grotesco por primera vez. No hay nada peor que vivir una mala experiencia por primera vez en la vida. Es algo que se te queda en el subconsciente y que regresa de vez en cuando para atormentarte las noches más tristes sólo para joderte los sueños. Presiento que yo también tuve aquella misma mirada cuando a los 8 años vi cómo mataban un cerdito a machetazos en el patio de mi abuela mientras éste lloraba de dolor. Un destello de terror e incomprensión. 

Ésta Navidad del 2012 eso fue lo que me amaneció, mi gato atropellado y todas las veterinarias cerradas, empezando por el veterinario de Maru, quien no se encontraba. Si hay una cosa que no soporto es ver a un animalito sufriendo y sabía que a mi gatito le dolía todo su magullado cuerpecito. Mi hermano y yo recorrimos las veterinarias que conocíamos y finalmente decidimos ir a una que muchos conocidos de buena fe nos recomendaron una y otra vez meses atrás porque “cobran barato y atienden bien”, y además de eso tenían un número de emergencia que, me imagino ¡es para emergencias! ¿no? “Queda por la calle Occidental”, nos decían. 

Emergencia. (Del lat. emergens, -entis, emergente). 3. f. Situación de peligro o desastre que requiere una acción inmediata. 

La susodicha veterinaria estaba cerrada pero su número de emergencia estaba escrito inmensamente en la parte superior de la casa/consultorio. Regresamos a casa, marcamos y nada. Volvimos a marcar y nada. Lo intentamos de nuevo y nada. Porque claro, no existen las emergencias el 25 de diciembre. Moléstame cualquier día del año menos este, pensarán. Tampoco el 1° de enero, porque es sagrado, dirán también. Todo eso es perdonable, lo sé. ¿Quién no podría estar ocupado ese mismo día haciendo otra cosa además de ejercer su profesión? Al fin y al cabo somos humanos y deseamos salir de la rutina. 

Recorrimos las veterinarias por la tarde y la cosa no cambió mucho, pero esa que estaba por la Occidental tenía la ventana abierta y un tipo que estaba afuera nos dijo muy quitado de la pena “Pasen, está abierto y hay gente adentro” y eso hicimos. Bien pudimos saquear toda la mercancía para mascotas y los dueños jamás se hubieran dado cuenta porque abrimos la puerta, entramos y nadie salió a recibirnos. A lo lejos se escuchaban niños, un perro y varios adultos platicar. Allá a la larga salió un joven pregúntanos qué se nos ofrecía. Le preguntamos que si estaban consultando y nos dijo que no. Le dijimos que teníamos un gatito atropellado y que tenía mucho dolor y no sabíamos qué darle para que no le doliera tanto. Y ya. No nos preguntó cómo estaba, qué tan grave era la herida, dónde lo había golpeado el auto, qué parte le dolía. NADA. Sólo nos preguntó cuánto pesaba. Le dijimos que probablemente más de cinco kilos. Se fue a un lugar oculto del consultorio para darle “algo para el dolor” y diez minutos después llegó con la posición mágica cual curandero de pueblo… dos jeringas con desparasitante. ¡DOS JERGINAS CON DESPARASITANTE! ¡LE PEDÍ ALGO PARA EL DOLOR DE MI GATITO ATROPELLADO Y ME DIO DOS JERGINAS CON DESPARASITANTE! Y TODAVÍA TUVO EL DESCARO DE DECIRME “Me lo traen mañana, a partir de las ocho de la mañana ya está abierto” ¿EN SERIO TU VIDA, HIJO? Uno como quiera pero ¿y el gato? Pudo decírmelo de otra manera ¿saben? De una forma más directa y más burda “No me apetece atenderlo, es mi día de descanso. Hasta apagué el celular porque hoy no quiero atender emergencias. Probablemente va a morir, así que para que dejen de enfadar les voy a dar esta madre que no sirve para calmar el dolor pero me vale porque ustedes nunca se van a enterar; por lo menos morirá desparasitado. Si el animal sobrevive me lo traen mañana tempranito porque ocupo el dinero, obviamente. Ahí que el gato se aguante el dolor por quince horas más. Qué más da, yo no soy el que lo verá sufrir todo ese tiempo”. ALKSJSKLADJKLSAJK. Miren que un veterinario que le da a un gato desparasitante para “calmarle el dolor” nada más para que los dueños dejen de molestar, no merece ser llamado veterinario ni merece ser llamado nada. Y sólo por eso no puedo recomendárselo a nadie, jamás. Ni a mi peor enemigo, ¿vale? Perdón por tanto drama pero es que cosas así me enervan la sangre. >___<

Obviamente al día siguiente llevamos a Maru con su veterinario, el de toda la vida. Al que hemos consultado los últimos 12 años con todas nuestras mascotas. El que ha contestado cinco llamadas de emergencia; tres de ellas en la madrugada; una de ellas un día inhábil. Que ha venido hasta nuestra casa para consultar a Umi y que siempre nos ha hablado con la verdad por muy dura que esta sea “Tyke se envenenó, no se podría haber hecho nada más para salvarlo”, “Misty está muy grave pero se pondrá bien. Tardará un par de semana pero por supuesto que se recuperará”. “Kenny va a morir, quince minutos cuando mucho. El líquido que ingirió es mortal” “Umi tiene una intoxicación leve pero con esto será suficiente”, “No hay medicina para Misty pero la mandaremos traer de otra ciudad” “Maru se lastimó los deditos (hace meses), aquí hay dos inyecciones para el dolor porque le duele mucho, y aquí hay pastillas para los siguientes cinco días. Con eso bastará”. Por ese servicio, esa hospitalidad (¡y esa higiene!) pagaría gustosa hasta el triple de lo que pago en otro lugar por el simple hecho de saber que lo que me ofrecen es bueno Y ES VERDAD y no me daran desparasitante para calmarle el dolor a mi gatito porque sé que no va a tratarme como un estorbo sólo para dejar al animal en un segundo plano aunque este último esté sufriendo, eh. ¡SÍ, ESTOY ENCHILADA! >__< 

Ya, mejor me calmo. Maru se está recuperando bien. Muy bien. Su veterinario le aplicó dos inyecciones para el dolor y para desinflamar, además de pastillas para los próximos días. Por suerte no tiene fractura y apenas ayer ha empezado a caminar. Está algo deshidratado pero le estamos dando suero (único consejo respetable que nos dio el otro tipo) y su humor ha mejorado bastante. Ya puede usar su cajita de arena aunque aun necesita ayuda para entrar en ella porque amabas patitas traseras están lastimadas. Come bien aunque no le apetece tomar agua todavía así que le damos suero cada hora. Esperemos que vaya mejorando día a día pero el condenado ya sueña con brincar bardas, cazar animales, visitar a sus amigos y cruzar carreteras peligrosas otra vez. 

Los gatos siempre serán gatos ¿verdad?. :)

3 dic. 2012

Este desvarío es por culpa de la Navidad...

En los jardines del seminario de Mazatlán. (Diciembre 2011).
Minimizar ventana. Inicio. Todos los Programas. Microsoft Office 2010. Microsoft Word. Acomodar los márgenes. Fuente Verdana #10. Y a escribir. 

He decidido hacer un paréntesis a mi trabajo vespertino de escritora empedernida de fanfiction para actualizar mi blog; y como justificación he puesto el árbol de navidad. 

