6 mar. 2014

Día 17 — Una obra de arte (pintura/dibujo/escultura/etc)


Probablemente escogería La noche estrellada, de Vincent Van Gogh. Si me lo hubieran preguntado hace varios años elegiría el Guernica de Pablo Picasso. No sólo la hubiera escogido como obra favorita sino que además desearía tenerla enmarcada y colgada en mi habitación, aun a pesar del torrente de emociones que implica mirarla. Mi objetivo era jamás olvidar el horror de la guerra, y no les miento cuando les digo que ese cuadro en particular siempre me impactó. Desde que lo vi por primera vez cuando era muy niña, en un libro sobre arte que descansaba en el librero de la casa de mi abuela, una herencia no especificada que nos dejó mi tío abuelo Mario cuando falleció, donde también aparecían varias obras de Van Gogh, entre ellas ésta que elegí.

El Guernica de Picasso impacta de golpe por su crudeza, aun cuando no conoces la historia del bombardeo que sufrió esa ciudad 1937. Dos de las secciones que más me afectaban era la del caballo gritando y la de la madre sosteniendo entre sus brazos a su hijo asesinado. Pero el artista fue bastante específico en vida respecto a la obra y cuando lo supe abandoné toda intención de conseguir una réplica para colgarla en la pared: No, la pintura no está hecha para decorar las habitaciones. Es un instrumento de guerra ofensivo y defensivo contra el enemigo. Y cuán efectiva ha resultado; no hay que olvidar que en el 2003, cuando George W. Bush ingresó a la ONU para defender su necesidad de invadir Irak la réplica del Guernica tuvo que ser cubierta por un fondo azul para evitar el bochornoso sentimiento de defender una causa injusta.


Pero mientras el Guernica de Picasso no es una obra tan personal, sino que se mueve al compás de un sentimiento y una aberración a la guerra casi universal, reconocida y aclamada apenas al ser expuesta al público, La noche estrellada de Van Gogh adquiere matices más íntimos y privados debido a que nunca se reconoció su talento en vida. Nadie veía lo que él veía. Los cuadros de él reflejan la vida atormentada de un artista nunca valorado y quizá esa es la razón de elegirla como favorita. Una pintura tan mágica y vistosa retratando las noches de Saint-Rémy-de-Provence no tendría problema alguno en colgar de la pared de mi habitación, brillando día y noche por cada vez que alguien ignoró su talento mientras él vivía.

Hay un episodio de la serie británica Doctor Who en el que se redime al personaje, o más bien se le trae al presente para que sepa que todo su trabajo sería apreciado en años posteriores a su muerte. La trama transcurre mayoritariamente en la época del pintor y está repleta de fantasía más que de realidad, pero en la recta final nos encontramos en la actualidad con el Doctor (un Señor del Tiempo), su acompañante Amy Pond y el propio Van Gogh, recorriendo una galería del Musée d'Orsay en París —que tiene una exposición de sus obras— mientras diversos visitantes contemplan los cuadros con atención y admiración. Y el pintor no se la creé.

Hay un momento en esta escena *casi* final en la que el Doctor llama al conservador del museo para preguntarle qué posición ocupa Van Gogh en la historia del arte, y éste se desvive describiendo su grandeza:

“Para mí, Van Gogh es el mejor pintor de todos los tiempos. El más popular, el más querido. ¡Con ese magnífico dominio del color! Transformó el dolor de su atormentada vida en una extasiada belleza. El dolor es fácil de retratar, pero usar la pasión y el dolor para retratar el éxtasis, la alegría y la grandeza de nuestro mundo nadie lo había hecho nunca; y pueda que nadie lo haga jamás. Para mí, ese hombre extraño y salvaje que vagaba por los campos de Provenza no solo fue uno de los artistas más grandes del mundo, sino también uno de los más extraordinarios seres humanos que han existido jamás.”

