25 feb. 2015

Farewell, The Mentalist! (2008-2015)

Robin Tunney & Simon Backer
(Vía @SnappyToes)
No creo que The Mentalist, a golpe de guión y de trama, haya pretendido alguna vez ser grande. Hace más de siete años logró abrirse un rincón sólido en la franja televisiva norteamericana y ya no se movió. Sentó una base de telespectadores que se deslizaba fácilmente entre la gente joven y la adulta con un rango amplio de edades que pocos shows podrían poseer. Es precisamente ahí donde brilló, fue precisamente a ellos a quienes le rindió cuentas cuando la trama principal llegó a su punto máximo la temporada pasada y fue ahí mismo donde el 18 de febrero asentó su despidida definitiva. The Mentalist se va dando todo lo que podía ofrecer (incluso más) y deja tras de sí una estela dulzona pero sincera y repleta de honestidad.

Este show no vino a ser un parte aguas en la estructura o en la forma de las series procedimentales. Cuando mucho, tenía la peculiaridad de que sus episodios poseían como títulos palabras que evocaban un específico color. Una simple curiosidad que no iba más allá de la mitología de la propia serie. A partir de ahí se podía perder fácilmente entre tantos otros programas que ofrecían, en mayor o menor medida, lo mismo que éste nos ofrecía, salvo ciertas variaciones en la trama (Castle, CSI, Elementary, Criminal Minds, Forever, Perception).

Ahora que la serie ha concluido vale la pena hacer un ejercicio de honestidad y mirar a atrás para señalar los fallos: Bruno Heller y compañía se olvidaron totalmente de la Asociación Blake, lo cual resulta un poco imperdonable. La organización criminal de un asesino sin escrúpulos queda atascada y coronada entre la corrupción de las fuerzas del orden y el gobierno norteamericano… O eso es lo que nos dan a entender. Heller le da un carpetazo definitivo al caso donde se cimentó la caída y redención de Patrick Jane; olvidándose que como espectadores merecíamos saber más. No me resulta creíble que la muerte de Thomas McAllister haya cavado la tumba donde la sociedad impunemente se movía. No es así como se esfuman estas cosas. Si muere el líder, entonces es sustituido por otro.

Ahora, si evocamos el egocentrismo del propio protagonista podríamos asimilar la indiferencia. El mentalista no era un heroico personaje que quisiera redimir a los delincuentes más peligrosos de California y eso lo supimos desde el principio. Su inclusión como consultor para el CBI fue únicamente para tener acceso a los expedientes de los casos donde el famoso asesino plasmó sus pasos. Cuando lo tuvo —literalmente— en sus manos se deshizo de él y continuó con su vida. Ese era verdaderamente su objetivo. No desarticular la asociación creada por el multihomicida ni desentrañar los secretos de la misma y sus integrantes. Él sólo quería justicia por el crimen cometido; para honrar, hasta los límites de la venganza, a su esposa e hija. El otro desliz en la trama ocurrió con Michelle Vega. La joven agente marcial se paró con firmeza ante un elenco que ya se había solidificado desde la temporada anterior y llegó con tanto temple como educación y carisma hasta tal punto que su muerte fue considerada tan dolorosa como innecesaria. Vega no tenía que morir, no había motivo para ella. Su deceso únicamente sirvió para poner a Jane en la disyuntiva de no saber qué hacer con su vida laborar y cómo afectaba el hecho de que Lisbon tampoco quería abandonar su trabajo. Sin embargo, el destino de la chica no tenía por qué ser así. La muerte sorprende porque The Mentalist no era un show que se caracterizara por asesinar a personajes innecesariamente. El atentado contra Michelle fue una salida fácil ante el escaso tiempo de la temporada para llevar Jane hasta el límite de sus nervios (que eso de perder a su familia también tiene su duelo) y marcar un ultimátum más para sí mismo que para la propia Lisbon.     