Le he prometido a mi papá que éste fin de semana, cuando regrese a casa, ya habrá un pinito luminoso para recibirlo. No quiero mentirle; es mi padre y se merece un pinito. Eso sí, me da una pereza titánica ponerlo. Quizá con 24 años ya me estoy haciendo vieja o quizá sea al hecho de que ahora mi día comienza a las 4 ó 5 de la tarde porque antes de eso duermo y trabajo, y el tiempo se va aun suspiro muy tonto y monótono. Qué se yo. Lo que sí sé es que ya es 3 de diciembre y en esta casa no hay ni un leve rastro de la navidad y eso, hasta cierto punto, me deprime. Eso y el clima. (A quién le gusten los otoños de 35°c puede ir a pararse al paredón y esperar su inminente fusilamiento. Prometo que la agonía no será muy larga; no hay fila).

Durante muchos años el pino artificial de nuestra casa se erguía mientras el zócalo de la Ciudad de México se inundaba de soldados que desfilaban al compás de himnos bélicos y los habitantes de mi Escuinapa se arremolinaban en las calles principales para ver desfilar a niños de caras largas que apenas entendían lo que era el patriotismo. Era mi particular forma de ir contra corriente. Un 20 de Noviembre navideño. Entre Villa, Zapata, Díaz, Madero, Santa Claus y Rodolfo el reno. Entre Diana Antigua y Adeste Fideles. 

Algo ha cambiado desde aquellos tiempos. Dejé de poner decoraciones en las mañanas y pasé a hacerlo en la tarde/noche. Cuando la casa estuviera más sola. 

Desde hace tres años aquello cambió otra vez. La decoración del árbol giraba en torno a la fecha de lanzamiento de la canción navideña que The Killers sacaba cada año (y lo sigue haciendo). Fue una tradición particular nacida de la más absoluta espontaneidad. Así, en diciembre del 2009 decoré el altar que mi mamá le tenía a la virgencita en la entrada de nuestra antigua casa con los acordes de “Happy Birthday Guadalupe” y fue divertido. 

Aquello se convirtió en una rutina encantadora. También coincidía que mi mamá estaba fuera de la ciudad en esas fechas y aprovechaba para poner todos los adornos desde las 10 de la noche a las 5 de la mañana. Era un horario absurdo y amanecía en un estado tan soporífero que en una ocasión mi hermano tuvo la obscenidad y el atrevimiento de decirme que era lo más cercano a un zombi que había visto jamás. Un zombi navideño y feliz. 

Para sobrevivir a aquel ridículo reto solía drogarme con dulces y café hasta que amanecía y creaba tres listas musicales en mi teléfono celular para que sonaran de manera aleatoria. Todos eran temas navideños y de diversos artistas e idiomas. Así pasaba de The Killers a Mijares y de Daniela Romo a Andrea Bocelli. Y créanme que funcionaba. Eso que cuando el sol amenazaba con salir yo ya estaba más dormida que despierta y me imaginaba a todos esos artistas subidos en un escenario cantando “Susanita tiene un ratón”

Lo cierto era que tenía una canción para cada acción que realizaba y al final terminaba por dejar fija la lista de canciones navideñas de The Killers y rayarlas hasta que la batería del celular agonizaba. A la hora de poner el Nacimiento siempre recurría a “Joseph, better you than me” (José, mejor tú que yo) para amenizar el momento. La figura de José, el padre del hijo de Dios, siendo reivindicada en una canción (“tú eres un hacedor, un creador; no sólo el padre de alguien”). Es la nostalgia más pura hecha canción y admito que cuando brota aquello de “Y el desierto es un infierno para hallar el paraíso. Cuarenta años perdidos en la jungla buscando a Dios. Y tú escalas hasta la cima de la montaña mirando hacia la ciudad donde naciste. En los años que te fuiste te di tiempo de sentarte y reflexionar…” aun se me eriza la piel. 

Aun recuerdo a mi hermano asomándose de la habitación mientras yo limpiaba las esferas y los adornos, y de las bocinas brotaba la voz del vocalista suplicándole a Santa Claus que no le disparara. Porque entre “Joseph, better you than me” y “Don’t shoot me, Santa” hay un universo entero de distancia y uno pensaría que los dos temas no podrían ser de la misma banda. 

Aun tengo ese disco de The Killers con todos sus temas navideños. Cada año lo renuevo con el nuevo tema en cuestión. En el 2011 incluí "The Cowboy's Christmas Ball" y de pilón agregué la canción “Magdalena” de Brandon Flowers, el vocalista de la banda. “Magdalena” no es un tema navideño, pero le tengo un cariño especial y por una extraña razón a mi me huele a navidad. La canción en realidad habla de la peregrinación religiosa que realizan los habitantes de Nogales hasta Magdalena de Kino en el estado de Sonora para venerar a San Francisco Javier. Su festividad es hoy, precisamente, el 3 de diciembre. “De Nogales a Magdalena hay 60 millas de camino sagrado y una promesa hecha a los que se aventuran, San Francisco levantará tu carga” dice la canción. Lo hermoso de este tema es el hecho de que sea un mormón practicante quien lo cante. Un mormón que varias veces ha expresado su admiración por México y su genuina devoción por los santos a los que venera con tanto fervor. “En la tierra del viejo Sonora, hay un río poco profundo que llora. El verano la dejó sin su perdón y se refleja en los ojos de sus hijos. Hijos pródigos e hijas rebeldes llevan mandas que podrían liberarlos de las profundidades de las tinieblas y renacer de nuevo a la luz de las velas…” y para rematar añade “Y si caigo en la tentación cuando regrese por aquellos caminos malditos, de Nogales a Magdalena, como un doble mendigo, iré a dónde sé que puedo ser perdonando: al corazón roto de México… al corazón roto de México”

Dejemos a The Killers a un lado (tengo una cita con ellos el próximo abril así que hay una obsesión en mi que no puedo evitar, lo siento). Éste año ya han estrenado su tema navideño y yo sigo aquí, tecleando, rompiendo tradiciones de tres años mientras trato de pensar dónde dejé el pino artificial cuando nos mudamos. Creo que está debajo de la cama. Creo, aquí, es la palabra clave. Buscar debajo de la cama podría ser peligroso. ¿Para qué quieres un ático o un sótano cuando tienes un ‘debajo de la cama’? Su capacidad de almacenamiento es infinita. Todo cabe ahí. Es como un agujero negro o el bolso de una mujer. Y las tres cosas tienen también el mismo problema. Una vez que algo entra es muy difícil descubrir cómo lograr traerlo a nuestro mundo. 

Mi tarea de esta semana será precisamente esa: rescatar el arbolito del ‘debajo de la cama’. Lo demás será sencillo. Sé dónde están las esferas, los foquitos y los adornos navideños. Sé que lloraré como quinceañera con desequilibro hormonal cuando pruebe las lucecitas que compré el año pasado y funcionen sólo 150 de las 300 que son, después de haber pasado 15 horas tratando de desheredarlas. Maldeciré por lo bajo el tener que ir hasta el centro para comprar otra extensión de luces que dejará de funcionar doce meses después. Pero eso es lo que hace la navidad ¿no? El consumismo llega desde la hora de poner el pino. 

Diciembre es el mes de Jesús de Nazaret, de Umi y de Maru; estos dos últimos de Escuinapa. Es cumpleaños tras cumpleaños. Mi santísima trinidad de diciembre. Umi quiere huesos de carnaza, me lo ha dicho esta mañana. Maru quiere jamón de pavo. Jesús quiere oro, incienso y mirra. A los dos primeros les dije que les compraría lo que pudiera, al tercero le dije que se esperara a la cuesta de enero. Un trío de reyes vendría de Oriente a traerle esas cosas tan específicas. 

Umi nació un 17 de diciembre del 2002. Era una bolita negra que se confundía entre tanto cartón café. Junto a ella nació Kenny, su hermanito. Umi tiene ya nueve navidades a sus espaldas. Ésta será la décima. Ella es la que me anima en la titánica tarea de armar el árbol. Le fascina observar. Kenny era diferente. Él se acercaba al pino y empezaba a comer sus ramas artificiales. Según él se estaba purgando. Y funcionaba, eh. Al día siguiente tenía una diarrea monumental donde abundaban las tiras verdes del pino. 

