30 oct. 2013

Día 05 — Frase favorita (30 días)

«Prefiero la dura realidad a tus ilusiones más queridas»

Es la frase con la que el astrofísico estadounidense Carl Sagan definía el ímpetu de raciocinio del alemán Johannes Kepler y su amor a la verdad sobre todas las cosas; también agregaba que Kepler fue el último astrólogo científico del mundo y también el primer astrofísico.

La frase es fuerte y contundente para el ser humano, acostumbrado a vivir en la ilusión y la fe ciega. Preferimos creer la mentira que vivir en la verdad; un escudo de protección absurdo pero extrañamente seguro de donde jamás queremos salir. En la ciencia uno no se puede guiar por ilusiones ni por las falsas verdades. La dura realidad golpeó a la sociedad de antaño cuando Nicolás Copérnico publicó aquel libro donde hablaba de la teoría heliocéntrica o cuando Darwin habló de la evolución de las especies y, de repente, el universo ya no giró en torno a la Tierra y el ser humano dejó de tener un origen tan puro. Personalmente la vida me parece mil veces más maravillosa así ¿saben? Un mundo sin unicornios y pegasos, sin Adán y sin Eva. Creo, sin duda alguna, que uno de los mayores aciertos del ser humano fue comer la fruta prohíba en aquel ilusorio paraíso.

«Es mejor encender una vela que maldecir en la oscuridad»

28 oct. 2013

Día 04 — Libro favorito (30 días)

¡¿Se puede escoger un libro favorito?! ¡¿En verdad se puede?! Si tuviera que hacerlo quizá escogería «Cien años de soledad» de Gabriel García Márquez. Ese libro es un tesoro inmenso porque es todo un abanico de sentimientos. Es entrañable, es tierno, es nostálgico. Es alegre y triste a la vez. Lo he leído dos veces en menos de un año y no dudo —de verdad no dudo— que lo lea otra vez antes de que el año termine.

Aun así, me gustaría creer que mi libro favorito no ha sido leído. Quiero pensar que en un futuro podré toparme con algún ejemplar que logre cautivarme incluso más que el libro de Márquez, por muy imposible que eso resulte. Lo atractivo de la novela de Márquez es que siempre te resulta vagamente familiar y mientras lees no puedes evitar pensar qué cosa a tu alrededor se refleja en la prosa del escritor. La esencia más pura de América Latina la encuentras en «Cien años de soledad», la de la América primitiva, la de los pueblos mágicos y humildes con calles de piedra y lodo; de aquello que existió antes de que las cosas tuvieran nombre. De gente y tradiciones, y quizá ahí es donde radica su belleza y atemporalidad.

Todos los caminos conducen a Macondo y todas las familias albergan a un Buendía entre sus filas, ¿no lo han notado?

25 oct. 2013

Día 03 — Programa de televisión favorito (30 días)


Si alguien, a punta de pistola, me dijera que debo elegir UN solo programa de televisión elegiría The X-Files sin dudarlo.

Mi hermana y yo conocimos la serie al poco tiempo de mudarnos de La Reforma (Angostura) a Guasave, Sinaloa. Ella tenía 10 años y yo 7. Antes de salir a explorar la nueva ciudad, antes de conocer la tienda más cercana, o nuestra nueva escuela, hablar con los vecinos o conseguir algunos amigos en el nuevo vecindario, encendimos la televisión por cable y nos topamos con un misterioso anuncio de la serie en el canal preview de programación: «Miles de casos sin explicación permanecen ocultos en los archivos secretos de máximo nivel del FBI. Fueron ignorados durante más de 40 años hasta que se convirtieron en la mayor obsesión de dos jóvenes agente unidos en busca de la verdad…»

El primer episodio que vimos fue Los Calusari y nos impresionó tanto que lo siguiente que hicimos fue tratar de apuntar horarios y el título del programa en la mesa de madera tallada donde estaba la televisión para no olvidarlo (1. Sí, sobre la mesa de madera… con pluma. La indignación de nuestros padres fue monumental xD. 2. El título del programa en México era Los Expedientes Secretos X, así que no era fácil aprendernos tamaño nombre. 3. Olvidamos si lo trasmitían toda la semana o sólo un día en específico).

Después de aquella primera experiencia The X-Files se convirtió en el pan nuestro de cada día. Dudo mucho que mis padres estuvieran consientes de qué clase de programa de televisión veían sus hijas pequeñas los viernes por la noche pero su visionado era un ritual sagrado para mi hermana y para mí. Justo después de regresar del supermercado y ayudarles a guardar la despensa subíamos con nuestros Yoplait’s a la segunda planta, encendíamos el aire acondicionado, tirábamos una colchoneta y almohadas al piso, nos cubríamos con unas mantas, encendíamos la TV y comenzaba el espectáculo… a las 8 de la noche en punto, en FOX. Había episodios que nos aterrorizaban pero en lugar de darnos pesadillas y provocarnos miedo irracional solíamos durar dos o tres horas hablando por las noches sobre lo genial que era el caso que habíamos visto y nos preguntábamos qué tan real sería.

Después supimos que Canal 5 de Televisa también trasmitía el show. De lunes a viernes, a las siete de la noche; episodios repetidos de las dos primeras temporadas. En ese mismo canal y en esa misma ciudad vivimos nuestro primer maratón. Seis horas de The X-Files con anuncios que duraban una jodida eternidad. Recuerdo que en un momento dado tuvimos que salir con nuestros padres (no recuerdo a dónde); duramos más de una hora ahí afuera y cuando regresábamos aún seguían en el episodio que habíamos dejado.

Los Expedientes X marcaron quizá el antes y el después de mi socialidad. Tenía amigas en la escuela, pero mientras ellas trataban de averiguar si Luz Clarita encontraría a su mamá en la telenovela infantil, yo me preguntaba si volverían a reabrir Los Expedientes X o si alguien podría remplazar a Garganta Profunda.

The X- Files, El Mundo de Beakman y Sailor Moon eran nuestra trinidad. Imperdonable perdernos un solo episodio de alguna de estas tres cosas. Pero aun en aquel momento Los Expedientes X nos resultaban tan inalcanzables. Mientras íbamos a la cocina a hacer los experimentos que Beakman nos enseñaba y nuestra habitación tenía una pared con una pirámide repleta de dibujos y posters de Sailor Moon, no había nada físico de The X Files. Eso llegaría después, cuando nos mudamos de Guasave a Escuinapa. Aun hoy miro el inmenso álbum de recortes que tenemos de la serie y me pregunto cómo pudimos conseguir tanto material en una ciudad donde sólo existe una pequeña tienda que vende revistas. Algunos ejemplares incluso son de España o de Argentina. Tuvimos suerte. Aquí también encontramos dos libros de la serie y un puñado de novelas que aún guardamos con cariño. Hay un cartón debajo de mi cama repleto de videos VHS con sus episodios. Muchos de ellos fueron grabados a principios del año 2000, cuando FOX trasmitió un maratón de Los Expedientes X durante 24 horas ininterrumpidas. Mientras la histórica huelga de la UNAM terminaba, nosotros nos dopamos con café soluble para no perdernos ni un solo episodio.

