28 oct. 2014

Book Tag: ¿Esto o esto?

JOYITAS. :)
1. Audio libro o libro físico.
Libro físico, totalmente. Pero también me parece justo señalar que sólo he escuchado dos audio libros en mi vida y uno de ellos era narrado por una misma persona, así que tampoco es que le haya dado una oportunidad justa para brillar por sí mismo. Aun así, el libro físico me enamora; poder palparlo, hojearlo, tocarlo, olerlo, ufff… ¡Insuperable! ¿Acaso hay algo más placentero que oler un libro antes de leerlo? :’)

2. Tapa dura o tapa blanca.
Eh, vaya dilema ¿no? Por comodidad, la tapa blanda es más fácil de sostener en alguna de las mil quinientas poses del kamasutra literario que usamos al leer. Pero por estética, la tapa dura es toda una joyita; más cara eso sí, pero más firmes y visualmente más atrayentes. Me quedaría con la tapa dura sólo por eso.

3. Ficción o no ficción.
Tomando en cuenta que desde pequeña he utilizado los libros para huir del mundo que me rodea está de más decir que el género de ficción me atrae mucho más que otra categoría. La literatura para mí siempre ha significado una válvula de escape insustituible y aunque también leo literatura de no ficción ésta suele afectarme más de lo que debería. Me resulta demasiado realista y por lo tanto más moldeable a la vida real por inercia propia. Eligio la ficción.  

4. Fantasía o real.
Lo mismo que lo anterior: fantasía. Aun así, el género policial y detectivesco siempre me han atraído, por poner un ejemplo... A saber si eso entrará dentro de lo real pero fantasía no es, ¿verdad? xD Creo que la fantasía añade una pizca de irrealidad a la historia que, como mencioné anteriormente, siempre me ayuda a zafarme de la rutina del mundo real que muchas veces me resulta cancina y agobiante.

5. Harry Potter o Crepúsculo.
Jamás en la vida he leído Crepúsculo (leer las primeras 30 páginas no cuentan como lectura en sí) y no pienso leer esa saga ni mañana ni nunca, así que elegiré Harry Potter. No me he considerado una pottermaniaca de corazón, pero es un personaje que me ha acompañado desde que tenía 12 o 13 años y crecí con sus libros y películas, a pesar de que no he leído todas las novelas ni visto todas las películas. #OLAKEASE

6. Kindel o iPad.
No tengo ninguno de los dos pero escogería el Kindel, más que nada por el precio. Me parece innecesario comprar un iPad para leer libros.  

7. Libro prestado o comprado.
Comprado, siempre. No me gusta prestar libros ni que me los presten. Si me los prestan me los quiero quedar para siempre y eso, hasta donde yo sé, es robar. Así que evito pedir prestado libros y cuando lo hago me pesa muchísimo regresarlos… pero si no los regreso a tiempo también me carcome la conciencia por dentro, ¿quién me entiende?

8. Librerías u online.
Me parece una elección fuertísima, ¿eh? En las librerías físicas es extraordinario poder toparte con el libro en sí; lo ves, lo puedes tocar, palpar, checar su textura y dimensiones. Eso es algo que no puedes hacer en la tienda online, además que la entrega es inmediata. Por otro lado, por Internet puedes buscar un libro a todas horas, en todo momento e incluso buscar una variedad de preciosos en otras webs sin que se te despeine la cabellera ni sudar un poco. Incluso, a veces, son más económicos en Internet (para solventar el envío por paquetería, creo yo xD). Tienen sus pros y sus contras pero como en mi ciudad no hay ni una sola librería, así que únicamente me queda la segunda opción.

9. Sagas o libros autoconclusivos.
Cuando la saga es muy buena y la trama está perfectamente equilibrada en todos sus libros (una hazaña titánica) no tengo problemas al leerlas, pero por lo general agradezco infinitamente los libros autoconclusivos. Mis respetos para el autor que es capaz de contarte una historia extraordinaria en sólo 300 páginas.