Maru nació el 23 de diciembre del 2011 en medio de los preparativos para la cena de Noche Buena en la casa de una familia que se toma muy en serio todas las fiestas del año. Festejan el puente Guadalupe-Reyes por todo lo alto, con todo y sus posadas. Maru y sus hermanitos nacieron ahí, en un pesebre de cartón, custodiado por otros gatos y un par de chihuahuas que miraban la escena desde su casita de madera. Entre villancicos y música de banda. Entre globos que reventaban y serpentinas de colores. Entre cartones de cerveza y Coca-Cola. Le guardo mucho cariño a esa casa. De pequeña me perdía por aquel inmenso patio que jamás logré explorarlo todo porque siempre tuve miedo que sus fauces me comieran. Aunque Maru nació en víspera de Navidad jamás en su vida ha visto un arbolito. Cuando llegó a nuestra casa éste ya había sido guardado y de él no quedó ni la sombra. Tengo bastante curiosidad por ver su reacción cuando le enseñe las esferas, cuando vea el pino por primera vez y encienda las lucecitas frente a sus ojos. Sé que le gustará. Mi gato ama las luces que van y vienen. De hecho tiene la fortuna de que la casa de enfrente la asalten cada tres días porque cuando llegan los policías con sus torretas prendidas corre emocionado a su encuentro. Y cuando Maru se emociona corre de lado. Resulta bastante gracioso de ver pero también bastante bizarro. Me gustaría ver su expresión una vez que el pino esté montado y encendido. Ya me vi intentando ponerle restricciones a sus acciones: “Mira enano, éste es un pino de Navidad. No es el árbol de enseguida. No es un árbol de mango y sus ramas no se comen. No intentes escalarlo porque se te caerá encima, quedarás empalado, provocarás un corto circuito y la casa arderá en llamas junto con Troya, Pompeya, Narnia y Mordor, ¿vale? Tampoco es una Torre de Babel como para que intentes llegar a la cima. No necesito otro idioma para no entenderte, con tu lenguaje gatuno es suficiente” y sé que él me mirará con sus ojos dorados, quizá bostezará, observará el pinito un momento y después le pegará una patada a la primera esfera roja que tenga cerca. Así son todos los gatos del mundo mundial ¿no? 

Otro problema (y quizá el más grave): ésta casa parece una oda al polvo. Todo se ensucia. Todos los días. Pondré el árbol y sé que a los dos días estará tan sucio como para echarse a llorar. ¿Cómo limpias un pino una vez que ya tiene todos los adornos? ¿Lo dejo así? ¿Sucio? Pablo Neruda se preguntaba “¿Hay algo más triste en el mundo que un tren inmóvil bajo la lluvia?” y yo le respondería ¿Acaso hay algo más triste en el mundo que un sucio árbol de navidad en Noche Buena? Algo de la Navidad muere cuando un árbol se ensucia. La esperanza también se mengua por culpa del polvo asesino. Ya veré yo qué me invento para evitar la tierra. 

Difícil será también poner el Nacimiento. ¿Cómo le digo yo al asno y al buey que el Sumo Pontífice de la Iglesia Católica ha dicho que ellos no estuvieron en el nacimiento de Jesús? ¿Cómo se los digo sin que se me caiga la cara de la vergüenza? Igual, yo los pondré. Pero eso no impedirá que queden anulados la mitad de todos los villancicos. Qué vergüenza. Aunque ya todos sabemos que los villancicos no son cantos de los ángeles, y algunos, inclusos, suenan bizarros y hasta fomentan algún vicio: “Dame la bota, María, que me voy a emborrachar” se escucha en La Marimorena. “Si quieres también te paso los cigarros, eh” le diría María con gesto indignado. 

En fin, que estos son mis dilemas. Esta semana me haré a la tarea de poner el arbolito mientras tomo un café o un chocolate abuelita, como galletas Maravillas y pongo mis discos de villancicos junto a Umi observando todo y Maru tirando las esferas que voy colocando. Mientras tanto continuaré con mi fanfiction que habla de detectives consultores y niños decapitados vestidos de ángeles. (WTF).

22 oct. 2012

Arcoíris reflejados en el cielo y tesoros invisibles esperandonos en la tierra

Los protagonistas de esta historia. Sólo faltó la abuela y Rodrigo. 
Relato dedicado con cariño a mis pequeños sobrinos Dilan Andree, Danna Valeria y Melany (más los que lleguen después), para perpetua memoria. 

ARCOÍRIS REFLEJADOS EN EL CIELO... 

—¡Dios guarde una neumonía! —gritó la anciana desde la cocina. Su voz tronó en las tejas del techo y atravesó el área del comedor hasta llegar a la salita donde todos sus nietos nos arremolinábamos indignados y vencidos en los sillones de madera que rechinaban con cada leve movimiento que hacíamos con desgana.

Mi abuela Librada ya rozaba los setenta años cuando la tarde más calurosa de 1995 nos negó a mis primos y a mí el sagrado derecho de bañarnos bajo la lluvia. Todos los niños del mundo saben que es una obligación de toda abuela permitir a sus nietos bañarse en los chorros de agua que brotan de los techos, pero aquella tarde la nuestra se negó rotundamente. Una orden que esperábamos de nuestros padres pero jamás de ella; cómplice de nuestras travesuras y nuestros juegos. 

—¡Abue, otras veces sí nos ha dejado bañarnos! —El grito de Tito, mi primo de 10 años, retumbó tanto como el de ella justo en el momento en que el sonido de un trueno irrumpía estrepitosamente por toda la casa. 

—¡¿Y si los parte un rayo, Juanito?! ¡Dios nos libre! 

Desde la sala yo no podía ver la cara de mi abuela, pero me la imaginaba con ese gesto de preocupación que ya viene por defecto en la cara de todas las ancianas; persignándose infinidad de veces con una mano mientras con la otra removía energéticamente la cazuela donde se estaba calentando la comida de mi abuelo Nicolás, quien no tardaría en volver del trabajo exhausto, hambriento y probablemente mojado. 