El triduo de episodios finales que comenzó con Byzantium (07.11) y alcanzó su desarrollo total en Brown Shag Carpet (07.12) para concluir con un entrañable White Orchids (07.13) homenajeó con loable honor lo que mejor hizo la serie en sus años dorados, cuando la trama de Red John aun se evaporaba en el aire: evocar el ocaso de un asesino en serie. Lazarusel que se levantó de entre los muertos— sirve como réquiem a la memoria del despreciable antagonista, ese mismo que opacó con perversidad las últimas temporadas tiñéndolas de rojo sangre, mientras un rostro sonriente brillaba como firma con dedicatoria en cada uno de sus trabajos realizados. Una sombra en la que la poesía de William Blake se transpiraba con escalofriante ligereza y que se desbordó sin reparo en The Great Red Dragon (06.07) para dar una última despedida magistral en Red John (6.08). Los últimos dos episodios incluso se dan la oportunidad de plantar guiños fácilmente reconocibles para quienes siguieron la serie desde el principio, cerrando de esa manera un círculo  casi perfecto y saciable para la mayoría, donde las fans tenían pocos fallos por señalar.

Byzantium (7.11) se encarga de inaugurar esta triada enfocada en el caso de Joe Keller, quien retrata la personalidad de Red John sin atiborrarse de ella; simplemente como fidelidad al crimen. Al final, Keller es más la reminiscencia misma de su padre (un asesino jamás capturado) que el alter ego del sheriff McAllister; pero resulta inevitable apreciar las similitudes entre ambos. Entre ellas, la necesidad irrevocable de contactar con Patrick Jane cuando éste los expone como seres dañados frente al público y la manía de marcar a los charlatanes asesinados. A los fans más acérrimos de The Mentalist la resolución del caso final les habrá parecido sosa, por no decir ridícula y no es que estén muy equivocados, eh. Por una parte, es de admirar que se las hayan arreglado para traernos una trama cíclica, circular, con su principio tan interesante y un final cerrado, pero la captura de Lazarus no deje de ser simplona y hasta graciosa. Personalmente a mi no me extrañó. La séptima temporada se enmarcó más en el desarrollo de los personajes que en los casos en sí, pasando estos últimos a un segundo plano, para dar cabida a la vida personal de quienes nos habían resultado ajenos durante tanto tiempo (una mención especial a Abbott).

El pasado de Patrick Jane se cuela apenas comienza el episodio, cuando le muestra a Teresa Lisbon el terreno que compró para construir su nuevo hogar. ¿Vas a quitarte tu alianza de bodas? Probablemente ninguna pregunta había calado tan hondo en la mente de Jane como ésta lo hizo. Quizá nos pegó tan fuerte como espectadores porque tampoco la esperábamos (aunque teníamos meses deseándola) y la desolación que impregna la música de fondo dota de esta escena con una densidad incómoda cuando en realidad era una invitación ciega a la esperanza. Y es que a estas alturas es bastante obvio que la mente de Patrick está lejísimos de la nuestra. La barrera invisible que él mismo ha levantado sobre su pasado impide ver más allá de escasísimos flashback a lo largo de los años. Es algo tan personal que ni siquiera Lisbon se había atrevido a hacer esa pregunta. Y de hecho, no tardó en arrepentirse: Apenas hizo su segunda aparición Rick Tork (Little Red Book 04.02) —con la misma ineptitud verbal que la primera vez— cuando ya había arrastrado sus pies hasta Jane para ofrecerle disculpas.

Los dos últimos episodios transcurren con la estructura narrativa típica del show pero siempre remarcando con protagonismo la evolución de Jane y Lisbon como pareja sin olvidarse tampoco de la aportación del resto del equipo (o la aparición festiva de la familia de Lisbon, que acapara la atención apenas se muestra en escena XD). Todavía más memorable resulta la ayuda que Cho aporta en la elección del vestido de novias; o la firma de papeles para la boda y el primer vistazo que Lisbon le da a su anillo y se muere de la risa. La fortaleza de Wayle en el arco final también merece su mención o la aparición de Rigsby y Van Pelt evocando con nostalgia los tiempos en que la vida era un poco más dura y tenían que rendirle cuentas a una organización sin tanto rango como el FBI.

En fin, que The Mentalist se nos ha ido en un pestañeo y éste es sólo un pedacito de gratitud por los mejores tiempos. Hubiera deseado tener más cabeza para poder dedicarle el post que se merece pero vale la pena levantar la copa y recordar aquellos gloriosos años de asesinos sin rostro, con posdatas macabras y la eterna carita que te sonreía sangrienta desde la pared desteñida en el palacio en ruinas de un reconocido charlatán.

Eso sí, sigo manteniendo la postura de que el momento cumbre en la mitología de Red John siempre será el final de Strawberries and Cream II (03.24).

