13 jun. 2012

México: 1° de julio del 2012.

Al no decidir qué clase de imagen poner aquí he optado por incluir este texto de #YoSoyUno
FUENTEfacebook/yoquierounmundomejor

México está cansado. Exhausto. Agotado. México se tambalea entre la cordura y el delirio. Entre los que recuerdan todo y los que hace mucho perdieron la capacidad de la memoria. México está harto. Lleva décadas enteras buscando respuestas a incertidumbres que en lugar de desvanecerse crecen a un nivel exorbitante. Somos la nación que se rindió cuando apenas supo que podía aspirar a algo diferente. El país que tuvo la oportunidad de probar un terreno distinto y desistió, presa del miedo, ante ese nuevo escenario que se develaba ante nosotros. 

México, el país cobarde. El país del miedo. El país del por lo menos. La nación que sigue aferrada a la falsa creencia que sentencia sin reservas que en el pasado siempre se vivía mejor. 

Cuentan algunos historiadores que cuando estalló la supuesta revolución mexicana —y con ella las masacres, las batallas, las violaciones y los saqueos de parte de los que luego se jactaron de ser caudillos defensores de la democracia—, la gente común, la gente normal, la que nada debía y todo temía, empezó a añorar la paz de los sepulcros, aquella que con mano dura implementó el general Porfirio Díaz durante sus más de 30 años de mandato. Algo parecido sucede hoy.

México buscó un camino distinto en el año 2000 y por primera vez en mucho tiempo empezó a creer en el poder de la democracia. Poco importó por quién se había votado, el simple hecho de saber que no habían ganado los mismos le dio al país una inyección de autoestima y esperanza. Doce años después de aquella hazaña la dura realidad golpea el rostro de la gente. Los cambios no siempre son buenos. No totalmente buenos. México siente que se equivocó. No una vez, sino dos. Apostó a algo diferente y las dos veces recibió una respuesta que se escapaba a la que muchos habían imaginado en el pasado. Este no es el México con el que soñamos, dicen ahora cabizbajos. 

Hoy nos sentimos asqueados, estrujados, estafados. Pedimos una caricia y nos dieron un golpe en el estómago. Pedimos paz y mandaron soldados a las calles. Pedimos libertad de expresión y ahora vivimos en un país donde decir la verdad te puede costar la vida. Allí están como ejemplos decenas de periodistas asesinados. Allí están sus cuerpos, sus tumbas y sus sueños. 

Los resultados fueron indeseados y México, el eterno perdedor, decepcionado hasta de su propia sombra, ya no desea buscar una tercera opción. Prefiere dar un giro de 180° grados y regresar al pasado más profundo y distante. A los que en el pasado gobernaron con el dedo y se rieron del voto ciudadano. Los que ahora juran que ya no son los mismos de esos oscuros años. El México del siglo XXI añora la otra paz de los sepulcros. Allí nos sentimos más seguros porque conocemos cada palmo de la mano que durante tanto tiempo nos golpeó. 

México, el país desmemoriado. Aferrado a una historia que lleva por bandera la ficción. El país que recuerda lo que le conviene y olvida lo que duele. Una nación que reconoce sus virtudes y minimiza sus defectos. Que presume sus bellezas pero se esconde de sus propios errores. Que venera sus virtudes pero oculta su cabeza ante los problemas. Capaz de convertir a los demonios del pasado en presidentes y depositar en ellos lo que debe de recaer en los ciudadanos. México, el eterno conformista; podríamos aspirar a otra cosa pero para qué arriesgarse si podemos obtener resultados indeseados. Para qué intentarlo, si ya fracasamos demasiadas veces. 

El país que camina, pero no avanza. Que sabe —muy a su pesar— que algo está haciendo mal pero no atina a saber qué. Deseoso de limpiar el polvo del mueble sin saber que es la madera la que está podrida. Desesperado de buscar por encima de otros las soluciones, sin saber que es en lo profundo de nosotros donde radica el verdadero cambio. 