La abuela Librada y yo en casa de mi abuela paterna.
A los siete años de edad, cuando yo escuchaba la frase “Que te parta un rayo” o cualquiera de sus variantes me imaginaba, literalmente, un rayo partiendo en dos a un ser humano desde la cabeza hasta los pies. Un pedazo de él caía hacía la derecha y el otro hacia la izquierda. El humano en cuestión debía de estar arriba de una montaña, porque obviamente los rayos sólo caen en los lugares altos… y en los árboles, claro. Entre más alto fueras más probabilidades había de morir cortado por la mitad. Así que si no eras alto, ni estabas arriba de una montaña ni tampoco debajo de un árbol era casi imposible que un rayo acabara con tu vida. En pocas palabras: el argumento de mi abuela era refutable porque nosotros sólo éramos un puñado de niños que soñaban con bañarse bajo la lluvia, no bajo un árbol. Lo cierto era qué mucha gente alrededor del mundo moría partida por rayos, y además —decían— el mismo rayo las quemaba por dentro. A mi aquel escenario me parecía dantesco sobre todo porque los rayos venían del cielo y en el cielo vivía Dios. ¿Cómo era posible, entonces, que aquel anciano de barbas largas, túnica blanca como la seda y con un aro dorado en la cabeza fuera capaz de crear algo tan monstruoso que, no solo partía a la gente en dos, sino que la quemaba por dentro? Mientras mis primos berreaban sobre la firme decisión de mi abuela yo me cuestionaba la autoridad divina y sus incongruencias. Después pensé que, si era verdad aquello de que Dios había creado al ser humano a su imagen y semejanza entonces, también, había incluido sus defectos. Para empezar Dios no tenía mamá. Jesús, su único hijo tenía una mamá, María; e incluso tenía otro papá además de Dios, José. Es decir que no sólo tenía a un papá creador del universo sino que tenía un papá que era carpintero, ¡¿qué tan genial es eso?! El asunto de la Santísima Trinidad no lo entendí hasta que me mandaron a Catecismo, un año después. Pero el asunto era ese, que Dios no tenía mamá ni papá. Ese pequeño dato que al aparecer omitían en la Biblia (y del que nadie hablaba) explicaba ahora el motivo de los rayos, de la gente partida en dos y la humareda que había una vez que el rayo los partía. ¿Qué tal si a Dios se le caían los rayos de las manos mientras corría por el Paraíso? ¿Qué tal si los rayos eran los cuchillos de Dios? Era omnipotente, sí, pero si a los humanos se les caen las cosas de las manos por qué a Dios no se le caerían también, al fin y al cabo nunca tuvo una mamá que le dijera que jamás debía de correr con cuchillos, tijeras o alfileres en las manos. Era verdad que entonces serían muchos cuchillos caídos en tierra pero habría que recordar que Dios es gigante y su tamaño justificaría todo. A los siete años y muy católica, apostólica y romana creía en la reencarnación. Sobre todo en casos como ese en el que el culpable de la gente partida en dos era Dios y no el hombre. Me imaginaba que él, arrepentido por su descuido, tomaba a la persona quemada y la regresaba a la vida, pero ya no en esa ciudad y con esa familia sino con otra, en otro país, con otro nombre, y con un poco de suerte en un desierto perdido de África o Asia, haya donde jamás llovía y no había cuchillos divinos cayendo del cielo. 

Francamente ahora todo tenía sentido. 

—¿Sabes? Creo que los rayos que parten en dos a las personas y las queman por dentro son cuchillos filosos que a Dios se le caen desde el Cielo. 

La expresión de mi primo Carlos Alberto, hermano de Tito y a quien de cariño (o quién sabe por qué) decíamos Chingily, iba entre la incomprensión y el aburrimiento pero no me dijo nada. Después de dedicarme ese gesto durante unos segundos volvió su rostro hacía el televisor que emitía alguna caricatura irreconocible en el Canal 5 de Televisa. Ambos compartíamos un sillón individual en aquella salita. Teníamos la costumbre de tomar el cojín del respaldo y ponerlo en un pasamanos mientras que en el otro poníamos nuestros pies que quedaban colgando en el aire y que al levantarnos provocaban un ardor tremendo pero del que rara vez nos quejábamos. 

Miré a mí alrededor sólo para ver a mi pandilla de primos derrotados. Soldados vestidos de civiles que no habían obtenido permiso de la Adelita anciana que preparaba la comida al viejo Pancho Villa para ir al campo de batalla a enfrentar al dios del trueno. Una vez escuché en la televisión que Estados Unidos, nuestro país vecino, sólo perdió una guerra en su vida y fue la Guerra de Vietnam. Sus soldados se pusieron tan tristes pero tan tristes que algunos perdieron las ganas de vivir. Temía que mis camaradas de juegos; mis primos, mis amigos, mis héroes de carne y hueso y estatura pequeña, corrieran con la misma suerte. No se merecían eso. Cualquiera de ellos estaría dispuesto a morir de pulmonía o partido por un rayo antes de perderse un sólo baño bajo la lluvia. Todos excepto, quizá, mi hermana Carolina

Mi hermana de 10 años, Carolina, estaba sentada en el sillón grande junto a Hilse y Honofre de 8 años, Juan Manuel (Juanito o Tito) y Rodrigo Simental quien no era nuestro primo pero siempre lo consideramos como uno de los nuestros. En el otro sillón individual estaba Hiriam y a su lado el pequeño Aarón, hermano de Honofre y Roberto (hermano de Rodrigo).

Durante muchos años mi hermana Carolina le tuvo bastante miedo a los rayos. Supongo que temía que la partieran en dos y la quemaran por dentro; un temor, que supongo, todos teníamos en mayor o menor medida. Pero en su caso era un miedo bastante inmenso, difícil de describir. Ahora sé que aquel miedo era una fobia y que inclusive tiene un nombre: Astrapofobia. Aquel terror lo había superado recientemente gracias a la ciencia. Sí, a la ciencia. Y a una calculadora. Pero sobre todo a la ciencia. Ella siempre soñó con ser científica ¿saben? Ella también es la prueba de que los sueños se hacen realidad porque actualmente ella es eso, una científica. Y bastante buena, sinceramente. Pero volvamos a su fobia: un par de meses antes ambas habíamos empezado a ver un programa infantil de temática científica llamado El Mundo de Beakman. Beakman era un científico loco de bata verde chillante y cabellos parados; tenía a una joven y a una rata de gran tamaño (que además de ese pequeño detalle también hablaba); ambos ayudaban a Beakman con sus experimentos. Beakman recibía correspondencia de diversas ciudades de Estados Unidos. Niños que, como Carolina y como yo nos preguntábamos cómo funcionaba el mundo. Uno de aquellos niños aventó la pregunta del millón: Beakman, ¿cómo puedo saber a qué distancia cae un rayo?” Su respuesta fue bastante sencilla: Mira al cielo y cuando veas el relámpago (la luz que emite el rayo) empieza a contar los segundos que transcurren hasta que se escucha el trueno (el sonido que emite); una vez que tengas los segundos transcurridos toma una calculadora (o hazlo mentalmente si eres bueno con las matemáticas) y divídelo entre 3. El resultado que obtengas indicará la distancia a la que el rayo cayó en kilómetros. No recuerdo si fue en ese episodio o en otro cuando invitó al difunto Benjamin Franklin y éste explicó cómo funcionaban el pararrayos, su gran invento, y para qué servía. Con aquellas explicaciones Carolina superó poco a poco su terrible fobia y ya no tenía temor alguno de bañarse bajo la lluvia de vez en cuando, sobre todo los días calurosos como aquel. 

En aquel momento vimos un relámpago seguido rápidamente de un trueno. Al parecer la tormenta estaba sobre nuestras cabezas. La corriente eléctrica bajó, pero la luz no se fue y el viejo televisor sólo emitió un sonido seco proveniente probablemente del bulbo añejo que con cada tormenta amenaza con fundirse o explotar. 

—¡Apaguen la tele! ¡Se nos va a descomponer! —gritó la abuela desde la cocina. 

Hiriam y Tito estuvieron a punto de reclamar pero no había motivo, el bajón de energía había hecho que la frágil señal de la antena se perdiera en una lluvia grisácea que inundaba la pantalla y en un chillido estático que resonaba en la sala más que la lluvia. Probablemente ustedes no lo sepan pero en aquel entonces sólo había 3 ó 4 canales de televisión y no había nada remotamente parecido a Internet o teléfonos celulares. Así que lo único que brotó en el momento de apagar la TV era el agua golpeando el techo, los rayos que provenían de todas partes, el sartén de la cocina, el crujir de los sillones, la cancioncilla que la abuela tarareaba con entusiasmo y las risitas de los niños que tenían abuelas que sí les permitía jugar en la lluvia. ¡Vaya suerte la de ellos! 

La razón por la que mi abuela nos negaba bañarnos en la lluvia nos intrigaba, sobre todo a mí. Ahora, francamente, no recuerdo dónde estaban nuestras madres y por qué mi abuela se encontraba sola con nosotros, pero aquel motivo no creo que justificara su negación a permitirnos bañar afuera. 

—A lo mejor su hijo chiquito se murió de eso; de pulmonía y por eso no nos quiere dejar a nosotros mojarnos —mi primo Carlos Alberto habló bajito, para que su voz no llegara hasta la cocina y mi abuela lo escuchara. 