Salud. Y gracias por el té. 
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Más sobre The Mentalist en el blog.

18 feb. 2015

¡Buenos días a la vidaaaaa, buenos días al amoooor! Turururú.

Umi Murúa. 
Hablé de un inminente colapso mental en mi publicación pasada. La he leído ayer por primera vez desde que la publiqué y hasta me he dado el permiso de sentir cierta ternura. El colapso mental inevitablemente llegó y vino acompañado del peor ataque de ansiedad que he sufrido alguna vez en la vida.

Ocurrió el viernes pasado y no se detuvo sino hasta el sábado a medio día. No sólo fue horrendo, sino desagradablemente humillante. Para ese entonces ya tenía dos problemas encima: vértigo y dolor en las encías por las muelas del juicio —que a su vez provocaban cierto dolor de cabeza— así que técnicamente yo era una bomba de tiempo a la que sólo le faltaba el ajuste necesario para estallar. Ya me había notado media rarona días antes: mientras veía algún video en el celular sentía un bajón tremendo, como esa especie de vacío que sientes en el estómago cuando vas en autobús y bajas de repente por un desnivel en la autopista, o al sentir cómo el elevador en el que vas se pone en marcha. Pero, a diferencia de estos dos ejemplos, después del bajón llegaba la taquicardia, las piernas flácidas, las manos heladas, la tensión en el cuello y esa sensación inminente de que pronto iba a morir… Así, de repente; de un infarto fulminante, una embolia y yo qué sé.

Ahora que lo pienso suena absurdo pero no mentiré al decir que en ese instante la pasé FATAL.

La crisis fuerte llegó después de estar un rato usando la laptop y de un apagón que hubo en el barrio de no más de dos minutos. El detonante fue probablemente el hecho de saberme sola en casa. No es que me da miedo la oscuridad —hace muchos ayeres dejé de temerle— sino el hecho de sentir el bajón ESTÁNDO sola en casa. Para los que no lo sepan, los ataques de pánico llegan de repente, sin aviso, y sus síntomas son muy parecidos a los de un infarto. Mi ritmo cardíaco cambió y yo sentí el golpe. Fue tremendo. El cuerpo entra en alerta máxima y esa sensación ya no te abandona: te sientes en peligro, pero miras alrededor buscando ese mal y no lo encuentras, entonces piensas que tu cuerpo está en alerta porque algo te va a pasar y lo único que se te viene a la cabeza es un infarto... Lógico ¿no? XD  

No sé si ya lo mencioné anteriormente por aquí pero no tengo miedo a morirme. No creo que vaya a dejar algo en este mundo que valga la pena, no más de lo que hay en este diario, por ejemplo. El miedo está en no saber cómo voy a morir y si va a doler mucho o no (de verdad espero que no). En esta crisis pasada estaba tan jodida, tan mareada, tan asqueada de todo, que me preguntaba muy en mis adentros por qué mi corazón aun seguía latiendo ¿En qué momento se tiene que detener? ¿Cómo será en el instante mismo que deje de latir? ¿Será mientras duermo? ¿Será en el consultorio? ¿Primero me desmayaré y luego moriré? Seguro sería un buen post.

Así que me dieron vacaciones en el trabajo ¡YEY! Pero no era así como me hubiera gustado pasarlas.

La verdad es que estaba llevando una vida muy bestia y sedentaria los últimos meses, que junto con el estrés y las preocupaciones pasaron factura y los resultados de los análisis sanguíneos hablaron: vértigo, triglicéridos elevados y anemia ferropenica. A la cama, dieta, ejercicio diario y vacaciones obligadas. Mis días de descanso me supieron a medicinas caras, consultorios médicos, lentejas, betabel y diarrea (porque para rematar me dio diarrea xD).

Estaba pendiente la operación de Umi. Mi perrita de 12 años cargaba un tumor de cinco centímetros en las ubres y había que operar porque ya estaba empezando a dar problemas dérmicos. El drama no fue que la operaran sino las idas a curar, tomando en cuenta que no tenemos auto y ya no podía caminar. Me las arreglé como pude. Pero un día, mi querido gatito que tanto amo, quiero y aprecio (¡bastardo malagradecido!) decidió que era muy buena idea pelearse con otro gatito del vecindario. El problema no es que se haya peleado, el problema es que el otro gato le clavó la uña en la frente y pues a los dos días tenía un absceso de pus que olía tan mal como se veía. Sí, mi gato se estaba pudriendo. EL.DRAMA. Al final conseguí llevarlo con el veterinario minutos antes de llevar a Umi, para que lo sedaran y pudieran sacarle tanta miseria acumulada.

