13 ago. 2013

Umi y Maru: entre nómadas y egipcios.

Umi y Maru (enero del 2012).
Esta mañana Maru me dio tres golpes en la cabeza con su pata. TRES. Tenía las patas traseras apoyadas en mi cama y las delanteras se dividían entre el pasamano de mi silla y la difícil tarea de golpearme la cabeza. Yo intentaba concentrarme en la pantalla de la laptop; revisando el correo electrónico, las páginas de los periódicos locales, las noticias internacionales. Facebook en una pestaña, Twitter en otra. Miré de reojo a Maru pero pretendí ignorarlo; mi gato, por su parte, estiraba su cuello exageradamente, como si pretendiera ver la octava maravilla del mundo o Godzilla emergiendo de mi cráneo.

Me golpeó por cuarta vez. Fue un movimiento ninja, a la velocidad de la luz; duro y certero. De esos que no ves venir ni en los cálculos matemáticos más optimistas. Le dirigí una mirada asesina, una de esas que vierten toneladas de decepción y finísimo dolor en lo más profundo del subconsciente humano.  

—¡¿QUÉ.DEMONIOS.PASA.CONTIGO?! —le gruñí entre dientes.

Se lo dije así, con todos los signos de exclamación, interrogación y puntos intermedios permitidos en el mundo de la gramática; con todas las pausas debidas y el silencio de suspenso entre cada palabra. Ésta vez sí lo encaré, le miré de frente y le repetí la pregunta (¿de verdad creemos que las mascotas algún día nos responderán en el mismo idioma?), pero Maru no me veía. Tenía la mirada perdida en algún punto muerto entre mi frente y mi cabeza. Cuando me giré para interrogarlo su carita se llenó de un inmenso asombro; sus pupilas se dilataron a un más y su boquita se abrió como expresando un ¡Oh! silencioso.

—¿Qué? —le pregunté con sequedad tocándome la frente con la mano, un poco preocupada por su actitud—. ¿Tengo el número del anticristo tatuado en la frente o qué rollo?

Maru sólo movió su carita de espanto de un lado a otro, tratando de mirar aquello que ahora estaba tapado por la palma de mi mano. Lo cierto era que yo no sentía nada en la frente. Todo liso, nada extraño. Aun así no me quedé con la duda, fui al cuarto de baño y me miré en el espejo. Además de las marcas rojizas en la piel, producto de la agresión de mi gato, no había nada más.

—Estás loco —sentencié cuando regresé a mi habitación.

Continué con mi vida, él continuó con la suya y cuando menos lo pensé ¡UN QUINTO GOLPE! Apenas me giré y lo tenía a mi lado, con la misma expresión de antes y una de las patitas delanteras suspendida en el aíre, preparada para lanzar un sexto ataque ninja.

—¡Deja de hacerme bullying! ¡No tengo nada en la cabeza, mira! —agité todo mi cabello y le ofrecí mi cabeza para que se percatara de que nada raro había en ella, con la vana esperanza de que no me golpeara otra vez. Pero ya no lo hizo. En lugar de eso su mirada parecía danzar siguiendo una misma línea alrededor de la habitación y finalmente se ubicó en Umi, mi perrita. Maru brincó de la cama y rápidamente se dirigió a ella... Y la golpeó. Tal y como lo había hecho conmigo.

Tardé otros 35 minutos en percatarme de que, aquello que lo entretenía, era un simple bobo, uno de esos insectos diminutos que se la pasan volando en círculos alrededor de focos, lámparas, personas o animales; como lunas errantes de planetas distantes. Al final no supe cuántos golpes recibió Umi pero cuando Maru se aburrió le dio media vuelta al mundo, se subió a mi cama y se durmió.
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A veces me pregunto si mi gato sabrá que soy persona; que tengo sentimientos y que voy por la vida pensando en el bienestar de la gente, dándole de comer a animales que no son míos y construyendo mundos imaginarios en mi mente. Pero de verdad dudo que lo entienda, y si lo entiende, aquello le resulta totalmente indiferente. Incluso cursi y absurdo.

Miro a Umi, lo miro a él y a veces los comparo (¡craso error!), sólo para descubrir que son diferentes hasta en la sombra. La ternura de Umi, la soberbia de Maru. Los ladridos de ella, los maullidos de él. Umi no ataca a los gatos y Maru quiere jugar con todos los perros del vecindario. Tienen complejos de animales que no son y no sé cómo decirle a ellos que las circunstancias los hizo distintos al restoUn día lo intenté, pero creo que fracasé. Más bien una noche. (Una madrugada, de hecho). Aun no lo tengo muy claro.