—Eso. O tal vez lo partió un rayo— señalé. 

Para nosotros Alejandro, el hijo mayor de mi abuela y de su primer esposo, era un niño de piel morena y cabello lacio cuya altura le hacía sobresalir de todos los demás niños en una vieja fotografía de una fiesta infantil. Venía acompañado de Ramona y Rosa, sus hermanas y una veintena de pequeños más. Alejandro estaba en la última fila de aquella formación y estiraba su cabeza para ver con curiosidad al fotógrafo o a la cámara. Era una fotografía triste, no sólo por el eterno niño muerto que nos miraba desde el pasado, sino porque nadie —excepto la piñata en forma de payaso que estaba a punto de ser vapuleada hasta quedar destrozada—, sonreía. Como ya lo dije, era una fotografía bastante antigua, tomada en una época en la que los niños no entendían por qué tenían que sonreír a una misteriosa caja que inmortalizaba instantes para siempre. Sus gestos evocaban curiosidad, asombro, desconcierto, indiferencia y hasta temor; excepto el rostro de Alejandro sumido en un gesto de desafío y eterna curiosidad. Para mi abuela Alejandro era ‘Jandito’, un niño frágil y enfermizo, como todos los niños pobres de antaño. Era de carácter fuerte y antes de morir, a los 8 años, ya había amenazado de muerte a su propio padrastro. Mi abuela nunca nos dijo de qué murió, sólo sabíamos que ella solía encenderle una veladora cada 1° de noviembre, Día de los Angelitos, y de vez en cuando acariciaba con ternura aquella fotografía en blanco y negro, vieja y manchada donde los niños aun no sabían cómo sonreír a la cámara mientras Alejandro, su ‘Jandito’, le dedicaba una eterna cara infantil con esos ojos vivaces de infinita curiosidad. 

No supimos en qué momento exacto mi abuela apareció en el umbral de la puerta de la sala, pero allí estaba ella con su rostro contemplativo, atraída tal vez por nuestra leve mención de su angelito… aunque en verdad dudo que haya escuchado algo de nuestros susurros. Miró brevemente la puerta principal donde se veía la calle empapada con la fuerte lluvia que azotaba la ciudad. Era un espectáculo precioso pero, según ella, peligroso. Miró brevemente a sus nietos, agazapados todavía en los sillones con nuestras cabezas agachadas y una mueca franca de terrible derrota. 

—Les voy a preparar una limonada —espetó la anciana con suavidad—, ahí tengo un montón de limones que corté el otro día y hay agua helada en el congelador. 

A esas alturas ya no había señal de enojo en la voz de mi abuela. Así era ella. Así son todas las abuelas del mundo; capaces de trasmutar dos minutos de enojo por tres de ternura y curar una decepción con un vaso de limonada recién hecha. La abuela Librada era de estatura pequeña y cuerpo robusto. Su piel morena curtida por el sol contrastaba con su canosa cabellera que siempre peinada cuidadosamente antes de hacerse una cola pequeña. Su cara era redonda y tenía unos ojos cafés que eran capaces de expresar infinidad de emociones a la vez. Su cuerpo estaba lleno de arrugas y, quizá, bajo esas arrugas había cicatrices. Heridas ya sanadas de tiempos pasados más difíciles. Se preocupaba por todo y por todos, y cuando lloraba, lo hacía en silencio; nosotros no sabíamos si lo hacía de felicidad o de tristeza. Sufría con el noticiero del mediodía y también con la novela de las 8, y con la novela de las 9… y con el noticiero de la noche. A mis siete años jamás pensé que un puñado de años después la vería a ella, en aquella misma sala frente a aquella misma televisión, mirando con desaliento e impotencia la caída de las Torres Gemelas en Nueva York y dos años más tarde llorando una noche triste por la invasión de Estados Unidos a Irak. Así era la abuela. Siempre lo fue. Nunca entendí por qué lloraba por casos lejanos, ajenos por completo a su realidad, pero su compasión era infinita y jamás pondría en duda la calidad moral de sus acciones. Después de rebuscar un par de cosas en el viejo refrigerador café que se ubicaba entre la sala y el comedor (muy lejos de la cocina) se dio la vuelta y se dispuso a partir limones y exprimirlos. Al cabo de varios minutos la vimos metiendo una garra al congelador, diciendo que esperáramos un tiempecito a que el agua absorbiera bien el limón y el azúcar. Algo que, al parecer, tomaba entre 15 minutos y media hora. Para ese entonces la lluvia había menguado bastante y nuestra decepción también. Aun se escuchan niños chapoteando en los charcos cercanos pero de nuestra parte ya no había envida. Al menos nosotros tendríamos limonada helada y ellos no. 

Cuando los rayos del sol empezaron a golpear las calles ya eran las cinco de la tarde. De la tormenta sólo quedó el recuerdo y las lagunas de agua que típicamente se formaban en aquellas calles donde el alcantarillado raramente servía. La abuela tomó una vieja silla negra de mimbre y una revista repleta de Sopas de Letras que mi abuelo compraba semanalmente junto con su revista Crucigramas y se dispuso a salir a la calle. Salir a la calle era terapéutico para ella; el agobio de los quehaceres del hogar quedaba relegado y guardado hasta el día siguiente y se entretenía viendo pasar a conocidos y desconocidos por la banqueta. De vez en cuando alargaba una conversación hasta que anochecía. O usualmente algunas vecinas, ancianas como ella, le regalaban pláticas de achaques de la edad y otras cosas. Pláticas triviales y un tanto incongruentes para nosotros, siendo tan pequeños. Mi mamá o mis tíos también se paseaban por ahí una tarde sí y la otra también. De todos los recuerdos que mantengo de aquella vieja casa esas tardes de sillas y convivio aun me llenan de rebosante nostalgia. Sólo había dos motivos que obligaban a la abuela a meter su silla de mimbre e incluso a cerrar la puerta. Uno de esos motivos era la lluvia y el otro motivo era algún difunto. 

La casa de mi abuela estaba ubicada en la calle Gabriel Leyva #41; “rumbo al panteón” decía ella orgullosa cuando alguien le preguntaba su domicilio. Era (y sigue siendo) la ruta que las carrosas fúnebres suelen tomar cuando llevan a sepultar a alguien; rara vez usan caminos alternos. Aquellos días de duelo y dolor para otras familias también lo eran para la abuela. Apenas divisaba el auto de la funeraria a lo lejos y rápidamente metía su silla, apagaba la televisión y secaba su rosario mientras veía pasar el cortejo fúnebre. A nosotros nos mandaba callar o a ponernos seriecitos. Algunas veces entendíamos aquello; otras veces no, sobre todo cuando el muertito iba con música de banda y todo el alboroto. “La música es sinónimo de fiesta, no de duelo”, pensábamos.


No pasó mucho tiempo desde que mi abuela decidió salir a la calle cuando rápidamente nos mandó llamar. 

—¡Chiquillos! —gritó con entusiasmo— ¡CHIQUILLOS, VENGAN! 

Todos corrimos hasta la entrada principal sólo para darnos cuenta de que la mirada de mi abuela se perdía en el cielo, al lado izquierdo… rumbo al panteón. Al principio no atinábamos a ver qué era lo que ella veía hasta que nos detuvimos un momento a contemplar muy bien el cielo… ¡Y ALLÍ ESTABA! Un inmenso y brillante arcoíris que cruzaba casi toda la calle a lo ancho. Era precioso. 

La abuela acomodó su silla cerca de la pared de la casa pero jamás dejó de mirar aquella hermosura; le brillaban los ojos de alegría. Se sentó en la silla y abrió el crucigrama. 

—¿Ustedes saben qué es lo que hay justo en el lugar donde termina el arcoíris? 