A Umi tocará llevarla a retirar los puntos quizá este fin de semana y al parecer todo salió bien. ¿Yo me quité todo el estrés o descansé en estas vacaciones? No, ni de chiste. Lo bueno de todo esto es que me dieron un anti-depresivo por dos meses y aquí estoy repartiendo magdalenas y gardenias desde mi habitación hasta el ciberespacio.  Besitos vitaminados. :* 

2 feb. 2015

¿Pero éste drama de qué va y por qué yo no sabía nada?

Ehm, creo que necesito vacaciones. Así, como con urgencia.

¿Alguna vez han sentido esa terrible sensación de ahogo que se produce cuando aguantan la respiración por mucho tiempo? De pequeña me pasaba a menudo, casi siempre antes de dormir, cuando las luces se apagaban y la casa se quedaba a oscuras. Trataba de llenar mis pulmones de aire, pero no importaba cuánto inhalara, la sensación de insuficiencia se quedaba hasta que lograba dormirme. Tiempo después descubrí que eso que experimentaba era un ataque de ansiedad y aprendí a controlarlo (nunca totalmente). En aquel entonces el ataque se producía por miedo a morir dormida, por el terror que me producía la oscuridad o por el temor que me daba tener una pesadilla y mojar la cama (me pasaba muy rara vez y era horrible). Mi manera de evitarlo era dormir cerca de alguien —casi siempre con mi madre o mi hermana— y rozar con mis dedos parte de su ropa o su piel. Sólo ligeramente. Un poquito. Sentir que estaba tocando algo vivo me daba la seguridad de pensar que la vida no se me iría mientras dormía. Sí, suena estúpido, pero a los seis años eso evitaba que me sudaran las manos, me faltara el aíre y provocara que el corazón me latiera a mil por hora cada vez que era la hora de dormir. Otra opción era irme a la cama antes que todos, cuando las luces aun estaban encendidas y mis padres despiertos, pero casi nunca tenía sueño.

Con el paso del tiempo esos ataques de ansiedad se redujeron bastante; era extraño tenerlos salvo específicas ocasiones: exponer un tema frente a mis compañeros de escuela, realizar un trabajo en equipo, la entrega de calificaciones o cualquier cosa que implicara presentarme sola frente a una persona de mayor edad y autoridad. Sin embargo, sigo teniendo muy presente ese agobio, esa figurativa falta de aire que se produce cuando la ansiedad me supera (sin necesidad de que sea un ataque en sí) y se apodera de mi rutina durante semanas o incluso meses. Como una persona con Trastorno de la Personalidad por Evitación (TPE) y además asocial, es muy fácil distinguir cuando lo primero se antepone a lo segundo. No es siempre, no es todo el tiempo, no es todo el año, pero cuando sucede lo reconozco. Trato de llevarlo lo mejor que pueda, trato de superarlo sabiendo que vendrán días más despejados e intento continuar con mi rutina. Es algo personal; siempre lo ha sido. Algo que se sufre en silencio. No es fácil; de hecho, ya se me había olvidado lo que es vivir estresada todos los días. Este blog nació una noche de asfixia y desolación; nació adolorido y dañado (lo expliqué por aquí). Nació por la necesidad de expresarme ante un medio que sentía mío, desde que lo conocí, siendo sólo una niña, cuando el Internet era un sonido imposible que nacía de las entrañas de un teléfono conectado a la computadora. Este blog vio la luz en aquellos días universitarios que hoy, al pensar en ellos, me acarrean sólo sentimientos de frustración tan profunda que no me apetece traerlos al presente.   