Es una serie a la que estimo mucho por todo lo que implicó, por lo que significó en mi vida y por los extraordinarios años que pasé cuando era trasmitida. El tiempo cambia y pasé de ser la niña más creyente del mundo a la más escéptica, pero The X Files me siguen fascinado tanto como la primera vez que apareció aquel episodio de “Los Calusari” en la pantalla de la televisión. Aún tengo como meta principal algún día tener toda la serie completa en DVD o Blu-ray, sentarme con un puñado de palomitas y golosinas y disfrutar de otro maratón monumental de la serie que me enseñó a navegar por internet, el mundo mágico de los fanfiction, los foros cibernéticos de debate, el concepto de temporadas, aventurarse al cine sin la supervisión de un adulto y la insuperable sensación de creer que la verdad está ahí afuera. :’)

«Trust No One»

19 oct. 2013

Día 02 — Película favorita

Mi película favorita es «La tumba de las luciérnagas» de Studio Ghibli, que a su vez está basada en la novela semiautobiográfica de Akiyuki Nosaka del mismo nombre.

Podría escoger una película más optimista, lo sé, pero jamás he visto un largometraje tan poderoso como este. Sólo la he visto una vez, no es necesario verla más. Una sola vez es suficiente para captar el mensaje antibelicista que quiere darnos y funciona (¡vaya que funciona!).

La historia relata la vida de dos hermanos huérfanos en el Japón de la Segunda Guerra Mundial y sus hazañas y dificultades para sobrevivir en un país que, en ese momento, carecía de todo. El final no es feliz, pero ni siquiera lo es el comienzo; desde el primer minuto ya sabes a qué te enfrentarás cuando la película esté llegando a su final así que llevarás un nudo en la garganta a lo largo de todo el film.

El título de la película va entre la alegoría y la metáfora. En un momento dado los niños se refugian en una zona que por las noches se ve plagado de luciérnagas que brillan espectacularmente; sin embargo, al día siguiente, esas mismas luciérnagas aparecen muertas. La pequeña Setsuko —y esto no recuerdo si ocurre en la versión animada o sólo en el liveaction del 2005— comienza a cavar un pozo en la tierra para sepultarlas. Seita se acerca a ella para ver qué está haciendo: «火垂るの墓» ‘Hotaru no haka’ le dice a su hermano, la tumba de las luciérnagas. “¿Por qué las luciérnagas se mueren después de brillar tanto durante tan poco tiempo?” Las luciérnagas son ellos (y quizá todos los niños víctimas de las guerras del mundo) y la tumba donde descansan la cavó nuestra indiferencia.

Última parte de la película live action. Más optimista que la película animada. 

8 oct. 2013

Día 01 — Canción favorita (30 días)

«Donde caen los sueños» de León Gieco y Luis Gurevich.


Si acaso existe una canción que me gustaría escuchar en mi agonía es esta, y únicamente esta. Es preciosa. La adoro por la sencillez de sus acordes y su lírica. No es un tema que pretenda ser grande, sino que crece y su significado se intensifica al acercarnos de una forma suave y cálida a algo tan real e inevitable como es la muerte.

«Me voy, me voy, con dolor y cantando», sentencia con mesura la primera frase del tema. Tan certera y directa; tan necesaria. La primera vez que escuché «Donde caen los sueños» (letra) fue la noche en la que falleció mi abuela. Estaba buscando una canción que me inspirara para escribir un post en mi blog sobre ella y me tope por casualidad con este tema en YouTube. No sé cómo pude pasar de la tristeza a la resignación y aun así encontrar unas palabras para dedicarle a esa mujer de estatura pequeña y cabello blanco cuya luz se había apagado aquella noche de otoño, pero sucedió, y gran parte de lo que pasó esos días fue suavizado por este tema específicamente.

No es una canción triste; no es una elegía. Es un tierno homenaje a la vida. Es nostálgica y melancólica. No es un adiós, sino un hasta luego. Porque eso sí, a mí la muerte siempre me ha sabido a otoño, a hojas secas y días fríos; naranjas y brumosos. A la estrella vespertina, a un atardecer en el campo, al ocaso a la orilla de la playa o la vista fugaz a un tren que acaba de partir y se pierde en el horizonte dejando una estela de humo tras de sí; dejando detrás todo lo que fue. Es una visión romántica, lo sé, pero esa es la idea que siempre he tenido en mi cabeza. Me gusta que así sea. Como el poema “Para entonces” de Manuel Gutiérrez Nájera o “En paz” del gran Amado Nervo; lejos de ataúdes, santos rosarios, lágrimas derramadas y solitarios cementerios.

Esta canción logra captar la esencia detrás de la tragedia y del dolor, por eso sobresale, por eso se convierte en algo especial, en una carta de despedida antes de alejarte para siempre de todo lo que conoces. No es una canción muy coherente o narrativa; lleva frases sueltas tras de sí cuya simpleza logra captar la necesidad de creer que la muerte nos convierta en algo mejor de lo que fuimos en esta vida «Con mis alas ya luzco mejor, al sol». Somos seres esperanzadores, anhelantes; muy en el fondo, —incluso el más creyente de los seres vivos—, tenemos miedo que no haya nada después de la muerte, de que la vida en verdad termine donde tiene que terminar y no continúe en aquel misterioso lugar al que muchos llaman Paraíso.

Queremos ser eternos.

«Eternidad que se hace canción para quedar en los caminos, 
como un bálsamo de los días vividos».

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MENCIÓN ESPECIAL

«The Ballad Of Love And Hate» de The Avett Brothers.

Bueno, ya sabemos que los chicos de The Avett Brothers siempre han hecho buena música y escoger únicamente una canción de su discografía e incluirla aquí ha sido lo más cercano que he tenido a un gancho en el hígado. Seguramente es ilegal; tan ilegal como subirla a mi Box y ponérselas aquí para que la escuchen. Ésta soy yo viviendo al límite, como siempre. 
  

El primer tema que escuché de ellos fue en el lejano año del 2009. Sí, muy lejanos están aquellos tiempos. La canción era «I and Love and You» del álbum del mismo nombre. Y miren que yo no soy de las que se pone cursi con cualquier cosa pero este tema pudo muchísimo conmigo. Sin embargo, he escogido «The Ballad Of Love And Hate» (click en el título para leer la letra) por otras razones, entre ellas por su narrativa. Es una joya.

Y es que, la primera frase de la canción es «Love writes a letter and sends it to Hate» (Amor escribe una carta y se la manda a Odio) y a partir de ahí se encarga de narrarte un breve momento en la vida de estas dos personas cuyos nombres están ocultos entre los sentimientos que los definen.