—Resulta que a tus ancestros los domesticaron para que cazaran roedores —le dije con sabiduría a Maru. —Y a tus ancestros para que ayudaran a los primeros hombres a cazar en manadas a animales pesados y peligrosos —le mencioné a Umi.

Maru dio un bostezo grande y aburrido. Se durmió. Umi me pidió un palito de carnaza. Mientras abría el bote de los palitos, y teniendo toda la atención de mi perrita, seguí contando la conclusión final mi cuento. O fábula. O lo que sea que aquello haya sido.

—El premio que los gatos recibían era el animal mismo que cazaban, Umi. No había necesidad de compartirlo. ¿Cazabas un ratón? Comías un ratón, ¿cazabas dos? Comías dos, y así. Pero la cosa no acababa ahí, creo que los egipcios hasta les daban leche. Y palacios. Y grandes edificaciones con estatuas de oro. Y salmón. Y cosas bonitas como esas. Eran mejor que emperadores. Eran como dioses en forma de felinos. Finos y suaves. Elegantes incluso para matar y para exterminar plagas.

Le di a elegir a Umi entre un palito de pollo o uno de res. Escogió el de res y comenzó a masticarlo moviendo el rabo con alegría.

—Ustedes no —continué mientras cerraba el bote y me sentaba en un costado de mi cama—. El lobo domesticado sólo recibía las sobras. Las entrañas de los animales muertos que los hombres no querían, la carne podrida o dañada, los huesos.

Umi levantó la cabeza cuando pronuncié la palabra huesos y movió sus orejas dándome a entender que reconocía aquel sonido.

—Huesos de carnaza no. Huesos grandes y duros; feos. Llenos de sangre y grasa —le especifiqué—.  Y aun así, ustedes se quedaron con nosotros. Ahí, en la intemperie, afuera de las cuevas; soportando gélidos vientos de invierno y calurosas oleadas de verano —Umi me miró intrigada, como si entendiera mis palabras—. No hubo palacios para ustedes, ni esfinges, ni un cuenco de leche tibia esperando entre las esquinas y los pilares de piedra y mármol. No hubo figuras de oro moldeadas con sus perfiles. Ni salmón, ni nada —la mirada de Umi se oscureció un poco; la mía también—. Quizá una caricia de vez en cuando de la mano encallada de algún nómada, o un pedacito más de carne y grasa del último animal cazado. Tal vez un trozo de trapo delgado para protegerse de alguna tormenta de nieve, o un recipiente con agua sucia del río pasado. Quizá un rinconcito chiquito al lado de la fogata recién nacida. O una palmadita en el lomo y el susurro de un buen trabajo pronunciado en lenguas muertas hace siglos. Sólo eso.

Umi fue y se echó a un metro de mi cama, aun con las orejillas alertas escuchando mis palabras. Maru dormía plácidamente en el colchón, a un lado mío.

—¿Qué nos dieron ustedes a cambio? —pregunté—. Nos dieron todo. El gato no, Umi. El gato dio sólo lo que quiso. Jamás cedió su dignidad ni un ápice de más de lo que quería. Los perros se adaptaron a nosotros y nosotros nos adaptamos a los gatos. Ustedes y nosotros en manadas, ellos de forma independiente. ¿Cómo vas a explorar el mundo, Umi? ¿Acaso no giras tu mirada hacia mí más de una vez cuando sales a la calle y me pides en silencio que te acompañe? ¿Alguna vez has visto a Maru hacer eso? ¿Girarse para pedirme permiso, para acompañarle a su misión, para cazar en manadas? Jamás. Ellos no piden permiso. No cazan en manadas. No nos necesitan para eso. Nos necesitan para otras cosas. Para darles un techo cuando tengan frío. Para abrirles las ventanas cuando se quieran salir. Para avisarles que hay un ratón merodeando en la cocina. Para ayudarles a escalar árboles peligrosos y llamar a los bomberos cuando no puedan bajar de ahí. Para cambiarles el arenero y escucharlos ronronear cuando se sientan felices, cosas como esas... Así que, Boboma, piensa en eso antes de dormir. Ustedes dos son muy diferentes, ¿lo ves? Aunque él haya crecido contigo sigue siendo 100% gato, en actitud y todo.