Está de más decir que estoy feliz en mi trabajo. Es un trabajo chiquito, de mi propia familia paterna. Un trabajo que aprecio, valoro y quiero mucho, y que me ha permitido soportar más bullicio social del que jamás me hubiera podido imaginar en las tres décadas que están a punto de caerme encima. He interactuado con gente buena, jóvenes educados y niños a los que quisiera congelar en el tiempo para que no se esfume esa ternura que se les derrocha por la cara. (También me he topado con gente grosera, prepotente y mimada, pero no me apetece recordarlos). El asunto es que, cuando te haces mayor —dejas de ser estudiante y te convierte en trabajador— los días más preciados de tu infancia se convierte en tu peor pesadilla. Sobre todo cuando trabajas en un lugar donde las vacaciones son algo así como ¡LA MEJOR ÉPOCA DEL AÑO PARA VENDER! En ese caso mi felicidad se anula donde comienza la tuya. Y el estrés se apodera de mí. En realidad, hace muchísimos inviernos que la Navidad ya no tiene para mí el significado que tenía antes. Cuando era pequeña, esos días se convertían en la época de las semanas sin escuela, primos en la casa de la abuela y pijamadas interminables. No creo que sea una queja, sino una confesión. Tampoco me provoca depresión. Sino estrés. Agobio. Ansiedad.

Éste último mes de diciembre fue el rey de todos los meses ansiosos que he tenido en mi vida. Todo comenzó una semana antes de Navidad (supongamos que aquí fue donde empecé a aguantar la respiración; eso que mencioné al principio), cuando mi mamá fue internada de urgencia por un dolor que tenía en el vientre, al lado de la vesícula. El asunto en cuestión nos abordó a las dos solas. Mi papá estaba fuera de la ciudad y mis hermanos en Culiacán. ¿Saben el peso que eso puso sobre mis espaldas? ¡Joder! ¿Yo en una situación así? Ahí estaba, la más cobarde de la familia, con TPE, el colón irritable a full y el Síndrome de la Bata Blanca que me acompaña desde niña. Ahí, en un hospital que está donde da la vuelta el aire y empieza el estado de Nayarit. A las doce de la madruga, con mi madre y su dolor a cuestas. Fui valiente. Con mi adrenalina hasta el límite y mi mamá gritando que se moría, pues bueno, ahí me tenías maldiciendo a todas las ciencias médicas y sus ilustres declamadores del juramento hipocrático. Esa específica semana fue una mierda total (perdonen la expresión): ya habían pasado otro par de cositas que pusieron en jaque mis neuronas sicóticas, incluyendo una invasión de escorpiones en la casa que habitamos y la decepción tremenda que me dejó Marco Polo. Lo de mi mamá fue sólo la cereza sobre el pastel. Bueno, más bien fue la decoración que rodea el pastel de la desgracia. La cereza la puso nuestro vecino anciano que falleció justo cuando llegamos del hospital y escuchamos a las magdalenas del barrio llorar hasta el arroyo de nuestro pueblo. El anciano me caía bien. Era esa clase de persona que inclinaba su cabeza como gesto de cortesía cuando pasabas a su lado. Ese mismo día; sí, ese maravilloso día de otoño navideño, mi gato tuvo la esplendorosa idea de poseer gingivitis por el resto del año (¡Pero hay que tener pantalones para hacer eso, Maru!). Maru es el aguafiestas más reputado de mi nación. Tiene tres años y me ha amargado precisamente TRES navidades. HIJO DE PERRA (literalmente). En la primera Navidad que pasó con nosotros le dio diarrea, en la segunda lo atropelló un auto y en la tercera se le pudrió la boca. De hecho, este 2015 he empezado ahorrar para que en diciembre no se atasque todo mi aguinaldo en medicamentos para el niño mimado de la casa, porque eso ya no lo toleraría, ¡EH! XD

El veredicto final para mi madre aquella fatídica noche en el hospital era que tenía la vesícula llena de piedras y había que operar lo más pronto posible. No en plan de Emergencia pero vale, ese dolor que sintió ella no le apetecería sentirlo de nuevo y pues bueno ¡a operar!... Mi papá pidió las vacaciones antes de tiempo y a él le tocó viajar a Mazatlán y acompañarla durante los días de la operación. Mientras tanto, en mi casa seguían apareciendo alacranes como si estuviéramos frente a alguna plaga del Viejo Testamento. De hecho, le he dicho a Jesús que le diga a su papá que hay formas más bonitas de decirme que no me quiere.
[No contaré de aquella vez que me cayó aceite hirviendo en el labio, ni aquella otra en la que un pedazo de tortilla dura se incrustó en mi ojo, porque hay un límite para la vergüenza propia y estoy a punto de superarlo.]
El asunto en cuestión es que todo ese tiempo estuve trabajando. Y en vacaciones decembrinas mucho más. El día que mi madre fue dada de alta (a las 7h de la mañana), mi hora de entrada era a las 8h lo cual me jodió mucho por dentro y por fuera porque no dormí ni un segundo en toda la madrugada que mi madre estuvo hospitalizada. Ese mismo día tenía que volver al trabajo de 20h a 22h pero me caí rendida sobre la cama y desperté hasta el año 2035 después de Cristo, llegando tarde y quedando en ridículo con medio mundo, el cual no es mi pasatiempo favorito.