Todos volteamos a ver a la abuela quien pasaba su mirada entre el cielo y su Sopa de Letras

—¿Tierra? —contestó mi primo Tito mientras se acercaba al lado de ella. 

—Estás tonto —sentenció mi abuela con dulzura—. ¡Hay oro, vasijas y más vasijas llenas de oro! Monedas, lingotes, lámparas mágicas… 

—¿Con genios adentro que cumplen deseos? —preguntó Hilse con un destello en los ojos. 

—Sí, sí. Con genios que cumplen tres deseos. Y duendes que custodian ese oro. 

—¿También hay monedas de chocolate con envolturas de oro? —cuestionó Chingily

—¡También! —añadió mi abuela. 

La voz de la anciana se notaba tan sincera que cada palabra que salía de su boca era, sin lugar a dudas, una verdad tras otra. 

—¿Pero ese oro es de los duendes o de quién? —preguntó Carolina

—Miren, acérquense —nos indicó la anciana. Todos nos arremolinamos alrededor de su silla y prestamos atención a lo que nos quería decir—. Cuenta la leyenda que aquellos valientes que consigan llegar hasta el final del arcoíris podrán encontrar a sus pies oro y más oro en hoyas negras custodiada por duendes con vestimenta verde y sombrero gracioso. Ellos serán los encargados de ofrecerles ese oro y conducirlos de camino a casa a cambio de un poco de comida pero… tienen que llegar hasta el final del arcoíris antes de que desaparezca porque si no lo hacen el oro y los duendes desaparecerán. 

La abuela había narrado aquello en un murmullo y nosotros habíamos captado cada uno de sus gestos y palabras. Había, más allá de esas casas, de esos techos y de ese cementerio, el final de un arcoíris que esperaba por nosotros. ¿Cómo creen que íbamos a dejar pasar una oportunidad como aquella? 

—¡¿Podemos ir abuela?! ¡¿Podemos?! ¡¿PODEMOS?! —rogó Hiriam

Era nuestra ilusión contra su autoridad pero la sonrisa que se dibujó en aquella anciana era sin duda un gesto inconfundible de complicidad y un permiso expreso para ir rumbo a nuestra aventura. 

—¡Rápido, plebes! —gritó Tito mientras se metía corriendo a la casa para ir hasta el patio y nosotros íbamos entusiasmados detrás de él—. ¡Hiriam, Caro, ustedes tomen las palas de mi abuelo! ¡Hilse y Linda las cubetas! ¡Honofre y Aarón ayúdenme a quitar esto de aquí! ¡Chingily y Roberto agarren nanchis y mangos para los duendes… y abran el zaguán también! ¡Yo voy por la carreta, Rodrigo ayúdame! 

Para cuando Tito logró acomodar la pequeña carreta del abuelo y limpiarla un poco nosotros ya traíamos en nuestras manos todo lo que nos pidió. Chingily y Roberto abrieron el viejo zaguán azul e incluso Wuatusi —el perro mestizo que mi abuela siempre vio como un Pastor Alemán de raza pura— se unió a nuestra carrera contra el tiempo. 

Apenas mi abuela nos vio salir por el zaguán nos gritó una última advertencia. 

—¡EN CUANTO EMPIECE A OSCURECER SE REGRESAN, ¿EH?! 

Escuchamos su orden pero estábamos tan sumidos en nuestros pensamientos que creo que ninguno de nosotros contestamos. 

Y corrimos. Corrimos como jamás en la vida habíamos corrido. 

¡Ojalá ustedes hubieran visto aquella escena! Ojalá ustedes hubieran sido testigos fieles de aquella tierna inocencia. No éramos un puñado de niños corriendo por oro. Éramos más que eso. Éramos la infancia misma persiguiendo sus sueños más ingenuos. Éramos la ternura personificada en una mentira dulce de una anciana que quizá, muchos años atrás, también soñó con perseguir arcoíris, aviones y cometas. 

Y allí íbamos; nosotros contra el mundo. Nosotros contra la lógica. Nosotros contra la razón. Hiriam, Carolina, Rodrigo, Tito, Chingily, Hilse, Roberto, Honofre, Aarón, yo y Watusi. Todos contra el viento. Siempre contracorriente. Esquivando banquetas, carros, bicicletas perros del barrio, señoras sentadas en las aceras, chismes baratos, sillas, árboles y niños mojados de la lluvia pasada. Ignorándolos a todos; ignorando sus gestos confundidos al ver pasar a los nietos de doña Librada corriendo como gacelas por la calle Gabriel Leyva; persiguiendo arcoíris más allá de un cementerio que cada vez se divisaba más cercano; llevando en las manos carretas de albañilería, palas, cubetas, nanchis y mangos. Recipientes vacíos para el oro que rebosaría en ellos en un par de minutos; comidas para los duendes irlandeses que aparecerían a nuestros pies mientras nos entregarían nuestra lotería perfecta y que, seguramente, nos pondrían una corona de tréboles de cuatro hojas en la cabeza. 

—¡Con lo que junte… —gritó Chingily asoleado— me voy a comprar la tienda de Don Daniel! ¡TODA! 

—¡Y yo la de La Pachita! —le respondió Roberto

—¡Yo la guardaré para comprarme un perrito en navidad! 

—¡Y yo ropa! 

—¡Y yo un robot! 

—¡Me voy a comprar todos los tazos del mundo! 

—¡Y libros! ¡Y casetes! 

—¡ME VOY A COMPRAR TODO EL VIDEOFOX! ¡ASÍ TENDRÉ PELÍCULAS PARA TODA LA VIDA! 

—¡YO CREO QUE ME VOY A COMPRAR EL BANCO! ¡MI PAPÁ VA A SER MI EMPLEADO  Eso es raro ¿verdad? 

Para cuando expresamos todo lo que pudimos expresar ya habíamos llegado a una de las calles laterales que rodeaban el panteón y nos topamos de golpe con una realidad más dolorosa que cualquiera de nuestras peores pesadillas: el arcoíris estaba desapareciendo y junto con él se esfumaban todos nuestros sueños.

¿Qué tanto se puede decepcionar un niño de la vida? ¿En qué momento captas que todo el esfuerzo del camino recorrido ha sido en vano? ¿Dónde puedes meter tú tanta vergüenza y tanta derrota? 

Nos detuvimos de golpe al ver cómo aquel arcoíris pasaba ha ser el más descolorido de todos los arcoíris del mundo y se nos fue la voz cuando ya no fuimos capaces de distinguir sus siete colores. El oro se había ido… y seguramente los duendes también. 

—Se fue, —señaló Tito con tristeza— ya ni se ve que toque la tierra. Vamos. 

Regresamos a casa con las cabezas gachas, tristes, llenas de desaliento, aunque al poco tiempo el abuelo nos quitó la congoja con una moneda de cinco pesos para cada uno. Al final, Chingily no pudo comprar la tienda de Don Daniel pero se conformó con unas frituras y una tarde viendo caricaturas en la televisión. 
............................................

Aquella, queridos familiares y amigos, fue la peor guerra que habíamos perdido. Mentiría si dijera que allí murió nuestra infancia porque hubo momentos tan mágicos después de aquel fracaso que jamás pasaría por mi cabeza decir que desde aquel entonces aprendimos sobre las mentiras de los mayores. Nos tragamos esa y muchas otras mentiras más después de aquel momento. Éramos tan niños que aun queríamos creer que existían los ratoncitos de los dientes y reyes de oriente que dejaban regalos a los pies del árbol de Navidad cada enero. Muchas Noches Buenas miramos al cielo jurando por todos los santos que veíamos pasar un trineo de renos surcando los cielos de Escuinapa y jamás nos arrepentimos de aquello. 