Yo me callo. Umi se duerme.

¡Tan diferentes! Y aun así, tan extraordinarios. De vez en cuando regreso al pasado y miro las primeras fotografías de Umi y Maru juntos. Lo que significó para ambos haberlos reunido en momentos tan difíciles como los que estaban viviendo. Umi necesitaba compañía después de la traumática muerte de su hermano. Maru necesitaba una mamá. Ella de 9 años. Él de 4 semanas. Cuánto ha pasado desde entonces. Cuántos ladridos y cuántos maullidos. Arañazos y lengüetazos por igual.

—Como dijo alguien por ahí, Umi —añadí a pesar de que mi perrita tenía el cansancio dibujado en el rostro—: con ustedes hicimos el mejor trato jamás logrado por el hombre.

—Y en cambio ustedes los gatos… —me tumbé sobre la cama y me volteé para mirar a Maru— podrían ser el mejor amigo del hombre, pero nunca se dignarían en reconocerlo.

Maru ni se inmutó. Su perfil felino se dibujaba tranquilo en la sombra que golpeaba la pared de mi habitación. Como una pantera en reposo. Como un bebé león. Como el imponente tigre de William Blake, pensé. Comencé a acariciarle el contorno de su carita y recité la primera estrofa de aquel viejo poema del intelectual inglés.

Tigre, tigre que destellas, en los bosques de la noche, ¿qué mano u ojo inmortal podría reproducir tu temible simetría?

Esta vez Maru si reaccionó, con su excelentísimo porte (es sarcasmo) se estiró todo lo que pudo, bostezó con pereza, utilizó sus dos patitas delanteras para tallarse la carita con una flojera digna de cualquier postal, mientras se hacía bolita sobre sí mismo sólo para esconder su cabeza entre su pecho y sus patas. 

Finísimo, pensé. Y continuó durmiendo. Umi se a acostar su camita y la madrugada se convertía en absoluto silencio.


Umi y Maru, verano del 2012.

11 ago. 2013

Una elegía para Dante...

Dante, poco después de llegar a casa.
Dante, mi laptop, se está muriendo. No es una novedad, básicamente se está muriendo desde un par de meses después de que la compré. Mi terrible error fue jamás hacer uso de la garantía y hoy sufro las consecuencias de mi error.

Ahora, mirando al pasando, observando todo con más atención, recuerdo cuánto la quise y todo lo que luché para obtenerla. Me levantaba todos los días pensando en cómo sería tener mi propia laptop, imaginaba lo que podía llegar a guardar en su disco duro, los wallpapers que tendría de fondo, las canciones en la carpeta de Música; los videos, las fotos, los programas de edición, los juegos. Cuántas palabras brotarían de ella. Cuántos post serían publicados en mi blog surgidos de ahí, de mi laptop.

Su nombre surgió en el calor de la primavera, una noche calurosa y con olor a cerveza del expendio donde trabajaba; entre mi escritorio y la pantalla de la PC que brillaba al compás de los mensajes que salían del difunto MSN. Dante brotó de la mente de Sarai, la hermana colombiana que le ha dado nombre a estufas, neveras, teléfonos celulares y gatos. Me lo sugirió después de decirle que me estaba gustando bastante La Divina Comedia, cuya edición condensada de pasta dura reposaba entre abierta al lado izquierdo del mouse. Y de repente mi laptop, la que aun estaba en las fábricas de Dell, la que aun no estaba ensamblada ni tenía carátula, tenía nombre. Un nombre fuerte, duro, clásico, culto. El nombre de aquel que descendió a los oscuros círculos del Infierno y se catapultó hasta el Paraíso sin saltarse el Purgatorio. Y de inmediato se convirtió en el nombre más perfecto del mundo. Y todo tenía sentido. Y el mundo sabía más bonito. Y el calor no era tan empalagoso  y tosco. Y el mundo sobrio resultaba tolerable y la gente ebria también.

Tuvieron que pasar un par de semanas antes de que Dante llegara a casa, con su impecable caja de cartón y cubierto de unicel. Aun recuerdo la emoción que sentí al abrirlo y el escalofrío que me recorrió el cuerpo cuando lo encendí por primera vez. Él tan Linux y todo los demás tan Microsoft. Diferente hasta en el sistema operativo. Diferente a todo. Y entonces sentí que todo valió la pena. Cada sacrificio que hice para tenerlo cobró sentido. Los seis días de trabajo a la semana, las jornadas de 11 a 16 horas, las desveladas los fines de semana hasta las dos de la madrugada, las horas extras, el aburrimiento mortal, los insultos de los borrachos, la coquetería absurda de los sobrios, la tonta pregunta de ¿cuál cerveza es mejor? Todo valió la pena.