«Hate sits alone on the hood of his car.
Without much regard to the moon or the stars».

«Love takes a taxi, a young man drives.
As soon as he sees her, hope fills his eyes».

Y de repente, la canción se convierte en una historia. Algo que podría caber fácilmente en una novela romántica esta banda de Carolina del Norte es capaz de convertirla en balada, con toda la estructura narrativa que una buena trama requiere. Uno de esos temas que no quieres dejar de escuchar hasta llegar al final, hasta saber cómo termina aquella tensión entre ambos protagonistas, cuál es el límite o el punto sin retorno en su relación. Es la melancolía hecha canción.

La última parte del tema es una lluvia de sentimientos indefinibles. No sabes qué sentir por ellos; por ella y por él, por el odio y el amor. ¿Lástima, ternura, esperanza, comprensión, entendimiento? Al final se huele una fina resignación de su vida en pareja; como algo que podría cambiar si se lo propusieran, pero que al parecer ninguno de los dos está dispuesto a hacerlo o discutirlo (…Whatever, como sea..).

Me fascina escuchar esta canción, sobre todo porque una vez que empiezo a reproducirla no puedo detenerla, tiene que llegar al final. Es una necesidad, casi una obligación. Presionar el botón de STOP antes de tiempo es un atentado con la integridad de la historia. Algo raro que no suele sucederme con otros temas. Lo cierto es que ya he perdido la cuenta de cuántas siestas me he tomado con esta canción de fondo y no me arrepiento de nada. :)
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«A Dustland Fairytale» de The Killers.

El tema que hizo enamorarme de The Killers. Adoro esta canción tanto como se adora la vida. Tampoco me pidan que escoja una sola canción del grupo porque no lo haré. No puedo. Sufriría de calcinación espontanea si me atreviera; así que dejémosle ahí.


«A Dustland Fairytale» fue escrita por Brandon Flowers —líder y vocalista de la banda— y está dedicada a sus padres, ¿puede haber algo más hermoso que eso? ¿Retratar la vida de personas tan imperfectas y llenas de defectos en una canción? Lo dudo.

Un polvoso cuento de hadas que comenzó con un beso más de la basura del condado en el lejano año de 1961 y, de ahí, el tema se encarga de adentrarnos al Estados Unidos del sur; polvoriento, orgulloso, problemático y jodidamente pobre, como siempre lo ha sido (o como siempre lo hemos visto). Y de repente, ella se convierte en Cenicienta y él en un príncipe de cromo americano, con pantalones vaqueros, que le lleva como serenata aquella vieja canción de Johnny Mercer, tan de moda en aquellos tiempos. Y el tiempo pasa, las cosas cambian, la vida se hace más difícil, él tiene problemas con el alcohol, ella mantiene la esperanza de que las cosas tarde o temprano mejoren. Él se redime, ella se enferma, empieza a morir… Y para cuando la canción termina tú ya estás llorando en un valle de lágrimas y no sabes cómo salir de ahí sin ahogarte en el proceso. 
   
Lo  que me fascina de la canción (además del trasfondo, por supuesto), es cómo comienza con una abrazante suavidad para poco ir agregando más ritmo al tema, de tal manera que, para cuando llegas a la última estrofa y la orquesta da todo de sí, tú estás luchando con tus demonios internos para no saltar en tu cama y cantar a todo pulmón sin importar que tus vecinos se quejen. No me ha pasado eso, lo juro.  Y es que la última estrofa cala muchísimo en el alma. Ya no te está contando una historia, sino una súplica, una petición, unas palabras para que Cenicienta no muera, para que luche.

Now Cinderella don't you go to sleep,
it's such a bitter form of refuge.
Why don't you know the kingdoms under siege
and everybody needs you.
Is there still magic in the midnight sun, or did you leave it back in '61?
In the cadence of a young man's eyes.
Out where the dreams all hide.

Ahora Cenicienta, no te vayas a dormir.
Es una forma muy amarga de refugio,
¿Acaso no sabes que los reinos están sitiados
y que todos te necesitan?
¿Aun hay magia en el sol de medianoche, o la dejaste atrás, en 1961?
En la cadencia de los ojos de un hombre joven.
Allá, donde los sueños se esconden.

Lo cierto es que Cenicienta luchó, hizo todo lo que pudo, pero aun así murió en el año 2010, casi cinco décadas después de aquel beso que dio comienzo a este polvoriento cuento de hadas.

Escucharla en vivo es UNA JOYA. De todas las canciones que cantaron en el concierto de abril ésta fue por mucho mi favorita. Es mucho más poderoso cuando un estadio repleto de gente canta uno de tus temas favoritos, créanme. Escuchar, no sólo al vocalista, sino a miles de personas coreando el mismo tema ha sido una de las experiencias más fascinantes de mi vida y nunca, pero nunca, lo olvidaré. :')

Si bien este tema está cantado desde el punto de vista de ella, existe otro cantando desde el punto de vista de él y que podríamos tomar como una segunda parte de esta canción, aun con todas sus variantes e incompatibilidades. «The Clock Was Tickin'» termina con la historia que aquí no concluyó porque aún no sucedía.

And the weeks fly by and the years roll on.
The house is quiet now and everything inside it seems to know she’s gone
There’s a picture of you both sixteen years old just kissing
And that clock up on the wall was tickin’.

Y las semanas vuelan y los años ruedan.
Ahora la casa está en silencio y todo lo hay dentro parece saber que ella se ha ido.
Hay una foto de ustedes dos con dieciséis años, besándose.
Y aquel reloj de la pared haciendo tic-tac.

Discúlpenme, voy a llorar en aquella esquina de mi habitación. Regreso en un minuto.
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«The Music of the Night» de The Phantom of the Opera.

Podría escoger fácilmente esta canción como la más pura de todo el musical. Me fascina. Es una oda a la música y me rindo a sus pies. Y reconozcámoslo, es quizá el tema más conocido de toda la obra. Es como el I Dreamed a Dream de Les Misérables; reconocida a mil kilómetros a la redonda. Bueno, esa y el tema principal del musical, con aquella tonada tan conocida que al parecer el Andrew Lloyd Webber le plagió a Pink Floyd en el tema "Echoes" xD.


Existen muchísimas versiones de esta canción, para todos los gustos y colores, yo escogeré la de Ramin Karimloo, pero no la de su Fantasma, sino la versión incluida en su álbum como solista. La razón de esto es porque Erik (¿alguna vez lo llaman así en el musical?) es un ser demasiado dañado; obsesivo, posesivo, celoso, e incluso, manipulador. Arriba de un escenario teatral este tema es cantado metódicamente con un propósito, para provocar una especie de trance en Christine —su ángel de la música—, para que ella sienta una conversión tremenda hacia él que demuestre su lealtad; como una forma de adueñarse de ella. Si uno escucha este tema de la mano de cualquier actor que haya interpretado a el Fantasma se dará cuenta de un patrón común al interpretarla; cierta cadencia en la voz, el mismo tono, casi un susurro; en tono pausado y calmo, tal y como cantarías para dormir a alguien.