Éramos tan niños como lo son o lo fueron ustedes. Niños que creían en los cuentos de hadas y en los viejos fantasmas que merodeaban por aquella casa vieja donde la abuela hacía sus quehaceres y escondía sus tristezas. 

Me gustaría ser egoístas ¿saben? Tan egoístas como los que me han antecedido. Como aquellos que insisten en que su infancia fue mil veces mejor que la infancia de los niños de ahora. Hay quienes piensan que los niños de hoy tienen la mente podrida por culpa de la televisión, los videojuegos y el Internet. A estas alturas aquello me resulta un anacronismo de proporciones épicas. Los niños son niños y no importa cuánta tecnología exista a su alrededor aun tendrán tiempo y ganas de formarse sus paraísos imaginaros y sus aventuras en un mundo real que evoluciona a pasos agigantados. 

Aun recuerdo a la abuela Librada viéndonos jugar con el Super Nintendo en la habitación del abuelo; con las luces apagadas y las ventanas cerradas. Amábamos ese lugar. Ella llegaba, nos encendía la luz de golpe nos obligaba ha abrir las ventanas y terminaba su acto con un discurso de cómo nuestra infancia estaba arruinada por culpa de ese aparato; y nos contaba su niñez y sus juegos y la bondad de aquellos años difíciles que procedieron después de la terrible Guerra Cristera; presumiendo, además, de haber tenido una infancia verdadera. Y ahora, mirando en retrospectiva, me atrevo a admitir que por nada del mundo cambiaría a la generación que me tocó por suerte, ni las condiciones económicas en las que crecí. Fue mi infancia, fue especial, fue única e irrepetible y jamás dejaría que otro la viviera por mí. 

Todos deberían tener un pensamiento así. Todos deberían dejar que cada niño forje su universo infantil a su manera, que cree sus propios recuerdos con otros niños para que en las próximas décadas sean capaces de mirar atrás y ver con cariño el tiempo pasado; perfecto e inocente que se asomará desde el más recóndito recuerdo. 

Así que aquí lo tienen, pequeños. Dilan, Danna y Melany; sólo quería enseñarles esta anécdota del pasado. Sólo quería mostrarles un poco de aquellos días borrosos de lluvias, truenos, abuelas con mentiras bondadosas y arcoíris que desaparecían ante nuestros ojos. Vivan su infancia, vívanla como quieran vivírla, pero nunca pierdan la inocencia detrás de cada aventura. 

Sean niños antes de pretender ser adultos. Cuestionen todo, resuelven cada duda que tengan. Si ustedes creen que hay oro al final del arcoíris ¡vayan hasta el final y descúbranlo! Si creen que a Dios se le caen los cuchillos de las manos ¡trepen hasta el cielo para averiguarlo! ¿Les gustaría llegar a China escavando en la tierra? ¡Inténtenlo! ¿Quieren saber a qué distancia cae un rayo? ¡Cuenten los segundos entre relámpago y trueno y divídanlo entre 3! ¿No saben qué significa una palabra? ¡Abran un diccionario y búsquenla! Nunca dejen de aprender, nunca dejen de soñar y nunca pierdan su curiosidad. Pueden llegar muy lejos. :)

18 oct. 2012

¿Cuánto matan los gatos realmente?

Él es Maru y aunque parezca inocente NO lo es. 
A Maru últimamente le ha dado por matar. Sí, así tan bonito como suena. Es un gato, lo sé. Los gatos son diferentes a los perros. Eso también lo sé. ¡PERO NO ME ACOSTUMBRO A QUE LO HAGA! xD

Yo cada vez que lo veo con un animalito medio vivo medio muerto entre el hocico le mando mil maldiciones a la madre que lo parió y de paso a la que lo adoptó (yo) y no estoy exagerando. Y es que les juro que me salí de la escuela de Veterinaria y Zootecnia precisamente por la Zootecnia. Tarde o temprano tendría que matar y ver morir animales y cuando supe eso se me hizo el corazón chiquito y tuve un colapso mental que me duró tres días; por eso tuve que preparar mi mochila, tomar dos autobuses y jamás regresar aquel recóndito lugar de Culiacán. Atrás quedaron —pensé— las cabezas de cerdo, sus cerebros, las ratas desmembradas y las ovejas sacrificadas pero ¡oh, sorpresa! Aun no conocía a Marurín y sus ansias de sangre. 

Ese amor al asesinato lo ha tenido siempre. Desde bebé se divertía fusilando palomillas y se aburría viendo agonizar a cucarachas. Después siguió con los ratoncitos. De ese momento tan emotivo hasta tenemos un video por ahí guardado. Era una ternura ver cómo le daba un cuadrangular de proporciones épicas al pobre animal y sólo con su pata delantera. En aquella ocasión dejó al animalito intacto en cuanto se aburrió de jugar con él. 

El tiempo pasó, Maru creció, nos cambiamos de casa, Maru descubrió Narnia en el terreno de al lado y desde entonces no ha parado. Saca ratones y no sé de dónde demonios lo hace. Llega con iguanas bebés vivas y yo temo que la madre venga detrás de Maru para darle una mordida que recuerde toda la vida. Se come a su presa, la mastica, la vomita, se la vuelve a comer. 

Yo no sé cómo puede dejar un cuerpo tan machacado y tan irreconocible, pero él es experto en hacer eso y a mi me dan ganas de vomitar sobre su cara, porque al final la que recoge las trasmutaciones fallidas de ratoncitos soy yo y me cruje el estómago cada vez que lo hago. 

Apenas el viernes pasado mi hermana me pasó el enlace de un graphic comic que apareció en la estupenda web http://theoatmeal.com/ (recomendadísima si entienden algo de inglés) y el tema que trataba era precisamente sobre el tema de Marurin y su amor a la sangre. 

Me he dado la libertad de traducir el texto del gráfico para las personas que no entiendan inglés y se los dejo a continuación. Por una parte es bonito saber que Maru no es el único gato del mundo que tiene esa manía y por otro... todo me parece muy grotesco. xDDD

Todo el crédito del gráfico y el texto pertenece a su creador (Matthew Inman) y aquí está el enlace del cómic original para quien quiera verlo. :)


Me gustaría decir que la próximas vez que me Maru llegue con un lagartón más grande que él en el hocico le diré que se vaya por donde vino pero a quién engaño. Tengo a Umi, mi mejor amiga y lo tengo a él, mi tierno asesino serial favorito. :D
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Nota chiquita: Sí, sí, la palabra 'Calendario' está escrita mal pero me da pereza editar la imagen otra vez así que :D

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27 sept. 2012

Opinión personal: Elementary 01x01

"New Holmes. New Watson. New York".
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Bien, he visto el episodio piloto de Elementary y aquí va mi opinión personal. 

A estas alturas comparar Elementary (CBS) con la serie británica Sherlock (BBC) resulta ofensivo para ambas. Definitivamente no existe un punto de comparación. No hay un enganche que puedas poner para que las semejanzas se vean. La simple duración de cada episodio y sus temporadas crea el suficiente margen para que nos resulte imposible encontrar algo similar en estas producciones. Y es que el formato televisivo de ambas es distinto, ni qué decir de los costes de producción, locación y sus efectos. Por esa razón he decidido omitir cualquier referencia al programa de la BBC en mi crítica a pesar de que algunos bloggers que han reseñado este primer episodio se han ido a sus anchas hablando de los dos programas en sus reviews personales. Yo pasaré de hacer eso. 