Hemos creado mesías políticos en lugar de candidatos; bálsamos presidenciables que nos saquen de la porquería en la que estamos metidos porque tenemos miedo que no podamos salir por nuestra cuenta. Pan y circo para el pueblo. Telenovela de tres pesos con protagonistas con carisma pero sin talento. Candidatos que prometen y prometen aunque bien saben que poca cosa podrán cumplir. Porque ellos entienden que la democracia no es eso. La democracia no termina cuando depositas tu voto en las urnas. La democracia requiere a ciudadanos activos, vivaces, exigentes, críticos. Que te señalen a ti, político corrupto, si cometes un delito. O a ti, diputado del congreso, que apenas te sientas en el curul y te olvidas de tu pueblo. A ti, empresario monopólico, que abusas sin reparo en ciudadanos que callan, se resignan y obedecen. O a ti, juez insensible, que no te tiembla el pulso al dar una sentencia errónea por tal de acallar unas voces. O a ti, gobernador incompetente, que en lugar de asumir tus errores culpas de todos tus problemas al que te antecedió en el puesto. O a ti, ciudadano mexicano, que vendes sustancias ilegales a los niños de la escuela de tu barrio. 

Una democracia pasiva es una falsa democracia. Un sistema de gobierno mal entendido. Como tenemos un sistema representativo creemos que nuestro trabajo termina donde empieza el del presidente y el de los diputados y senadores. Una vez elegidos, nosotros nos retraemos e hibernamos hasta las próximas elecciones. Entonces allí sacamos de nueva cuenta uñas y dientes; para defender a capa y espada a un candidato que apenas sabe que existes. Que apenas comprende tus problemas. Que cuando se baja del pódium sólo lo hace para tomarse la foto con el pobre campesino, con el indígena marginado; para cargar niños y besar ancianas. Para concluir con eso parte de la ardua tarea del rigor político. Acercarse a su pueblo antes de subir a su auto blindado y cobrar el cheque. 

En una nación con tantos problemas como la nuestra la pasividad no sirve. La conformidad tampoco. Un pueblo que no exige a sus gobernantes es un pueblo dormido. Contagiado con el letargo que durante tantos años nos han inculcado. Callamos antes de exigir. Enaltecemos a héroes muertos, rogando que revivan para que nos rescaten del barco a la deriva que se hunde sin reparo. 

País de contrastes. País surrealista. Donde en un debate presidencial brilla más una edecán que una propuesta. Donde los candidatos están a la altura de la mayoría de los ciudadanos, pero no lo suficientemente grandes como para afrontar las adversidades de la patria. Allí están todos y cada uno de ellos, cada quién con sus defectos y sus imperfecciones; cada quien con sus aliados y sus enemigos. Allí está la candidata que se dice diferente y que lucha por las mujeres mientras las mujeres miran y suspiran por el niño bonito del partido contrario. Allí está el candidato de la izquierda; presidente legítimo de su república amorosa que se ha reelegido aun cuando nos rige una constitución donde tal cosa no se permite. Allí está el perrito faldero de la maestra Gordillo, pilar visible de una educación mediocre, corrupta y anticuada. 

País individualista, donde se vota por el candidato o el partido que te beneficia únicamente a ti olvidándote que compartes este país con 120 millones de personas (50 millones de ellos en el umbral de la pobreza). Nación donde pocos, MUY POCOS, procuran destapar lo bueno y lo malo de un candidato, ponerlo en la balanza y ser realistas antes que utópicos y ridículamente superficiales. Donde los derechos humanos no son importantes para ti mientras no sea tu hija la violada o tu niño el asesinado. 

País totalitario a la mexicana. Irracional. Nación partidista. Donde no existe un punto neutro en que se puedan debatir ideas sin que sientas que se te está atacando a ti cuando solamente se cuestiona la moralidad y la ética de un candidato. Donde sólo miras el color de tu partido político mientras aplastas y humillas al resto. Donde tachas de estúpidos y huevones aquellos que piden un cambio en el sistema mientras reciben otra bófeta en el rostro. 

Criticar no es sinónimo de odio siempre y cuando se critique con el corazón. Porque todos los países tienen defectos y mientras no haya alguien que los señale no habrá nadie que intente superarlos. Somos una nación joven cuyo rumbo es a todas luces desconocido. Caminamos, pero no sabemos exactamente hacia dónde vamos. 

México no es un estado fallido, es un país cansado; algo adormecido; algo aletargado; pero no todo está perdido, México también es un país libre y aunque es triste ver cómo a muchos les duele esa libertad, el rumor de miles y miles de personas (quizá millones) no se puede detener ni acallar gracias a sus golpes y a sus insultos. Jóvenes y no tan jóvenes, de todas las ciudades de México, de todos los puntos cardinales levantan sus voz exigiendo a los poderosos que no sean tan sinvergüenzas; que no idioticen a las masas como lo han estado haciendo durante tantos años. Para muchos mexicanos criados así, en la ignorancia, el 2 de octubre de 1968 sólo fue un día soleado, como muchos otros días soleados en que la dignidad de muchos quedó aplastada sobre el asfalto; algunas veces manchado de sangre.