No han pasado muchos años desde que Dante llegó. Me ha regalado infinidad de alegrías —y quizá la misma cantidad de decepciones— y aun así lo adoro. Así, en su agonía. Ahora le miro quedarse trabado; le tomó el tiempo que tarda en encender (15 minutos), recorro la lentitud de su puntero, recorro las teclas gastadas pero totalmente legibles (sí, lo mejor de él, es el teclado), escucho la pésima calidad de sus bocinas, las ranuras de USB y el DVD que ya no funcionan, la webcam que nunca he usado, la superficie negra con sus líneas grises… Y el ventilador interno, ya descompuesto, ruge mientras lo observo.

Dante se apaga sin permiso, con tristeza bajo la pantalla de la laptop por tercera vez en dos horas y el aire de Virgilio, el abanico externo —el eterno compañero del Infierno, el maestro del Purgatorio—, me regala una ráfaga de aire puro y fresco y me pregunta cuándo será el día en que Dante dé el último aliento, cuándo será el momento en que quedará ahí, sin vida; y cuál será la última palabra que escribiré mientras se muere.

Cuánto lo extrañaré. No quiero ni pensarlo.

El otro día mi hermano me miró observándolo, con la cara embobada en la pantalla negra que se acaba de oscurecer por culpa del calor abrasador del verano escuinapense.

—¿Se apagó otra vez? —me preguntó con la boca llena de Rancheritos.

—Sí. Se está muriendo —le contesté con sequedad y tristeza—. Y toda mi inspiración se morirá con él, ya verás.

—Consigue otra —me dijo, encogiéndose de hombros, sin ningún atisbo de sensibilidad en la voz. Nunca tuve tantas ganas de estrellarle unos Rancheritos en la cara como aquel día. Como si las laptops cayeran del cielo y se pudiera comprar una en cada esquina—. Vende la que tienes y consigue otra. Y a la nueva también le pones Dante —corrigió rápidamente al comprobar la ira que se escondía en mi mirada.

—¡Pero no va a ser Dante! —le insistí— Dante es único e irremplazable. Dante es TODO el paquete.  

—No —me dijo desafiante—. Dante no es todo el paquete. Dante es lo que trae dentro. Para que me entiendas, el hardware es el cuerpo, el software es el alma. Haz un trasplante de alma. Respalda el software en DVD o un disco extraíble, consigue una laptop nueva y voilà, Dante seguirá siendo Dante en un cuerpo diferente. Si a Aiko (su netbook) le pasara eso, yo haría lo mismo.

No es broma si les digo que su observación tenía sentido. Luego me dio un ejemplo de Neon Genesis Evangelion y los EVA’s, pero me saltaré esa parte porque muchos no lo entenderían. Fue un buen consejo ¿saben? El mejor que te puede dar un estudiante asocial universitario de Informática cuyo mejor amigo es, precisamente, una computadora portátil que también está fallando.

Lo cierto es que, para que yo pueda comprar una laptop, tendrán que pasar un par de años. Necesito pagar deudas, necesito lentes, necesito, ropa, necesito tenis, necesito un disco duro externo, necesito tantas y tantas cosas y la laptop está hasta abajo, hasta el último escalón. Y, por lo pronto, me quedaré mirando a Dante. A disfrutar los 20 minutos que dura encendido los días de verano.

Extrañaré las teclas suaves al teclear y los botoncitos azules que se iluminan en el costado izquierdo. Extrañaré su mouse negro y su mega pantalla de 15’ pulgadas. Es gigante, me dicen quienes la ven; es perfecta, digo yo. En ninguna laptop las palabras brotan de mi mente de una forma tan espontanea como en esta. Eso que, lo que escribo, lo puede ver hasta el vecino de enfrente, pero es algo que me tiene sin cuidado. Ahora sólo la utilizo para escribir, y sólo por las noches, para evitar que se apague. Hace muchos meses que dejé de usar los exploradores de Internet aquí, hace muchos soles que ya no reproduce videos, ni escucho música, ni grabo discos, ni descargo juegos. Hace tantos días que dejó de ser lo que fue en sus primeros meses de vida, pero aquí sigue, sufriendo y luchando. Con la cabeza brillante en alto, con el recuerdo de las aventuras vividas juntos y con las palabras escritas en hojas digitales de pixeles diminutos. Antes de apagarla —cuando tengo la oportunidad de hacerlo— siempre le digo lo mismo: Cuando te vayas, te echaré de menos, amigo.