10. Largos o cortos.
También depende muchísimo del autor y yo me acoplo perfectamente a ello. Clásicos como 1984 o Un mundo feliz tienen tanta densidad argumental que no necesitan más que una centena de páginas para revolverte las entrañas. He leído libros de 700 páginas más vacios que Chernóbil.  

11. Románticos o de ficción.
Ficción. Hasta el sol de hoy los románticos no me pasan xD. Cuando eso cambie yo les aviso.

12. En la manta o tomando el sol.
¿Nunca he mencionado que detesto que me dé el sol? Me da mucha comezón, me requemo de una manera horrible y me doy mucha penita xD. Elijo la manta, de noche, en invierno, con las luces del árbol navideño encendidas y un chocolate caliente en mi taza térmica de Sherlock :)

13. Chocolate o café.
CHOCOLATE, aunque el café también me parece maravilloso… y si es mocachino mucho mejor. La perfecta fusión de ambos mundos :)

14. ¿Lees opiniones o decides por ti?
Suelo leer opiniones, generalmente de blogger que tienen más o menos los mismos gustos que yo. Aunque cuando veo un libro interesante a un precio absurdamente barato no pierdo la oportunidad de comprarlo sin importar si he leído sobre él o no. 

22 oct. 2014

—¿Subimos al faro? —Sí, ¿qué tan difícil puede ser?

No, si desde aquí hasta chiquito se ve.
—¿Compramos agua antes de subir?
—No ¿para qué?, ¿tienes sed?
—Yo no.
—Yo tampoco. Subamos así.
--------------------------------
Esta conversación se dio entre dos personas inexpertas que un día, así de golpe, por cosas del destino que ni ellas mismas saben explicarse por qué, decidieron subir a uno de los faros naturales más grandes del mundo para intentar ver la ciudad que lo alberga desde allí, desde la cima misma; intuyendo, claro que una vista paradisíaca los esperara en los confines del mundo, en el fin de la tierra. Digamos que estas dos personas eran familiares. Digamos que eran padre e hija. Incluso cometamos la grosería de revelar sus identidades: ella se llamaba Linda Murúa y el José Ramón. Y entre los dos no se hace ni uno.

Pongámonos a pensar un momento (porque eso es precisamente lo que nosotros no hicimos aquel día): los otoños en Mazatlán son calurosos; llámalos como quiera pero eso es lo que son, pegajosos y calurosos. Ante la disyuntiva de ver cómo matar las 4 horas que faltaban para que a mi padre le entregaran los resultados de sus análisis de rutina tuvimos que elegir entre dos opciones: 1) ir a la Gran Plaza y recorrerla de palmo a palmo, perdiéndonos entre sus pasillos con el aire acondicionado a tope y tragando cuanta chuchería se nos pusiera enfrente mientras veíamos cómo la vida era demasiado generosa con nosotros o 2) subir al faro de Mazatlán sin el equipo mínimo necesario y sintiéndonos eternos sabiendo que no lo éramos. Adivinen cuál de las dos cosas fue la que escogimos. Ajá.