Él personaje del Fantasma es bastante complejo, muchísimo más que el de Christine, y por esa razón no quiero ahondar demasiado en su historia; pero la canción en sí es una descripción y un tributo a la música, a cualquier música; no sólo se limita a la ópera, y eso es lo que la hace más preciosa.

Softly, deftly, music shall caress you.
Hear it, feel it, secretly possess you.
Open up your mind, let your fantasies unwind,
In this darkness which you know you cannot fight.
The darkness of the music of the night.

Suave, hábil, la música te acaricia.
Escúchala, siéntela, cómo te posee secretamente.
Abre tu mente, deja que tus fantasías se desenvuelvan,
En esta oscuridad en la que sabes que no puedes luchar.
La oscuridad de la música de la noche.

Si uno escucha el tema del concierto del 25th aniversario del musical y después el tema incluido en el álbum del mismo actor entonces se notaran diversos matices en ambas interpretaciones. La que está incluida en el álbum es suave, tierna, disfrutable; no tiene la rigurosidad que exige una obra, se siente más libre. No es una canción actuada, y al no existir necesidad de actuarla o interpretarla dentro de un personaje la hace más creíble. El Fantasma y Christine pasan a un segundo plano y entonces la canción por sí sola se convierte en esa oda a la música que mencioné con anterioridad. Y la obsesión del protagonista desaparece para dar paso a la necesidad y la gratitud hacia su musa, hacia su ángel de la música; aquella única mujer que es capaz de hacer que su canción logre levantar vuelo y brillar.

You alone can make my song take flight.
Help me make the music of the night.  

El musical The Phantom of the Opera cuenta con una continuación llamada Love Never Dies situada varios años después de que el Fantasma y Christine toman caminos separados. Ella se ha ido con otro hombre, él ha huido a otra ciudad y el tema «Till I hear you sing» reúne aquel ¿amor? ¿Obsesión? Que Erik aun lleva en su mente por ella.

Let hopes pass, let dreams pass
Let them die!
Without you, what are they for?
I’ll always feel
No more than halfway real
‘Till I hear you sing... once more.

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It’s over now the music of the nigh! T___T

Para terminar, no puedo creer que me haya atrevido a escoger sólo 4 de mis 500 canciones favoritas. Merezco un premio o algo parecido. He escogido los temas que, desde que los conocí, no he parado de escuchar. Son esas canciones que tienen un lugar permanente en mi laptop, mi celular, mi tablet y mi corazón. Están ahí por donde las mires y sé que se quedarán así por mucho tiempo porque aunque los años pasen yo las sigo adorando.

Existen más (¡por supuesto que existen más!) pero con sólo cuatro temas he llenado seis páginas de Word y creo que es un suplicio hacer esto más grande, sobre todo porque el punto #1 del Meme 30 Días dice específicamente Canción favorita; singular, no plural, pero yo voy por la vida pluralizando cosas sin pedir permiso y me quedo tan ancha. xD

Así que como pueden ver, todas mis canciones son bonitas, ninguna es triste. Y no estoy llorando, ¿Quién dijo eso? 


7 oct. 2013

30 Day Challenges/ Reto de los 30 días

Tomado de Know Your Meme — «30 Day Challenges». Vale aclarar que probablemente no los haré en orden y no será uno diario, porque entonces jamás terminaría (¿ya vieron cuánto escribí en el primer día? xD). Quizá uno o dos al mes para mantener el ritmo y, al igual que el primero, seguramente sufrirán algunas modificaciones, JA. 

Eso de *lo que tú quieras* no tengo idea de qué cosa poner así que sencillamente lo omitiré porque básicamente podría ser cualquier post del blog en estilo random, así que nop. xD

Día 06 — Lo que tú quieras…
Día 12 — Lo que tú quieras…
Día 14 — Un libro de no-ficción
Día 15 — Un fanfiction
Día 18 — Lo que tú quieras…
Día 19 — Un talento que tengas
Día 20 — Un hobby
Día 21 — Una receta
Día 22 — Una página web
Día 23 — Un video de YouTube
Día 24 — Lo que tú quieras…
Día 25 — Dónde te gustaría estar en 10 años
Día 26 — ¿Cuál es tu signo zodiacal y crees que describe tu personalidad?
Día 27 — Algún lugar en especial que quieras leer o visitar
Día 28 — El primer recuerdo que tengas de tu vida
Día 29 — Esperanzas, sueños y planes para los próximos 365 días
Día 30 — Lo que tú quieras…

1 oct. 2013

Y así es como adaptas a un personaje clásico...


Elementary tendrá el dudoso privilegio de ser la serie de televisión de la que más he hablado en mi blog y ni siquiera me gusta. A estas alturas no sé si llamar a eso una virtud o un defecto. Para empezar sigo sin entender por qué razón continúo viéndola. Quizá porque pensé, muy en el fondo, que de una y otra manera mejoraría en su segunda temporada; pero no lo hizo. Y no estoy hablando que mejoraría como serie de TV —ya anteriormente dije que era buena—, sino como una adaptación libre de un clásico de la literatura como lo es Sherlock Holmes. Para mí, el show falla estrepitosamente en ese único aspecto (bueno, hay otros más pequeños pero este lo eclipsa todo). Lo curioso es que mi berrinche se debe al enorme cariño que le tengo al personaje de Doyle. Lo veo como algo personal y no lo es. Es sólo ficción y nada más que eso, y muy en el fondo siento como si cada capítulo se encargara de hacer pedazos los libros de mi detective favorito para aventármelos en la cara sin respeto de por medio. Así de ofendida me siento.

Ahora, trataré de especificar a lo que me refiero, porque el párrafo anterior podría resultar confuso: YA SÉ lo que es una adaptación, y sí, Elementary no hace nada malo en ese aspecto. Vayamos al diccionario de la RAE (¡mi diccionario favorito, ever! *No es cierto*) para que nos explique con punto y coma eso de adaptar.

3. tr. Modificar una obra científica, literaria, musical, etc., para que pueda difundirse entre público distinto de aquel al cual iba destinada o darle una forma diferente de la original.

¿Lo ven? Así que cuando digo que, para mí, la serie falla como adaptación no me refiero a que no haga lo que debería de hacer, sino que no hace justicia a los personajes de Conan Doyle ni a sus aventuras. Ahí es donde me enerva la sangre. Veo un episodio durante cinco minutos y me digo a mí misma que Holmes y Watson dan para más, para mucho más. Y no sólo ellos dos, sino el resto de los personajes adaptados. ¡Ese es mi problema de que sus nombres sigan siendo los mismos! Sólo veo nombres conocidos metidos en personajes irreconocibles. Me vale un comino que Watson sea mujer, ¿de qué me sirve si, aun llamándose así, no la puedo reconocer? Digo, ya sé que en gustos se rompen género; habrá gente ahí afuera que piense que la película Romeo+Juliet (1996) es una oda a William Shakespeare, pero con un poco más de modernismo (con balazos, drogas, autos y todo de por medio); estoy consciente de ello, y es ahí donde mi drama cotidiano pierde la profundidad que debería… pero aun así me apetece muchísimo hablar del tema.