7 ago. 2013

Que muera el verano, que venga el invierno y así...

Con ganas de comprar una silla
así e hibernar hasta noviembre.
Me gustaría escribir un post mega profundo aquí mismo y contar varias cosillas que de verdad me interesan pero ¿saben qué? Estoy hasta el tope del verano y deseo de todo corazón que se muera ya. He intentado durante un mes escribir, pero el clima me parece detestable, mi intolerancia hacia todo sube a niveles alarmantes y mi inspiración se bloquea completamente así que… me rindo.

Nada de post hasta el otoño; hasta que empiece a refrescar y las hojas se caigan de los árboles y la pesadez de la gente ahí afuera no sea tan fuerte, y yo pueda tener un horario más respetable para escribir, y los pajarillos vayan a hibernar (¿los pájaros hibernan?) y el recibo de la luz no llegue tan caro. Hasta entonces regresaré.

Por eso no me gustaría dedicarme a la escritura, como profesión, porque soy muy mala para escribir cuando el clima es pésimo y tengo mil ideas rondando mi cabeza pero no puedo verterlas en palabras porque todo apesta y todo es pegajoso y el ventilador sólo escupe aire caliente y dos litros de agua al día no logran saciar la sed y el sol quema el asfalto y la gente se pone de mal humor y yo tengo que atenderlos con la cara más neutral y el tono más paciente del mundo y al llegar a casa sólo quiero olvidarme del mundo, su verano y el pésimo humor de la gente (incluyendo el mío).

Umi, mi perrita, tiene calor y se desespera; siente que se asfixia. Maru está enojado porque le cortaron el pasto de Narnia y no le avisaron. Se ha negado a ir a cazar desde entonteces. Y las luciérnagas que poblaban el lote baldío de enseguida se fueron a buscar nuevos horizontes. 

¡Equis a todo! >_<

Por otro lado, creo que no he hecho muchas cosas productivas; sobre todo porque no me apetece moverme. Una de las cosas más maravillosas que hice —y lo único que salva a este verano de ser el peor verano ever— fue ver Firefly, esa serie cancelada hace 11 años de sólo 14 episodios que jamás pensé ni tantito que me iba a gustar. Es una preciosidad. Suelo amar muy pocas series en mi vida, pero esta ha quedado en el Top 5, y será muy difícil que alguien logre sacarla de ahí. Tenía pensado 16 post especiales para esta serie pero ¿con este calor? No gracias, volveré a ver los episodios en otoño/invierno y entonces sí, habrá spam de Firefly en un miniblog que abriré. :)

He estado leyendo libros, eso sí. Estoy a punto de terminar The Neddiad: How Neddie Took the Train, Went to Hollywood, and Saved Civilization de Daniel Pinkwater y después seguiré con un ebook cortito que, si de verdad lo termino, se convertirá oficialmente en el primer libro en formato digital que consigo leer; y eso es decir muuuuucho. He intentado escribir fanfiction pero noporoló, no sale nada así que he botado tres fics que ya estaban empezados y tendrán que esperar a septiembre para ser concluidos.

En fin, que ahí está mi tragicomedia. Me declaro en huelga hasta otoño y este blog estará así, en estado recesivo hasta entonces. Mientras agosto se va muriendo (¡muerete ya!) yo seguiré leyendo libros y trabajando y pensando en todo lo que me gustaría escribir cuando el calor pase y la pesadez del ambiente se libere un poco y la navidad se huela en el horizonte y un cometa gigante surque el cielo.

Por lo pronto llenaré mi Tablet de películas y series y mi librero de Aldiko con libros digitales hasta que quede rebosando. Seguiré muy activa en Twitter y Facebook (más en el primero que en el segundo; y probablemente Tumblr estará por encima de cualquiera de esos dos) sobre todo porque no se necesita tanto esfuerzo para decir un par de palabras medio coherentes. xDDD Así que, si me buscan, ahí estaré.


Mi paraíso desierto está hibernando, cambio y fuera.