Pero antes quizá valga la pena recordar algo que probablemente ya muchos saben: Elementary tendría que haber sido la adaptación estadounidense de Sherlock, pero los creadores de está última no cedieron los derechos para que fuese desarrollada en EUA, por lo que la CBS en lugar de cancelar el proyecto decidió darle otro giro y apartarlo bastante de la serie británica. Un punto a su favor, según lo veo yo. El efecto polémica podría darle a Elementary la suficiente estabilidad para quedarse en la parrilla televisiva un tiempecito, y es que, las comparaciones aumentan en la gente esa curiosidad por ver con sus propios ojos lo que otros tanto critican. Psicología inversa pura y dura: “No lo veas, es horrendo” y allí vas tú a ver si es verdad lo que la gente dice. Lo cual, sinceramente, me parece bien. 

Pero pasemos totalmente de esto y vayamos directamente al episodio piloto, dirigido por Michael Cuesta (Six Feet Hunder, Dexter, Homeland) y escrito por Robert Doherty (Médium, Ringer, Tru Calling) 


Este nuevo Sherlock Holmes (Jonny Lee Miller) —tan británico como el original— trabajaba gratuitamente como detective consultor en Scotland Yard hasta que recae en las drogas y se traslada a un centro de rehabilitación de Nueva York, donde se fuga el mismo día que sería dado de alta. Por otro lado Joan Watson (Lucy Liu) es contactada por el padre de Holmes para que le sirva de compañera en el largo camino de la post rehabilitación pues si Sherlock recae su padre amenaza con desahuciarle. Joan Watson era cirujana hasta que le retiraron la licencia médica después de que un paciente muriera en la sala de operaciones en circunstancias aún no aclaradas. Esto es lo que hasta la fecha conocemos de los protagonistas.

Ahora pasemos al caso. Nos ubicamos en el moderno Nueva York donde una mujer ha desaparecido de su domicilio aparentemente después de haber sido agredida por una persona desconocida. En su hogar hay vestigios de sangre y forcejeo con el atacante, pero ni rastros de ella. Cuando su esposo (un psiquiatra del hospital Sanbridge) llega a casa se da cuenta de todo el jaleo que se armó dentro de la propiedad y no ve rastro alguno de su esposa llama a la policía. Un par de horas después Sherlock Holmes ya está en la escena del crimen para sacar sus deducciones, invitado por el Capitán Tobias Gregson (sí, sí, a los fans del personaje de Doyle les sonará el nombre), un detective que Holmes conoció 10 años atrás cuando el estadounidense trabajaba en el departamento de antiterrorismo de Scotland Yard

A partir de allí el caso parece pasar totalmente a manos de Sherlock Holmes; vemos a una policía de Nueva York bastante adormilada y con poquísimo interés en el caso. O por lo menos a mí me pareció así. No revelaré más sobre la trama para no estropear la resolución para aquellos que no lo han visto; pero sí quiero verter mi opinión personal sobre este capítulo piloto.

Creo que el mayor pecado de Elementary es no innovar en lo absoluto. No nos presenta algo que no hayamos visto con muchísima anterioridad en diversos programas de televisión estadounidense y eso, desde mi punto de vista, es indispensable si se desea calar en el gusto de los espectadores. Si la gente se cansa de recibir lo mismo una y otra vez simplemente cambiará de canal y olvidará tu producto. Ofrecer lo mismo que otros ya ofrecieron infinidad de veces sin un ápice de originalidad es imperdonable a estas alturas.

El problema aquí es el caso que se nos presenta como introducción para el capítulo. Es plano en su totalidad; carente de giros inesperados o resultados increíbles. Es como un episodio de CSI pero malo y con muchísimo menos efectos visuales. El crimen sencillamente no te enamora. La escasees de presuntos culpables hacen que al final sientas que no pasó nada extraordinario; nada de montañas rusas emocionales o escenas de acción justificables.

Para empezar, el llamado del capitán Tobias Gregson a Holmes se me hizo bastante rápido. Un par de horas después de que se reporta la desaparición de la mujer él ya está allí para sacar sus deducciones. Eso es muy apresurado y hace ver a la policía de Nueva York como una bola de incompetentes. Parece que ni siquiera intentaron buscar a la pobre tipa (¿o en verdad les urgía encontrarla?).

Los personajes secundarios también se me han hecho algo insípidos, carente de personalidad, empezando por el capitán Gregson (¡Joér, es Aidan Quinn, carajo!).  Y ni hablar de los principales. No quiero decir que Lucy Liu y Jonny Lee Miller no hagan un buen trabajo; de hecho hacen todo lo que están en sus manos para tratar de brillar, pero siento sinceramente que el guión no ayudó mucho.

La personalidad de Sherlock Holmes también deja mucho que desear; y es que, con todo respeto, yo nunca vi al personaje de Conan Doyle en los 45 minutos de episodio. Sencillamente no estaba allí. Cualquier persona que haya leído un par de novelas o algunos relatos cortos sobre Holmes sabe que hay poquísimo de éste personaje en Elementary. Cosas básicas, mínimas, leves. Creo que hay más de Sherlock Holmes en Gregory House que en éste. Lo más triste es que al parecer hicieron lo que tanto me temía y que mencioné en un post anterior: poner a un investigador a realizar deducciones increíbles en una escena del crimen no te hace ser Sherlock Holmes; te hace ser sólo un investigador sacando deducciones increíbles en una escena del crimen, y punto. Eso es lo que yo veo en la serie, la diferencia es que creo que ni siquiera las deducciones son increíbles.

¿Por qué no hacer una serie en el que el protagonista tuviera un nombre (¡cualquier nombre!) y cuyos conocidos o policías llamaran —mitad en broma, mitad en serio— Sherlock Holmes, por sus grandes dotes de deducción? Habría funcionado mejor, creo yo. Y de paso se dejaría algo de lado la polémica. Pero no, parece que el objetivo de la cadena era en verdad encender esa polémica, parece que incluso lo sentían necesario.

Lo que el programa nos presenta es una persona con un don estupendo y que por una razón aun desconocida recaen en las drogas... ¡pero Holmes no está allí! Holmes es mucho más que eso. Le han quitado la esencia a un personaje increíble, raro y hasta cierto punto excéntrico (de hecho, algo de su personalidad muere cuando Sherlock dice que practica el sexo porque es necesario para que su cerebro funcione... ¡no me jodas! ¿era necesario hacer eso?). Si no van a respetar la personalidad de un personaje tan clásico como este (y su personalidad no es su capacidad deductiva y su adición) para qué tomar su nombre entonces. Y creo que vale la pena señalar que en este episodio quién da el golpe definitivo es Watson (con lo del arroz); el gran Sherlock Holmes pasa por alto un dato importantísimo. Quizá los creadores quisieron mostrar que Joan es inteligente pero con ello le dieron un zape tremendo a la inteligencia del increíble consultor.

Eso sí, hay que otorgarle a Elementary el beneficio de la duda. Es el primer episodio. Muchas veces el piloto suele ser el menos interesante de todos y también el de más baja calidad. Valdría la pena ver un segundo episodio y entonces juzgar desde una perspectiva donde haya más material, pero si lo que nos han ofrecido en este caso es una copia de lo que ofrecerán después dudo mucho que la gente en verdad se quede a seguir cada semana a estos dos (¿vieron los promos de 4 minutos? Eso es lo más interesante de todo el episodio). Hay que reconocer que la dinámica de hombre/mujer resolviendo crímenes es algo bastante normal por lo que ya se ha visto hasta el hartazgo, y si no enseñan algo de originalidad no le veo más de una temporada a esto antes de que los televidentes lo manden al rincón del divino olvido.

En resumen: típica serie estadounidense procedimental detectivesca con el nombre de dos famosos personajes de la literatura inglesa y con un episodio piloto, no malo, pero sí bastante regular. Dudo mucho que a los fans recalcitrantes de Sherlock Holmes les vaya a gustar y quizá —sólo quizá— a la audiencia de EUA (a la que jamás le entiendo los gustos) le resulte algo entretenida como para crearse un publico estable y semanal. Ya veremos cómo le va en el futuro.
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