Ayer vi el episodio estreno de la segunda temporada de Elementary y mis expectativas eran varias. Treinta segundos después las vi suicidándose cual Moriarty y Holmes en las cataratas de Reichenbach. No les voy a mentir, hay una adaptación inglesa de Sherlock Holmes —producida por la BBC y cuyo nombre no voy a mencionar—, que hizo que mis esperanzas con el inspector Lestrade fueran del tamaño del Empire State. Altísimas. Y sé que no es justo, porque si recurrimos a las noveles de Doyle ya sabemos que este personaje no da para más, o más bien deja todo a la imaginación; al fin y al cabo él no es el protagonista. Lo que sí sé, y lo que sí recuerdo del inspector Lestrade literario, es que no es un perdedor. Tampoco es un inútil. En este primer capítulo nos lo muestran así y se me hizo una injusticia tremenda. Una bofetada dolorosa (más para mí que para Doyle, lo sé). G. Lestrade no merece ser representado como una marioneta de Holmes. O al revés. Lo cierto es que no entendí muy bien qué jodido rollo había entre los dos porque, como siempre, en Elementary todo se ve por la superficie, sin recurrir mucho al pasado; limpiando la basurita de encima, nada más.

¿Saben qué adaptación de un personaje sí me ha resultado una delicia en esta serie? La de Tobias Gregson. Ahí sí les pongo una estrellita en la frente a cada uno de los involucrados en su creación. Principalmente a Aidan Quinn. Grande. Porque, quitando el Piloto de por medio, así es como se hacen las adaptaciones. Pero una de las cosas que sí me chocó fue saber que, en Elementary, Lestrade y Gregson no se conocen; a pesar de que éste último trabajó un tiempo en Scotland Yard. ¡Pffff, eso es lo fascinante de leer en los libros! ¡Daba hasta para un episodio entero en el futuro! MEH. >_<


Y por otro lado tenemos a Mycroft Holmes, ¡¿QUÉ DIABLOS HAN HECHO?! Contrólate, Linda, es sólo una serie de televisión. Inhala, exhala, 1, 2, 3, 1000, 9000, 1,000,000… Infinito. No, en serio, ¡¿qué hicieron?! Necesito que me devuelvan la fe que invertí en este programa, más las casi 25 horas que me llevó verlo durante seis meses y lo mucho que traté de defenderlo de la horda de sherlockians que querían matarlo antes de que naciera. Gracias. ¡Tú no puedes ir por la vida adaptando así un personaje y quedarte tan quitado de la pena, oye! Pues quién te crees, ¡eso es un crimen! Nunca he visto en mi vida a un Mycroft Holmes más desabrido que el que ha aparecido en Elementary. En la literatura, el mayor de los Holmes es un ser pasivo, así nos lo presenta Arthur Conan Doyle en El interprete Griego y esa es la imagen que se nos queda grabada de él. Es más inteligente que Sherlock, pero no tiene la curiosidad y la energía para poner esa inteligencia desbordante en práctica; o por lo menos no en el ámbito de la criminalística, así que recurre a un trabajo de escritorio. Sin embargo, no se le debe subestimar, “él es el gobierno británico” le dice Sherlock a Watson en uno de los relatos cortos. Mycroft no es de los que va por ahí abriendo restaurantes como loco por todo Londres. ¡Manda a alguien que los abra por él! Hace que otros hagan el trabajo diario, el trabajo de campo, el trabajo social ¡Ahí radica su poder! Mientras tanto, él se la pasa bomba leyendo el periódico con un silencio atronador en algún sillón del Club Diógenes sin siquiera levantar la vista por la ventana para ver si el mundo se está desmoronando frente a él. Así que él no es de los que va por la vida partiendo la verdura para hacer el desayuno o la cena. ¿Y esa rivalidad entre los hermanos? ¿Ese resentimiento? ¿Dónde lo he visto antes, pero con más sutileza y elegancia? ¡Mejor no digo nombres, porque luego se enojan! >_<

¡Pero si es que hasta el 221b Baker Street de Elementary me ha decepcionado, carajo!

Me detendré un momento para guardar la compostura porque me siento purista, ¿vale? Y eso no me gusta; pero creo que ahora entiendo a aquellos españoles que vieron cómo Japón adaptaba a versión manga un clásico de la literatura como lo es Don Quijote de la Mancha y lo pusieron todo guapetón acompañado de su amigo Sancho quinceañero, mientras Joan Manuel Serrat hacía un cameo en el primer capítulo como no queriendo la cosa. Eso tampoco es una adaptación libre, eso es un delito.

Estoy volviendo a exagerar.

Para mí, los personajes de Elementary se quedan cortos, PUNTO. Y pasan capítulos, terminan temporadas, inician otras ¡y siguen quedándose cortos! Es como si no avanzaran, como si estuvieran en un perpetuo limbo de estancamiento y no les apeteciera salir de ahí y lo único que les interesa hacer en ese periodo de tiempo indeterminado es resolver crímenes random y, hasta cierto punto, desabridos.


Para ser el primer capítulo de la segunda temporada me esperaba muchísimo más. Y mil veces más de acción viendo que esto transcurre en el extraordinario Londres, que debería de ser, casi por obligación, otro protagonista más. Obviamente mi decepción ha sido tan grande como una catedral. ¡Demonios, si vas a ir a Londres haz algo grande, por dios! ¡Una trama que dé para dos capítulos o algo así! Algo inmenso, memorable, inolvidable, no la ñoñez que me presentaron como episodio el jueves pasado. Para mostrarme planos de una ciudad que se convierte en nada durante 45 minutos mejor hubieran grabado todo el capítulo entre pantallas verdes y un estudio, sin salir de Estados Unidos y sin gastar mucha pasta en el proceso.

Lo mencioné hace cuatro meses y lo vuelvo a decir ahora: La serie podría brillar por sí sola si la sombra de los personajes de Conan Doyle no fuera tan grande y sus estándares tan altos. Y vuelvo a aclarar para que se eviten malas interpretaciones: el show funciona; sus rating son respetables y aquí está su segunda temporada para demostrarlo, pero no son los personajes de Doyle quienes lo hacen brillar sino el trabajo de actores, guionistas y productores. No la libre adaptación de Holmes (porque eso muy poco importa), sino todo lo demás, todo lo que lo hace diferente. Por eso digo que el show falla PARA MÍ, no para el resto de los televidentes. El protagonista se podría llamar X y su compañera Y e igual tendría éxito, pero no existiría la necesidad de llenar la inmensidad de Holmes y Watson, algo que en Elementary desean con todas las ansias y es ahí donde no logran dejar las cosas muy en claro.