No habían pasado ni 30 minutos de habernos zampado un desayuno de campeones y tragarnos medio litro de jugo de naranja cuando ya estábamos al pie del cerro del Crestón orgullosos de nuestra magistral iniciativa que iba entre el carpe diem y el YOLO. La conversación que encabeza este post nació allí, a las faldas de la montaña que con sus 152 metros de altura no le envidiaba nada, pero nada, al Everest (digo, por lo menos el Everest está nevado). El puesto de comidas y bebidas estaba a menos de 10 metros de donde nosotros estábamos pero como no teníamos sed pues vale, aventémonos del avión sin paracaídas y bravo. GRAVÍSIMO ERROR. De hecho, el primer grave error fue tragarnos bien y bonito la placa que nos daba la bienvenida al lugar donde se señalaba que llegar hasta la cima te tomaba únicamente 25 escasísimos minutos. Darte una ducha te toma más tiempo, ¿verdad? Y nosotros, saltándonos todo los parámetros de lo saludablemente lógico decidimos subir esos 152 metros con zapatos de vestir, camisa negra, pantalón, una mochila que pesaba más que nuestra moralidad Y SIN UNA GOTA DE AGUA PARA TOMAR, a plena 10:30 de la mañana, con el sol a tope y sin una ráfaga de viento que nos protegiera del golpe de calor ¿A QUIÉN EN SU SANO JUICIO SE LE OCURRE HACER ESO? ¿Quién puede creer que algo así pueda salir bien? De hecho, yo me arrepentí de emprender esa misión a los 20 segundos de empezar a caminar, cuando mis muslos se tensaron y ya no respondieron. Ni siquiera sé cómo continué caminando hasta la cima entre tanta miseria. Mi padre incluso tuvo ánimos de tomarse fotos conforme iba subiendo, ¿HOLA? Yo me negué a tomarme fotos, sería como fotografiar a Jesús de Nazaret durante el Vía Crucis y me dio mucha pena propia. Si las imágenes salieron poco decentes no fue por culpa de la cámara sino por mi pulso de maraquero agonizante a punto de sufrir un infarto.

Mega zoom al caminito (fotos tomadas el día que perseguí al sol)

Nos detuvimos como 10 veces de subida mientras veíamos con impotencia cómo otros se nos adelantaban en el camino o peor aún, bajaba de allá con una sonrisa en los labios de orgullosa satisfacción. Y aquí incluyo a señoras que probablemente tenían más años que mi abuela. En un momento dado vimos pasar a una pareja de estadounidenses que amablemente nos saludarnos mientras nosotros olvidábamos todos los idiomas del mundo, incluyendo el español, y sólo nos enfocábamos en respirar al ras del camino, tirados junto a nuestra ancha dignidad. Creo que lo único que brotó de nuestras bocas fue un sonido intangible entre el respiro del que agoniza y un Good morning! que sonó más a francés que a inglés.

Llegó un punto en el que de verdad creí que me iba a morir. Conforme más subíamos veíamos con impotencia cómo el cerro no tenía fin, avanzaba más y más, crecía (¡jodido cerro grosero!), salían rocas de donde antes no las había. Lo super mega pesado del camino ocurre cuando comienzan las escaleras. Conté hasta 58 pero perdí la cuenta cuando me di cuenta que eran exageradamente demasiadas ¡Cómo carajo te aferras a eso! Por un lado hay un acantilado y por otro un ramerío del que podrían salir serpientes, drogadictos y poetas. Cuando solté la mochila que traía colgando fue cuando en verdad pensé que la palmaria allí, a cien metros encima de la ciudad donde nací. Debajo del sol implacable y ninguna sombra que nos protegiera. No podíamos caminar más porque las piernas ni siquiera nos respondían y sentíamos que el corazón se nos iba a salir ¿Cómo pides ayuda allí, en medio de la nada? ¿Hay algo más impotente que estar rodeado de un océano entero, con toneladas y toneladas de más agua y no tener al alcance aunque sea un litro para echártelo en la cara? Cuando necesitas ayuda médica qué haces ¿subes o bajas? ò____ó En ese justo trayecto incluso hay una desviación de tierra que no conduce a ninguna parte salvo a una caída libre de cientos de metros hasta llegar al mar. Ya saben, el camino más fácil siempre es el suicidio. Es como abandonarte en una isla desierta con una pistola cargada y una bala. Una generosa invitación.