Ha pasado ya un mes de aquello, y dos o tres días de descanso semanal, y sigo sosteniendo el aire. La ansiedad está a tope. Siento que no he descansado desde aquel absurdo diciembre. No me haré la sufrida pero frustra un poquito, oye. Sobre todo porque los días no me saben a nada. Ni aquellos en los que trabajo, ni aquellos en los que descanso. Y al parecer será así hasta medidas de febrero, lo cual agobia un poquito más. Estoy intentado lidiar con ello lo mejor que pueda pero ¡Pfff! Incluso eso cansa. Y es aquí donde he llegado a la conclusión de que NECESITO VACACIONES. Y como no quiero pedirlas sino hasta marzo pues me vengo a desahogar aquí porque este blog está para eso y mucho más ¿no? XD Sí.

Hace un par de años, cuando descubrí que mi drama social tenía nombre y estaba catalogado dentro de los trastornos de la personalidad que llevan inquietando a los psicólogos desde que se dedican a sus labores, intenté buscar un refugio cibernético donde pudiera encontrar a otros como yo. Por ahí alguien mencionó que conocer a gente que pasa por el mismo problema que tú te ayuda a expulsar esa sensación de desolación cuando sientes que nadie te entiende. Encontré un foro privado (en el cual nunca fui aceptada) y mandé una solicitud de amistad a un grupo de Facebook que iba directo al grano y se llamaba así, Fobia Social. Nunca he publicado nada ahí, jamás me he presentado, no doy deditos arriba, ni comentado nada porque aquí es donde mi asocialidad se asoma: estas personas no me interesan en lo absoluto. No me apetece interactuar con ellas, ni ofrecerles mi experiencia y sobre todo los post son tan erráticos y diversos que me aterran tanto como me confunden. Eso sí, gracias a ese grupo he aprendido a apreciar infinitamente a mis padres: los pilares que sostienen lo que soy; lo que siempre he sido. Es depresivo hasta límites irrisorios pasear por el Muro de este espacio para atestiguar la amargura de quienes desahogan ahí sus penas. Una válvula de escape que jode más al lector que al que publica (y quizá más a los moderadores). Chicos y chicas que tienen su autoestima embarrada en el suelo y pulida con tristeza. Entes miserables que escupen cuánto dolor traen a cuestas: desde la indiferencia de sus familias, hasta hostigamientos estudiantiles o laborales, e ideas suicidas. Entonces pienso en quienes me rodean y la vida tan maravillosa que he tenido desde pequeña. Incluso, en mis peores días en la escuela, siempre podía dar la media vuelta y regresar a casa, donde sabía que jamás me sentiría rechazada. Mis padres, esos seres maravillosos que seguramente han acumulado más decepciones conmigo que con cualquiera de sus otros dos hijos, jamás me han exigido algo que roce los límites de mis capacidades. Siempre me han dado la libertad de elegir. Además, han respetado mi personalidad como muy pocos lo harían. Jamás terminaré de agradecerles tanto.

El problema es ese, teniendo TPE no ha sido suficiente para que mi asocialidad me permita identificarme con quienes lo sufren día a día. Lo cual me provoca un poco de pena propia (poquito nada más), porque es complicado confabular dos toques tan peculiares como la fobia social y la asocialidad para desembocar en el combo break! que soy yo. Veo a estas personas en ese grupo de Facebook, ansiosos por encontrar amigos, novios o una cura para su trastorno y simplemente no puedo comprender por qué querrían hacerlo.

Vale, basta de melodramas. El asunto es que necesito vacaciones lo más pronto posible o tendré un colapso mental mega épico que para qué les cuento. Luego les hablaré de mi dolor de encías, el vértigo que traigo encima y la operación de Umi para removerle un tumor la próxima semana.