Sherlock Holmes y John Watson están a años luz de los personajes de Elementary porque los creadores de este último así lo han deseado… y, con permiso, yo paso completamente de este juego, sobre todo porque no reconozco la adaptación que están haciendo. No es una adaptación de las historias, sino de los personajes, o por lo menos es así como yo lo entiendo. Al parecer, el homenaje está en esos guiños que se pierden entre trama y trama y que al final terminan careciendo de importancia. En esos diálogos rescatados de las novelas que resultan superfluos, y a veces hasta forzados, que no terminan de convencerme ni tantito, porque pierden el encanto que deberían albergar al ser pronunciados. Ya estas alturas poco importa que el programa haya sustituido a Londres por Nueva York, a Watson por una mujer, las cartas por email y a la señora Hudson como una transgénero, ¡da igual! No se ve el sello de Doyle ni en una sola esquina del show, ni siquiera en los guiños; aquello no trasciende al libreto, se queda estancado, seco, desabrido. Insípido. Fallido.

House M.D. es un ejemplo clarísimo de cómo puedes adaptar a un personaje clásico de la literatura y traerlo a pleno siglo XX con otra personalidad, otro nombre, otra profesión y, aun así, ser capaz de distinguirlo cuando lo ves en la pantalla. Lo intuyes entre los diálogos; lo percibes entre los episodios. Los guiños a las historias literarias se cuelan entre los guiones de una manera que en Elementary sencillamente no funcionan. Pero no hablaré de House M.D. para poner un ejemplo de un Holmes moderno porque muchos, muchísimos ahí afuera, ya lo han hecho. Mejor pondré el ejemplo de The Mentalist, que apenas ayer he visualizado el primer episodio de su sexta temporada y OH.POR.DIOS.


Es un ejemplo, ya lo dije, pero probablemente en algún punto llegaré a la comparación. No me gusta comparar cosas, ya lo mencioné en otro post de Elementary, pero qué más da, yo voy por la vida haciendo cosas que no me gustan y es lo que hay, así que…

—He estado observándoles, a usted y a su esposo, y quiero que sepa que entiendo lo que sienten en este momento. 
—No tienen ni idea. Créame.
—Le creo. Lo sé... Lo sé y quiero ayudarla. 
—No puede ayudarme. ¿Qué es lo que sabe? 
—Muchas cosas. Usted sólo aparenta que le gusta esquiar, ¿verdad? 
—Sí, pero… 
—Está contenta de saber que su mejor amiga recientemente aumentó de peso… unos cinco kilos. Hubiese deseado ser más arriesgada cuando era joven. Ama la India, pero nunca ha estado ahí. Tiene problemas para dormir. Su color favorito es… azul. 
—No… no lo entiendo. ¿Es usted… psíquico? 
—No, sólo presto atención. Le estoy diciendo esto porque quiero que entienda que no hay razón para esconderme ciertas cosas. 
—Esconder ¿qué? 
—¿Quiere saber lo que veo cuando observo a su esposo? Veo a un cálido, amoroso y generoso hombre. Un poco vanidoso, quizá. Egoísta, controlador, pero un hombre decente. 
—Sí. 
—Entonces, ¿por qué usted sospecha que él haya asesinado a su hija?

Ahí está —pensé cuando vi los primeros cinco minutos del capítulo piloto de The Mentalist— un Sherlock Holmes moderno que brilla de forma maravillosa en suelo estadounidense. Vi las cinco temporadas de este programa de televisión durante esta primavera, para ese entonces Elementary ya llevaba más de veinte episodios transmitidos. Ya conocía cuáles eran los aspectos de la serie que me decepcionaban y por esa misma razón me llevé una grata sorpresa cuando me topé con el protagonista de The Mentalist; quizá porque era el último lugar donde me atrevería a buscar a un Sherlock Holmes y, además, encontrarlo.

El primer capítulo de esta serie policíaca —también de la cadena CBS— nos introduce de lleno a la casa donde vivía la víctima, una joven desaparecida que fue encontrada muerta ahí mismo tiempo después. Los policías culpan al muchacho del vecindario que la encontró, un joven de melena larga y ropas oscuras, que tenía la rebeldía pintada en la cara. Alrededor, un grupo de personas, forenses, policías y periodistas se congregan para saber más sobre el caso. Es aquí donde vemos por primera vez a Patrick Jane, el protagonista de la serie, nuestro moderno Sherlock Holmes. Observa todo lo que lo rodea, pero no dice ni una sola palabra. Como un fantasma merodeando entre gente viva; un ente invisible para todos. A base de las observaciones que hace, saca deducciones que no son compartidas para el público, sino que continúan siendo un misterio y las guarda para él mismo. Lo vemos mirando a los periodistas que insisten con sus preguntas inoportunas. Lo vemos observando al chico sospechoso y esposado que los policías introducen en una patrulla; a los fotógrafos que lanzan flashes sobre su cara. Al tatuaje de la muerte con una guadaña que tiene uno de los forenses que carga la camilla con el cadáver de la chica. La actitud de los padres de la víctima. La dureza del hombre; su frivolidad. La repugnancia en el rostro de la mujer; la sutil mueca de asco que se produce en su rostro cuando su esposo intenta tocar su mano para reconfortarla frente a la multitud de periodistas. Mientras tanto, él camina en silencio.

Patrick Jane se introduce por su cuenta a la casa de la joven víctima. Entra a la cocina, la observa. Enciende una hornilla de la estufa, pone agua a hervir, selecciona un tipo de té de la alacena, se prepara un sándwich con bastante delicadeza y se dedica a mirar el puñado de fotografías que decoran un pequeño rincón de la pared mientras le da un mordisco a su comida. Deduce cosas. El agua hierve, se prepara el té y llega la madre de la víctima. Es aquí donde se da el diálogo que se puede leer más arriba. Para ese entonces yo ya me había enamorado del personaje. Ni siquiera sabía si el creador de la serie en verdad se había basado en Sherlock Holmes, pero para mí ese era un hecho demasiado obvio.  

«Sherlock Holmes es una idea, un cúmulo de actitudes mentales e ineptitudes sociales que caracterizan tanto su personalidad que resulta atractivo para el público. Por eso sobresale, por eso atrae tanto. Porque es diferente, y al público —ya sea el de 1887 o el del 2012— le gusta lo diferente». 

Y Patrick Jane se convierte en Holmes cuando camina por la escena del crimen con esa soltura y esa curiosidad que tanto se impregna y se respira en los libros de Doyle. Con esa elegancia al vestir, esa cadencia al hablar, esa forma de reunir y callar evidencias hasta que se decide a soltar todo de golpe con la posibilidad de que se desate un pandemónium en el lugar. Holmes está ahí cuando Jane se prepara una taza de té, cuando reúne a los sospechosos en una habitación y, por medio de simples juegos mentales, señala al asesino. ¡Así es como adaptas un personaje de la literatura en tiempos modernos! Patrick Jane no ofende al personaje de Conan Doyle porque no pretende serlo; porque no lleva su nombre, ni sus gustos, ni la suela de sus zapatos. Es un ser aparte. Un extraordinario homenaje.