El próximo primero de Julio iré a las urnas a depositar un voto que jamás pensé que me haría dudar tanto. Será la primera vez que participe en elecciones federales y quiero hacerlo —¡en verdad quiero hacerlo!—, pero el panorama que encuentro es desolador. Sonará pesimista —quizá lo sea— pero el escenario que se dibuja frente a mí es el de una nación que desea regresar al viejo sistema. No son todos, pero sí son muchos. Suficientes como para regresar al poder a aquellos que jamás deberían hacerlo. 

Otro error terrible de México, infame, es creer —ingenuamente— que un presidente podrá salvarnos de la mediocridad en la que estamos; o arreglar lo que el anterior presidente hizo mal. El problema con México es que no entendemos el concepto de democracia; la figura paternalista que el viejo partido implementó nos hace mirar a la cara visible de un gobierno para que repare todo lo que nosotros mismos, como ciudadanos, hacemos mal. Buscamos en él la solución definitiva a todos nuestros problemas cuando jamás la vamos a encontrar allí.

El cambio radical que necesitamos como nación no la encontraremos en un partido político, ni en sus candidatos, mucho menos en cada elección; el cambio verdadero está en uno y mientras no intentemos dar un paso diferente al que ya hemos dado seguiremos cometiendo los mismo tropiezos y golpeándonos con la misma piedra una y otra vez, culpando en el proceso a otros por nuestra creciente mediocridad. México no mejorará con ningún presidente ni con ningún sistema de gobierno si no deciden sus ciudadanos mejorar. Uno por uno. Paso a paso. ¿Necesitamos un gobierno autoritario que nos trate como esclavos para ver cuál es nuestro papel en esta historia? No lo creo. Podemos (y debemos) comprobar que somos mejores que cualquiera que intente doblegarnos.

México somos todos y cada uno de los que vivimos en este territorio. No es sólo un presidente, ni un partido político. México no es un personaje. México es una mole de más de 100 millones de seres humanos;  imperfectos y soñadores. Exigentes cuando nos lo proponemos. No todo está perdido y no todo está escrito; somos una nación que sigue viva a pesar de todos los horrores por los que hemos pasado. Malo sería que nos rindiéramos; malo sería que nos resignáramos eternamente a nuestra suerte y culpáramos a un destino escrito pero invisible todo lo que nos duele. Somos más que eso, somos más que simples quejas y vagos caprichos. México es más que sólo corrupción y avaricia. México es mil veces más grande que cualquier otra nación que tenga pensado derrumbarnos.

Aun tengo miles de dudas en mi cabeza. Aun no sé qué escenario encontraré el próximo 1° de Julio aunque ya podemos intuir lo que vendrá. Cuando aquel día termine y México amanezca con un nuevo presidente valdría la pena recordar que el cambio que necesitamos está en nosotros, no en él. Que no podemos depositar todas nuestras esperanzas en un sólo ser humano. Que no podemos rehuir de nuestro pasado si no somos capaces de mirar al presente y enfrentarlo. Necesitamos despertar, salir del laberinto y observar la puerta que conduce no solo a la verdad sino a la icónica esperanza, que paciente y atenta espera nuestro avance. :)   

4 jun. 2012

El juicio de Old Drum (El mejor amigo del hombre).

Memorial de Old Drum con el discurso de Graham Vest.
[Fuente]
Cuando la Guerra Civil terminó George Graham Vest (político y abogado estadounidense) regresó al condado de Pettis —en el estado de Missuri— donde había vivido durante una temporada y empezó a ejercer la abogacía de nueva cuenta; profesión que había dejado de lado después de ofrecer sus servicios como fiscal y juez para las fuerzas confederadas de su estado en 1862. 

Ocho años después de su regreso, el 23 de septiembre de 1870, Graham Vest fue contratado para representar al señor Charles Burden, dueño de un perro Foxhound llamado Old Drum (Viejo Barril) quién supuestamente había sido asesinado por su propio cuñado, de nombre Leonidas Hornsby. 

Burden y el hermano de su esposa eran vecinos. Ambos vivían en los campos de Missuri y se dedicaban a la ganadería y a la agricultura. El cuñado de Burden tenía tiempo sentenciando que cualquier perro que cruzara su propiedad sería asesinado, argumentando que varios de sus animales de granja estaban siendo cazados por los perros maleducados de los otros granjeros. Burden inició una demanda contra su propio familiar político y pedía como reparación de daños una indemnización de $50 dólares (la cantidad máxima permitida por ley en aquel entonces para un caso así). 