Por allí cerca, ya casi en la cima, nos rebaso un pitbull y su dueño, ni siquiera se despeinaron cuando pasaron a nuestro lado. No habían pasado ni siquiera cinco minutos cuando ya venían de regreso como si fuera la cosa más absurda y fácil de mundo. No lo es, lo juro. Los últimos 20 escalones hasta los contamos y al dar la última vuelta todas las ideas de morir sin dignidad se esfumaron cuando vimos el letrero celestial que señalaba la diferencia entre la vida y la muerte: “SE VENDE AGUA, REFRESCOS Y GATORADE” ¡Dios bendito! Juro que incluso vi a San Pedro dándonos la bienvenida y los arcángeles entonando ¡Aleluya! Mientras Beethoven escuchaba y el aíre corría generoso mientras un perrito mestizo se acerca moviendo el rabo. De todo esto creo que sólo el perrito era verdad.

El agua de 500ml en el fin de la tierra cuesta $10 por si estaban con el pendiente. Le dije a mi padre que me despidiera de mi familia cuando bajara por yo me negaba a salir de allí. Me quedaría a vivir en ese lugar hasta que construyeran una tirolesa, un elevador o lo que llegara primero. Le ayudaría al velador a encender el faro y caminaría alrededor del edificio hasta la segunda venida de Jesús o cuando el foco gigante se fundiera; lo que llegara primero. Después él me recordó que allá en la cima no hay internet y fui la primera que puso un escalón en el camino de regreso. Lo cierto es que duramos unos 40 minutos allí y consumimos el 80% del agua potable que tenían de reserva en la nevera. La vista, eso sí, es PRECIOSA y ninguna fotografía logra hacerle la justicia que se merece. Frente a nosotros estaba un señor de unos 75 años que se sentó cinco minutos y pum otra vez de regreso. WHAT?!!!

El regreso fue más sencillo pero no por ello más bonito. A esas alturas las piernas nos temblaban como pototito masticado pero por lo menos el corazón ya no amenazó con detenerse. Más curioso fue ver cómo a lo largo de la tarde nos topamos con varias personas del faro en distintos puntos del centro de Mazatlán… Tal vez no eran personas, tal vez eran ángeles \(.__.)/

¡Juro solemnemente que no lo volveremos a hacer (por lo menos no así, a lo bruto)!   

¡Sobrevivimos pero estamos muertos!

15 oct. 2014

"¿Un héroe del espacio? Un criminal de guerra..."

Título: El viento en la luna 
Autor: Antonio Muñoz Molina
Editorial: Seix Barral
Año: 2006
Páginas: 320
ISBN: 9788432212277

Existen libros que me gustaría que jamás terminaran. El viento de la Luna de Antonio Muñoz Molina es uno de ellos. No es que sea extraordinario, ni una obra contemporánea sin precedentes, sino precisamente todo lo contrario. Es la cotidianidad que empapan sus páginas la que me enamoró desde el principio. Y es que Muñoz Molina tiene una narrativa encantadora e hipnótica; nada fácil de conseguir si nos hacemos a la idea de que está contado desde el punto de vista de un joven y en primera persona.

La historia se sitúa en el memorable julio de 1969, mes en el que la nave Apolo XI se posó sobre el Mar de la Tranquilidad en la Luna. Pero este épico momento, que quedó grabado en la memoria de tantos millones de personas, es únicamente un referente a la novela misma, que nos adentra de lleno en la ciudad de Mágina donde vive nuestro protagonista, un niño que dejó de serlo no hace mucho tiempo y que vive entre libros, folletos, recortes, revistas y obsesiones ante ese alunizaje que parecía provenir de las mismísimas páginas de los relatos de Verne.