El protagonista de The Mentalist no es un detective, tampoco abraza a la ciencia con la curiosidad con la que Holmes lo hace y si hablamos de tecnología Jane se queda corto: La única vez que lo vi teclear en un ordenador lo hizo con dos dedos. Tiene un teléfono celular y eso es decir mucho. El tronco común entre ambos lo encontramos en sus mentes e inteligencia; en la capacidad que tienen de observar las cosas y a las personas. Formularse una imagen mental de cada individuo arriesgándose a sustraer información valiosa con base en la lógica. Eso sí, ambos son consultores. Patrick Jane es para CBI lo que Sherlock Holmes es para Scotland Yard. Estas instituciones policiales brillan cuando cuentan entre sus filas con personajes tan peculiares y prodigiosos como estos dos maravilloso seres.

Mirando todo de una manera global, el protagonista de la serie de televisión guarda un pasado mil veces más oscuro que el que alguna vez Doyle podría haber imaginado. Es aquí donde el matiz que une a Holmes y Jane desaparece. Uno está más dañado que el otro; más obsesionado, más cegado por el deseo de venganza.

Patrick Jane fue psíquico antes de ser consultor. Su inteligencia y el entorno en el que creció le brindaron la oportunidad de aprender el ilusionismo casi de forma empírica, de tal manera que este último no se convirtió en una forma de vida, ni en una profesión, sino en una forma de ser, una parte de su personalidad; el mayor ejemplo de ello es que nunca, a lo largo de cinco temporadas, se ha referido a sí mismo como lo que es: un mentalista. Su sentido de lo moral y lo correcto le hicieron dudar de su profesión cuando aún era muy joven pero al final, la ambición al dinero quizá inculcada por su propio padre y la oportunidad de dejar la feria donde vivió la mayor parte de su vida le llevó a afinar su capacidad de manipulación en las personas y trasmutó su habilidad de entretenimiento a cambio de la estafa. Fue así como se convirtió en psíquico.  

El mentalismo es una rama del ilusionismo (popularmente conocido como magia) tanto como lo es el escapismo, la prestidigitación, la cartomagia, etc. Es un arte escénico alejado de la estafa, porque el espectador sabe de antemano que lo es está viendo y percibiendo es sólo un truco, algo que no rompe con las leyes de la física y, que además, no existe nada paranormal en la esencia de sus trucos. En el caso concreto del mentalismo se trata de la habilidad y la agilidad mental para sugestionar o manipular la mente de otros. Es una explicación bastante superficial, pero no quisiera ahondar mucho en el tema, porque es bastante extenso y complicado. Sólo quiero señalar que el mentalismo se puede utilizar para la estafa pero, sin embargo, la mayoría de los mentalistas utilizan su profesión como mero entretenimiento, tal y como lo debería ser. Existen las excepciones, por supuesto, ahí tenemos al israelí Uri Geller, que trae la palabra ESTAFA escrita en la frente y varios en el gremio lo aborrecen.

Volvamos a la ficción. El mentalismo ayudó a Patrick Jane a convertirse en un excelente psíquico y médium. Y cuando digo excelente me refiero a que tenía una habilidad extraordinaria para engañar a la gente y aprovecharse de su dolor para beneficiarse económicamente de ellos. Se convirtió en un hombre rico, engreído, reconocido y elegante. Tenía casas enormes, clientes distinguidos, una agenda llena, una hermosa esposa, una hija adorable y un exhibicionismo desbordante... Y así fue como cavó su propia tumba. Bueno, más bien la de su esposa y la de su hija. Cuando fue invitado a un programa de televisión y se le preguntó sobre un famoso asesino serial que tenía aterrorizado al estado de California, Jane se desvivió describiendo al criminal, insultándolo con elegancia, señalándolo, retándolo. Y aquel hombre desconocido se vengó, y lo hizo de la forma más dolorosa que pudo haberlo hecho. Asesinando a su familia no sólo le daba una terrible lección de ¿humildad? De humillación, sino que pretendía demostrarle al mundo lo charlatán que Patrick Jane era. ¿Un psíquico que no era capaz de ver el destino trágico de su propia familia? ¿Qué clase de ser mediocre era ese?

Después de aquel terrible episodio de su vida, Patrick Jane se alejó de sus falsas habilidades psíquicas y vagó errante durante varios meses hasta que se topó con el equipo de investigación de la agencia CBI que llevaba el caso del asesino de su familia. Accedió a trabajar para institución como consultor a cambio de tener acceso a los archivos de los crímenes cometidos por aquel misterioso hombre que desequilibró su existencia.


Y ahí tenemos a un moderno Sherlock Holmes enfrentándose a un James Moriarty que sabe perfectamente cómo estar a la altura. [Mira de reojo a Elementary]. El Moriarty de Patrick Jane no tiene rostro humano; es una cara sonriente pintada con sangre en la pared. Es la temible simetría a la que hacía referencia William Blake en aquel poema donde se cuestionaba qué deidad inmortal podría ser la responsable de un ser tan terrible y extraordinario. Es aquel némesis cuyo alcance y poder resultan inabarcables y desconocidos. Es toda esa red de criminales que parecen observar cada uno de los movimientos del mentalista. Es ese ente invisible que parece meterse en su mente y robarle información a su antojo; y que juega con sus pensamientos, y lo manipula, y lo daña, tal y como él lo hizo con toda esa gente a la que estafó. Ese es Red John. El único capaz de estremecer los cimientos a un hombre que se creía invencible, superior al resto; más astuto que ningún otro. Red John es el Moriarty perfecto. Un hombre cuya inteligencia es igual a la del Holmes de Patrick Jane; quizá superior, pero jamás inferior. ¡Esa es una adaptación magistral! ¿Qué tan difícil es hacer eso? Jugar un juego durante cinco temporadas continuas hasta llegar a una sexta que promete terminar con aquel roce mortal que comenzó tantos años atrás. Porque eso es un hecho, cada temporada se ha encargado de oscurecer no sólo la trama de los episodios sino la actitud de los personajes. El brillo del capítulo piloto contrasta bruscamente con el primer episodio de la última temporada. La evolución de los protagonistas es, no solo palpable, sino necesaria. El final está cerca y se huele entre escena y escena. Sinceramente, da miedo. Porque si acaso hay una cosa que siempre me ha intrigado es cómo nuestro moderno y estadounidense Sherlock Holmes se enfrentará a nuestro invisible y temible James Moriarty en este problema final. Hay pistas sutiles desperdigas por todas las temporadas que nos hacen darnos una idea de cómo será aquel encuentro. 