Todo esto sin que el conservador sepa que Van Gogh está justo a su lado, llorando por las palabras dichas; por el reconocimiento jamás dado en vida. Es quizá uno de los episodios más preciosos de la serie y cualquiera que haya estudiado —incluso superficialmente— la vida y obra de este artista difícilmente puede mantenerse estoico ante esta escena. Eso o yo soy una sentimental empedernida. Porque, vamos, muy en el fondo la mayoría de nosotros desearíamos regresar al pasado traer a este hombre al presente y decirle que algún día se levantarían edificios, escuelas, calles, avenidas y estatuas con su nombre enmarcado en ellas; y que sus pinturas se replicarían y venderían por millones convirtiéndose en el pilar del posimpresionismo, enseñando a observar la belleza de nuestro entorno donde otros sólo impregnan rutina y normalidad.

Me quedo a tus pies, Van Gogh, enseñándome a mirar las noches estrelladas desde pequeña. :)  

1 mar. 2014

Día 16 — Una canción que te hace llorar (o casi llorar)

Amigo Félix de Enrique y Ana. Esta fue una de las primeras canciones que nos enseñaron en el kínder, y había una razón particular para ello: eran mencionados diversos animales. La maestra solía señalar un pictograma magnético pegado al pizarrón cada vez que uno de ellos era nombrado mientras entonábamos la canción. Era la forma que ella utilizaba para que relacionáramos un sonido con una imagen y una palabra (debajo de cada figura aparecía el nombre del animal en cuestión). Lo tengo demasiado presente porque fue probablemente una de las primeras veces en las que no tuve reparo en corregir a un maestro. Había un pictograma con un oso polar y un osito pequeño, de tal forma que cuando la última parte del estribillo llegaba (“… quiero ir contigo a jugar un ratito con el osito de la Osa Mayor”) la maestra lo señalaba. Le dije a ella que la Osa Mayor no era un animal sino una constelación, un conjunto de estrellas que podíamos ver todas las noches y que, además, no tenía forma de oso. La maestra entonces me habló del sentido figurado y del sentido literal, no con ese lenguaje ni con esas terminaciones, pero más o menos me explicó de forma básica lo que yo necesitaba saber. Mi siguiente pregunta ya no tuvo nada qué ver con las constelaciones ni con animales sino con otra incógnita que mis compañeros y yo teníamos desde hace días y no nos atrevíamos a preguntar porque a esa edad hablar de la muerte es un tabú muy grande: ¿Quién es Félix? Los otros niños apostaban a que Félix, era Felix el gato, ese minino negro con blanco que se remontaba a la época del cine mudo. Yo les decía que no podía ser así porque el hecho de ser un dibujo animado le daba la inmortalidad que otro ser no podía tener. Lo que sí estaba bastante seguro era que Félix debía ser un animal (¿o por qué otro motivo los demás animales dirían que esa mañana estaba más triste el sol?), la maestra sólo nos dijo que Félix era un amigo de los animales que se había ido al cielo, y con eso zanjó un tema que seguiría siendo tabú.

Dos o tres años después de aquellos pictogramas y aquella canción me encontré hojeando por casualidad una vieja edición de Selecciones de Reader's Digest, una década más añeja de lo que yo era. Una revista pequeña carcomida por el polvo y el tiempo, era de los años 80’s. De repente me topé con un artículo donde aparecía aquella imagen de un hombre abrazando a un lobo. Y luego abrazando a un lince. Y luego a un águila. A una nutria. A un halcón. A un búho. A un cuervo. A un delfín. A un osezno. Su nombre era Félix Rodríguez de la Fuente, el amigo de los animales, fallecido en un accidente aéreo en las montañas de Alaska un par de años atrás. Era aniversario de su muerte. No armé el rompecabezas en mi cabeza hasta llegar al final, al último párrafo, donde mencionaban que el dúo español Enrique y Ana le habían dedicado una canción llamada Amigo Félix, que se convirtió en todo un clásico de la música infantil… No lo podía creer: Félix había existido y no era un dibujo animado, ni otro animal cualquiera, era una persona de carne y hueso que había dedicado su vida a decirle a otros qué tan preciada es la existencia de esos seres que nos rodean en la naturaleza. Aun recuerdo haber cerrado la revista, irme a mi habitación, tirarme en la cama boca abajo y llorar. Llorar mucho por una persona a la que jamás conocí. Cuánto habría deseado que la Osa Mayor no fuera una constelación, sino un animal de verdad y que le permitiera a él, a Félix, jugar un ratito con su osito en las noches más estrelladas de mi ciudad. Quizás entonces, al día siguiente, no se sentiría tan triste el sol.