Durante el juicio de Old Drum, George Graham Vest aseguró —mitad en broma, mitad en serio— que ganaría el juicio y que si no lo hacía, él personalmente se disculparía con cada uno de los perros que habitaban el estado de Missuri. Cuando llegó el turno de Graham Vest de hablar frente a los miembros del jurado, en la recta final del juicio, éste no reparó en las declaraciones hechas por los testigos ni trató de convencer al jurado de la culpabilidad del cuñado de Burden (era lógico que él era el asesino y que lo había hecho conscientemente), a cambio de eso Graham Vest (reconocido por sus grandes dotes de oratoria) declamaría frente al jurado un discurso que posteriormente sería reconocido como Elogio al perro del cual sólo se conserva un extracto pequeño pero cuyo contenido quedaría en la memoria de aquellos que en su momento lo presenciaron. Obviamente él ganó el juicio.

Caballeros del jurado: el mejor amigo que un hombre tiene en este mundo puede convertirse en su peor enemigo. Su hija o su hijo a quien usted ha criado con amor puede ser mal agradecido. Aquellas personas a las que apreciamos con el corazón, a las que confiamos nuestra felicidad y nuestro nombre pueden convertirse en traidores. El dinero que poseemos podemos perderlo cuando más necesitemos de él. Nuestra reputación puede perderse en el vació en un momento de humillación o debilidad. Las personas que se arrodillan en nuestro honor cuando triunfamos son a veces las primeras en tirar piedras cuando la fatalidad nos rodea. 

Pero el mejor amigo que un hombre tiene en este mundo egoísta, el que nunca te traicionará ni te abandonará; el único que jamás te negará ni te humillará, es el perro. Estará contigo en la prosperidad y en la pobreza, en la salud y en la enfermedad. Dormirá en el piso frío en donde soplan vientos gélidos por tal de estar al lado de su dueño. Besará la mano al que no le ofrezca comida. Lamerá heridas que se le forman por la dureza del mundo. Cuidará el sueño de su amo como si fuera un príncipe. 

Y si por cosas de la vida la desgracia deja a su dueño sin amigos y sin casa el perro fiel no pide más privilegio que el de acompañarlo en su dolor y protegerlo de sus enemigos. Y cuando llega la última escena, y la muerte abraza a su dueño, y su cuerpo yace en el frío pavimento, no importa si todos sus amigos en vida se han ido porque allí, junto a su tumba, se encontrará su noble perro. Con la cola entre las patas, la cabeza gacha, los ojos tristes pero abiertos en vigilancia. Leal y verdadero, incluso en la muerte. 

Vest vertió en palabras lo que todo dueño de perro conoce en sentimiento. La fidelidad de esos ángeles con capas y capas de pelo; la lealtad y el amor antes que la traición o el odio. La bondad de su mirada, la nobleza de su corazón, la ternura de sus lengüetazos. No hay perros malos, sólo hay dueños que no supieron educarlos. Que no entendieron qué hacer con tanta energía y amor. El discurso de Vest (lo que se conserva de él) es una elegía; una dulce melodía triste al perro asesinado. Un último homenaje a la vida que fue cegada por el odio. Es un himno pequeñito, efímero; dedicado a este y todos los perros del mundo. A los que murieron en paz y a los que sufrieron un roce de muerte por parte de la mano del hombre. Es un recordatorio de por qué esos peludos son nuestros amigos a pesar de las adversidades, de por qué están con nosotros cuando parece que todo lo tenemos en contra. Es un discurso escrito con el corazón de quien también comparte ese sentimiento. Un sentimiento que todo el mundo debería de conocer.

Leales y verdaderos siempre, hasta su último aliento, hasta el último respiro de vida. Protectores de tus sueños y de tus sombras. De tus alegrías y de tus preocupaciónes. Eternos custodios de tu bienestar; héroes de cuatro patas y rabo alegre. No te piden nada a cambio después de dártelo todo. Así son ellos, desde el más diminuto Chihuahua hasta el más imponente Gran Danés. Lobos domesticados con la bondad y la alegría por bandera. Así es el mejor amigo del hombre, así lo ha sido y quizá siempre lo será. Al fin y al cabo nos unen miles de años de historia compartida y lealtad a toda prueba. Es, como alguien dijo por allí, el mejor trato jamás logrado por el hombre.

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Fuente: 1, 2 y 3