Hemos visto a Jane tan cerca de Red John…

Hay una escena en particular que nunca me ha dejado de impresionar y que en cuestión de minutos logró revelarnos toneladas de información de un personaje tan crítico y reservado como lo es Jane. Me refiero a la última escena del capítulo final de la tercera temporada. Soberbia y magnífica hasta decir basta. Esos cinco minutos finales dicen más que las tres temporadas anteriores, y todo desaparece como en un suspiro.  

No pude evitar comprar este enfrentamiento entre Jane y el hombre que presume ser Red John, con aquella vez que, en Elementary, Sherlock Holmes secuestra a Sebastian Moran creyendo que es Moriarty y decide torturarlo con toda clase de herramientas como venganza por la muerte de Irene Adler. Los protagonistas de ambas series son polos opuestos, dos caras que ni siquiera pertenecen a una misma moneda, dos seres irreconocibles cuyo único vínculo que les puede unir es el haber vivido una tragedia tan grande como para intentar tomar la justicia por sus manos (si es que a eso se le puede llamar justicia). Ambos se envenenan de dolor y se vuelven irreconocibles cuando están tan cerca del enemigo que les arrebató la vida de sus seres queridos; pero aun así su actuación es distinta. Y desde que ví aquel episodio pensé que si el Sherlock Holmes de Doyle tuviera que tomar la venganza en sus manos lo haría con la elegancia de Patrick Jane y no con la impulsividad de Sherlock Holmes versión Elementary. Sin embargo, la actuación del metalista en esta escena estremece y golpea fuerte al espectador porque resulta inesperado, cosa que en Elementary era un escenario totalmente previsible.

En ese último episodio de la tercera temporada Patrick Jane se encuentra en un centro comercial con un hombre que dice ser Red John (o más bien, le da la información necesaria para que él se crea la mentira). La vocecilla del tipo, la prepotencia, el léxico, las mañas, todo perfectamente orquestado para que Jane se convencería así mismo de que él era el asesino que tanto estuvo buscando. Y lo tenía acorralado ahí, frente a él, en el área de comedores de una plaza repleta de gente. Nuestro protagonista no necesita los disfraces de Holmes para entablar una conversación con el misterioso hombre; es un manipulador, con eso basta. El falso Red John juega con la mente de Patrick hasta que se cansa, se da la media vuelta y comienza a marcharse cuando Jane le suplica —sin perder la compostura—, con la voz quebrada por el dolor, que se espere, que no se vaya; y éste se regresa, casi congratulándose de burlarse en la cara de una persona debilitada por el recuerdo. Y entonces, cuando se ponen uno frete a otro, con la inexpresividad en ambos rostros y el frame de la cámara enmarcando sus cabezas se escuchan un puñado de disparos. El pánico se apodera de la gente congregada en el lugar. Todos corren, se esconden, buscan refugio, huyen, mientras el hombre que decía ser Red John cae agonizante en el suelo y lo tiñe de rojo mientras un despreocupado Patrick Jane se saca un arma del bolso de su chaqueta y lo pone sobre la mesa como si estuviera posando una manzana en su superficie. De una manera tan elegante como aterradora. De verdad creé que ha matado al asesino de su familia, se ve la tranquilidad en el rostro. Ha hecho justicia. Las consecuencias de su acto no le interesan; no le preocupan, ni le remuerden la conciencia. En cambio, después de dejar el arma sobre la mesa se sienta en su silla y comienza a beber el té que había pedido minutos atrás, no sin olvidarse de pedir la cuenta a una aterrorizada camarera y pagar. 




Modales ante todo. Elegancia aterradora. Temible simetría.

La mente detrás de The Mentalist es Bruno Heller, creador y guionista de la serie. Británico de nacimiento, con Sherlock Holmes en el alma y el humor inglés escondido entre sus episodios. El Holmes de Heller no es un resentido social, ni un bicho raro, ni un cero a la izquierda; es un ser bastante sociable, con carisma desbordante y auténtico que, de una u otra manera, se va oscureciendo conforme las temporadas pasan. Es inteligente, locuaz, curioso e infantil. Inapropiado y directo; elegante. Tradicionalista. Estadounidense, con alma propia y simpatía innegable. Un protagonista que lucha con sus propios demonios internos con grandes dosis de humor y alegría; el único capaz de sonreír en una escena del crimen sin que aquello signifique una ofensa contra la persona asesinada. ¡Y miren, este Sherlock Holmes también tiene a su propio John Watson! Y es mujer; se llama Teresa Lisbon. Y ella es su jefe, así tal cual. Y su dinámica funciona porque ella es su brújula moral, aquella que le dice al niño prodigio cuándo es que tiene que parar de hacer eso que tanto perturba a la gente. Es esa amiga que le señala cuando algo está haciendo mal y él no es capaz de verlo. Y su relación funciona porque evoluciona entre capítulo y capítulo. Y también está el resto del equipo: Wayne Rigsby, Kimball Cho, Grace Van Pelt, la red de ayuda que facilita las cosas dentro de CBI. Y luego está Virgil Minelli que es mil veces más Lestrade que aquel que se le ocurrió parir a Elementary. Y también apareció una moderna Irene Adler con el nombre de Erica Flynn; tan inteligente como para poner de cabeza al mismo metalista.

Ahí lo tienen, una serie de televisión que no aspirar a ser la mejor de la parrilla televisiva sino a ofrecerte una historia original sin olvidarse de lanzar pequeños guiños a un personaje que ha trascendido a los libros. Para mí, The Mentalist funciona porque no pretende llenar la grandeza de Holmes sino que busca su propio espacio y, entre ese espacio conseguido, se da tiempo para incluir esas referencias y homenajes al personaje de Doyle sin que este abarque todo el panorama. No se escuda bajo ningún nombre, ni pretende igualarse. Ahí es donde radica su grandeza.

Y ojalá los dioses de la CBS y los creadores de esta serie tengan la amabilidad de escuchar mis plegarias para que esta sexta temporada sea la última de la serie. The Mentalist se merece eso y está en su mejor momento para irse. Se me haría muy injusto que extendieran la serie un par de temporadas más de manera innecesaria; los espectadores no se merecen eso. La trama no da para más, la han alargado demasiado (admito que me pareció un poco tedioso el estira y afloja de la cuarta y la quinta temporada). He visto series de televisión que fueron exprimidas hasta decir basta. Mi serie favorita, The X-Files tuvo episodios finales que me hicieron dormir sobre el sillón del nivel de aburrimiento que me produjeron. Y, por otro lado, están esas series como Breaking Bad que hace apenas unos días fue despedida con un público cibernético que la ovacionó de pie hasta el final. Espero que The Mentalist sea de esas series que saben decir basta e irse con dignidad aun cuando están a tiempo. Sería una pena muy grande si algo como eso no pasara.
Y aquí terminan mi opinión: Algo raro pasa cuando identificas más a un personaje literario en un protagonista diferente y muy distante a aquel que lleva su nombre.

And now, let me alone! 
Go away and drink tea. :)