El libro me conmovió por su ternura, pero sobre todo por su realismo, retratando con ello una de las etapas más difíciles de la España de la dictadura, vivida a través de los ojos de una familia rural promedio; una de aquellas que aun se resistían al cambio: de lo antigüedad a la tecnología, del pozo de agua a la nevera, de la radio a la televisión. La prosa de Molina juega con el lector de una manera tan maravillosa que tardé un buen rato en darme cuenta que después de leer un tercio de la novela aun no pasaba nada que considerara un parte aguas en la trama. No sería sino hasta la mitad del libro cuando repararía en el hecho de algo que debió de ser obvio para mí desde un principio: El viento en la Luna no pretendía mostrarme una trama enmarañada sino una cotidianidad palpable y genuina que evocaba un año decisivo visto a través de los ojos de un joven. Me pregunto si será una especie de autobiografía. El remolino de emociones que experimenta el chico sobre cómo enfrentarse a la rutina de los días en el campo, o el mundo hostil con el que se topa cuando va al colegio me ha calado bastante hondo. Me identifico con él, aunque ni siquiera sabría decir por qué. Quizá por su mente brutalmente racional y tajante, por su ímpetu de poner la razón sobre la superstición. Quizá por esa obsesión desmedida de huir de ese entorno que lo abruma, o porque a lo largo de las páginas sólo piensa en perderse lejos, en la Luna, o entre párrafos de libros que le han regalado mientras su padre mira preocupado el hecho de pensar que su hijo no quiera cuidar las huertas donde crece, aquellas que le corresponden por derecho más que por amor a ellas.  

Un libro chiquito que me llevó tres meses leerlo y ha sido todo un acierto maravilloso a tal grado que pienso hacer una relectura pronto porque lo vale y sobre todo porque en ningún momento lo sentí pesado ni cansino y eso se agradece eternamente. Duró tres años empotrado en mi librero sin atreverme a tomarlo. Ahora me arrepiento que me haya tomado tanto tiempo darle una oportunidad que en verdad se merecía.

o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o

Títulos: La noche en que Frankenstein leyó el Quijote
Autor: Santiago Posteguillo
Editorial: Planeta
Año: 2014 (México)
Paginas: 230
ISBN: 978-607-07-2056-7

Cuando me enteré que Santiago Posteguillo había publicado un ensayo sobre la vida secreta de los libros, sólo rogué que tuviera la mitad de grosor que el tocho de 1200 páginas de su autoría que pueblan las librerías de mi país desde hace un tiempo. Por suerte La noche en que Frankenstein leyó el Quijote únicamente tiene 200 páginas y se lee en no más de tres días; algo imposible de hacer si nos enfocáramos en Los asesinos del emperador. De hecho, la letra es grandísima y las historias que narra suelen ser cortas, lo cual siempre se agradece. Y es que, si hay algo que me fascina hacer después de zamparme una novela con una densidad argumental considerable, es leer un libro de transición. Algo sencillito que sólo sirva para despabilarme un poco y recordar lo divertido que es disfrutar de una lectura sin tener a mis neuronas divididas por función respecto a la trama, el ambiente, los personajes y sus giros argumentales.

Me gusta la prosa del señor Posteguillo por su sencillez; la transparencia de su narrativa es una constante a lo largo de estas anécdotas literarias que algunas pecan de conocidas y otras engullen el recelo de no formar parte de la memoria colectiva y teorías conspiranoicas pero que resultan igual de disfrutables. Guardan dentro de sí la vocación de las letras y las palabras; la anécdota irrevocable del momento que les dio vida, desde Dickens, hasta Austen, pasando por Cervantes, cruzando por Tolkien, mencionando a Rowling, evocando a Dumas, retando a Shakespeare, exhibiendo los pecados de Dostoievski y la incomodidad ridiculizada de la KGB, todo tiene cabida aquí, en doscientas páginas que saben a la nostalgia más pura.

¿Recomendado? Sí. Un libro ligero que no ofrece más de lo que nos dice, empapado con diálogos inventados y párrafos existentes, que personalizan y le añaden ese aire novelesco a historias que en un principio sólo guardan la veracidad de las fuentes que así lo afirman y la fe de creer que fue así como ocurrió para adentrarnos como intrusos pasivos a la creación de los clásicos que, aunque muchos no los hemos leídos, nos miran pacientes desde nuestras estanterías sabiendo que tarde o temprano los tomaremos y los invitaremos a habitar para siempre en nuestra mente.